Los sonidos de la BR 419

Árboles en flor y suelo en agua
Árboles en flor y suelo en agua

El día comienza temprano porque la ruta es larga. Los rumiantes no pararon toda la noche de pastar por ahí, en el gran descampado que colinda con la sierra Pimenteira. En las cimas se dejan ver los farallones de roca roja, posiblemente hogar de algún jaguar (u onça, en portugués). El contacto de las llantas con la arena o el barro hace un ruido casi hipnótico, que sólo es interrumpido por la cadena que suena como que va moliendo arena. Irónicamente, según los reportes “oficiales”, los próximos 150 Kms están asfaltados. Otro estruendoso caso de corrupción.

Los cubetazos del día anterior no consiguieron limpiar todo el barro, luego de dos días de lluvia. El temor (ok, lo admito: el terror) por tener que pedalear de nuevo en arena se transformó en otra realidad: los 209Km hacia Aquidauana iban a continuar siendo de batir barro. En Sitio Passarim (Río Verde), donde estuve trabajando en una construcción de barro, me habían aconsejado seguir por otra ruta -que si bien tenía un trecho de arena- compensaba que luego pegaba con asfalto. Pero eran 70Kms más en total. En esos días también hablamos mucho de seguir el corazón, así que al final tomé la iba literalmente bordeando el Pantanal.

Ave de presa de una rama
Ave de presa de una rama

Con todo y aquel sonido pastoso en la cadena, se escuchaban desde temprano las aves; algunas muy conocidas y otras nuevas. No podría saber lo que eran, pero parecían garzas grandes algunas, otras con cuellos alargados y con marrón y amarillo sus plumas, papagayos azules, muchos tucanes y varias águilas haciendo lo suyo. Como a los 20Km cayó un chaparrón. Ya había observado que por estos lares el agua cae de zopetón y luego para. Pero esos 20 minutos llueve duro!!! Allí no había remedio, porque no había dónde abrigarse; así que a ponerse capa y seguir.

Tercera llanta que me explota en Brasil, en medio del camino desolado
Tercera llanta que me explota en Brasil, en medio del camino desolado

Luego de la lluvia, cuando ya había agarrado ritmo se escucha otro sonido: una explosión. Acto seguido estoy con el aro trasero en el barro. De nuevo las rutas de Brasil toman una llanta Schwalbe (Maraton Mondial). Para peores una prácticamente nueva; con si acaso 3000 Kms y ya unas cuantas ponchadas. No queda más remedio que colocar la llanta de repuesto. Cuando la guardé allá por Amazonas, recuerdo que tenía ya una rajadura, y ahora no parecía que fuera a aguantar. Le puse silver-tape y a ver si de veras sirve para todo! Cambié las dos llantas, para dejar la que podría aguantar mi peso y el de las maletas atrás, y la que llevaba cinta adelante; y arranco invocando a todos los espítirus. Sobre todo a la onça, que fue quien me trajo a andar por estas rutas.

El siguiente sonido fue más conciliador. En medio de la ruta aparece una de las muchas fazendas que tienen dividido estos miles de kilómetros de planicie y anegación en muchas operaciones ganaderas. Allí tenían, además de agua fría, un pequeño lava-jato, donde pude lavar a presión toda la arenisca atrapada en la cadena (que siguió sonando todavía unos cuántos kilómetros). Seguí camino, pues todavía podía seguir un poco más para almorzar por ahí. El arroz con maíz y salami de anoche sabía más rico hoy.

Los campos y los bosques del Serrado
Los campos y los bosques del Serrado

Sigo avanzando; me quedan 40Kms para la siguiente fazenda que podría darme un espacio para acampar; y de allí 50Km para Aquidauana, donde por primera vez estoy muy ansioso de ver asfalto y civilización. El único detalle es que voy a tener que esperar al lunes para poder comprar otra llanta; pero por ahora es más importante que la llanta llegue allá. Voy con la música relativamente a bajo volumen, por aquello de carros que pasen, o bichos que crucen la calle (hasta ahora ya habían cruzado varios chanchos de monte, capivaras, ovejas, vacas, tamandua, etc), cuando de un parche de bosque a la orilla del camino se escucha un rugido.

Al principio me confundo con la música, porque si a la primera vez no lo noté; a la tercera era muy claro que ese ruido no venía de la canción que estaba escuchando. Pensé rápidamente: “cómo se escucha tan cerca si sigo avanzando?” Me quito los audífonos y me paso al otro lado de la calle e intento recordar lo que me habían enseñado sobre un posible encuentro con la onça. Paro la bici y encaro. Encaro al bosque. Y el busque ruge cortito pero con una fuerza que me heló la sangre. Un rugido milenario que con certeza le heló la sangre a tantxs otrxs por toda América; y que hoy sólo en Pantanal hay una densidad de jaguares lo suficientemente alta como para que sea hasta arriesgado andar solo por estos lares. Y menos entre octubre y febrero, que es época de crías.

Pero volviendo a la parte donde se me heló la sangre… Luego de tragar hondo, intento pensar cómo reaccionar. Si salir a toda velocidad (que no puedo, porque a esta altura ya voy cansado y con un pequeño dolor de rodilla). La onça sabe que estoy herido, pienso paranóicamente – mucho NatGeo 🙁 -. Tomo el machete y encaro de nuevo. El rugido lo siento en mi nuca. No se deja ver, pero hay un rugido que suena a “yo estoy en la cima de la cadena alimentaria de por aquí, y estás en mi territorio“.

Resuelvo pedalear con el machete en la mano (bastante ridículo ahora que lo pienso) y me alejo unos 500m. Paro y de nuevo el rugido frente a mí. Me está siguiendo, ya no es paranoia. Y un chancho no puede ir tan rápido ni hacer semejante rugido. Aquí ya no fue helada la sangre, sino cagazo total. Era temprano, no había que paniquear, seguramente sólo quiere que me vaya y asegurarse de ello. Le digo en “humano” que ya me voy y parto viendo por el espejo cómo se hace chiquito el camino.

Es sabio ese bicho que si se deja ver, no es para mostrar la sonrisa de foto.

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