Sueños de carnaval

Bailando algo así como la saya. Cosquín, 2016 (Foto: Soledad Espinoza)
Bailando algo así como la saya. Cosquín, 2016 (Foto: Soledad Espinoza)

Parece mentira que la idea misma del carnaval provenga de tradiciones paganas, y que coincidan en América Latina (tradicionalmente católica) con el inicio de la cuaresma que termina en lo que comúnmente se llama semana santa. Salvo en lugares más honestos como Uruguay, en donde la llaman Semana de Turismo. En todo caso, es fascinante cómo algunas tradiciones se van sincretizando con elementos cristianos para poder seguir existiendo; luego de seguramente haber pasado siglos de luchas y expiaciones.

 

Carnavalito en Purmamarca, trayendo el diablito para la fiesta en el pueblo
Carnavalito en Purmamarca, trayendo el diablito para la fiesta en el pueblo

Y así, en prácticamente todo sudamérica se celebra el carnaval a inicios de febrero, con diferentes manifestaciones que generalmente incluyen cierto nivel de desorden, algunas comidas particulares (ej. humitas o locro), parranda y perderse en la colectividad y anonimato que bridan trajes, colores, música y bebida. Recuerdo que hace diez años por Ecuador y Perú, la cuestión era mojar a las personas; en Argentina pintar y tirar espuma o talcos a los pasantes o algo más brasuca; en Brasil son las comparsas y así por donde se le mire hay carnaval. Quizás para muchos algo normal, para un tico como yo, algo notablemente interesante.

 

Murga de "Los locos del camisón", Paysandú.
Murga de “Los locos del camisón”, Paysandú.

Particularmente me llamó mucho la atención, más allá de la cuestión de la bacanal con alcohol y locura colectiva (lo cual está muy bien también), algo que se celebra en Uruguay (y al parecer sólo en otros dos lugares de Venezuela y España) que es la murga. Mezcla de ópera y teatro; conjunción de voces (tradicionalmente masculinas) y algún tambor con máscaras vienesas y vestidos pomposos, la murga es un espectáculo para ir a poner atención. Y me impactó la devoción de los uruguayos para ir, sentarse, escuchar y retorcerse de risa con las picardías que cantan, con las críticas que lo hacen a uno reflexionar y algunos pensamientos que a mí incluso me hicieron llorar. Y no es solemne no, es carnaval! Un ejemplo es de la que ganó el carnaval este año, La Gran Muñeca, que justamente habla de la bicicleta (eso sí: cada murga dura casi una hora!).

Preparándose para desenterrar al diablito, al que hay que volver a enterrar al final de la semana de carnaval (hasta el próximo año).
Preparándose para desenterrar al diablito, al que hay que volver a enterrar al final de la semana de carnaval (hasta el próximo año).

Así que para mí este verano, desde enero allá por Cosquín (donde me sedujo esa manera tan bella de bailar zamba); hasta Humahuaca, con los charangos a pleno y la gente siguiendo a un diablito desenterrado del Cerro de Siete Colores paseándose por las calles -levantando el polvo mojado de vino, cerveza y algún humito que se siente por las veredas-; hasta llegar al Uruguay a ponerle broche de oro al espectáculo cultural folclórico con la murga y el candombe.

 

Con uno de mis guías culturales, Ariel, en Paysandú
Con uno de mis guías culturales, Ariel, en Paysandú

Este último ritmo en realidad me lo perdí un poco, pues las llamadas y comparsas suceden unas semanas antes. Interesante acá cómo el ritmo mismo se nutre de la tradición africana del candomblé, que en el Brasil es bastante predominante más de Bahía hacia el norte, y que es directamente una representación de los orixas en la vida religiosa de muchos brasileños. Sin embargo, en Uruguay es un ritmo más bien pegajoso y fiestero, que con arte y ritmo crea su propio nicho.

 

Se habla de la resaca del carnaval, como esa modorra que nos devuelve poco a poco a ser nosotros mismos; hasta la próxima vez que podamos ejercer estar en comunión y donde se vale todo… El carnaval es esa catarsis, ese respiro, que necesitamos para mover el velo que nos cubre durante el resto del año y al que muchos se acostumbran y llaman realidad.

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