El solsticio es para soltar

Quizás por la ubicación geográfica de donde yo nací, el paso del Sol se hace bastante regular y eventos de la magnitud de solsticios y equinoccios pasan desapercibidos por lo que podría llamarse la cultura popular tica. No obstante, en las geografías al norte y sur de los trópicos -no vamos a decir países, que son delirios de los humanos – muchos aspectos de la vida están decidimente regidos por las estaciones. Y bien, es el Sol el que marca estos importantes cambios y anuncia -en el caso del solsticio del hemisferio sur- el invierno.

Asado con el grupo de CouchSurfing de Santa Cruz, en mi casa adoptiva donde Diego
Churrasco con el grupo de CouchSurfing de Santa Cruz, en mi casa adoptiva donde Diego

Hace unos días llegué a Santa Cruz de la Sierra, donde a través de los contactos con el grupo de CouchSurfing, tenía ya una casa donde llegar: donde Diego. Acá sería la meta de un periplo de bici que arrancó en Concepción del Uruguay (Argentina), y me llevara a cruzar Uruguay y el sur de Brasil. La meta, porque a partir de acá Pantagruela y la mayoría de mi equipo se iban a quedar en algún lugar seguro, es seguir un par de meses de mochilero (que entre otras cosas me da la ventaja de evitar lo más crudo del invierno). La ruta: llegar a la altura de Lima pasando por las Yungas, el lago Titicaca y la amazonía peruana. (Relativamente conciso el itinerario).

El Fuerte de Samaipata; en una mañana más bien diríamos gris de solsticio de invierno
El Fuerte de Samaipata; en una mañana más bien diríamos gris de solsticio de invierno

Volviendo al solsticio… resulta que en Bolivia los diferentes pueblos y etnias (que son muchxs) celebran este paso del Sol, que comienza a acortar los periodos de luz y por ende el calorcito que nos llega. Cerca de Santa Cruz, comenzando a subir la cordillera, se encuentra Samaipata. Este lindo y singular pueblito resguarda lo que es considerado el petroglifo más grande del planeta; es decir una gran piedra tallada por indígenas -presumiblemente chanés e incas- el cual es llamado El Fuerte.

Diego y los compas -que nos aguantaron pidiéndole canciones- de algún grupito folklórico
Diego y los compas -que nos aguantaron pidiéndole canciones- de algún grupito folklórico

Allí cada año se reunen indígenas guaraníes y aymaras, en una celebración conjunta que bautizaron como “Lucero del Alba”, pues básicamente la idea es esperar la salida del sol y mientras llega la hora de los ritos, festejar. Con el tiempo la cuestión se convirtió en una fiesta que empieza con danzas y cantos folklóricos y acaba en bacanal y borrachera (relativamente bajo control). Con lo que yo no contaba aquella noche fue con el frío y la neblina -que hasta se convirtió en llovizna en algún momento-. De no haber sido porque había un rancho grande para escuchar los tambores de los hippies y por la hoja de coca con bica (que de fijo hizo que olvidara el frío y el hambre) otro gallo cantaría. Además, esa noche era de las pocas veces que coinciden la luna llena con un solsticio.

Sonambuelando llegué al final del sendero que descendía alrededor del gran monumento al arte rupestre
Sonambuelando llegué al final del sendero que descendía alrededor del gran monumento al arte rupestre

Mas quiso el destino que no se vieran ni una ni otro. Esa noche y la mañana siguiente El Fuerte fueron cubiertos de nubes que no dejaron pasar la luz de los astros; pero esto no impidió el normal desarrollo de los rituales y un paseo -trasnochado- alrededor de esta imponente roca. Diego – mi compañero de parranda – se me había perdido hacía rato, pero no fue difícil encontrar otras almas afines con quienes hacer el recorrido y reflexionar sobre este fenómeno.

En últimas, las estaciones pasan… tienen que hacerlo. Todo pasa. Y en el cambio viene la renovación, la reconfiguración. Esa mañana me enteré de la muerte de una persona a quien admiraba. Se fue así fugazmente con el cambio de estación, con la luna y el calor del trópico. Ahí caí en cuenta de que más allá del trasfondo de la fiesta, la celebración es por el cambio. Y en el cambio es necesario soltar.

Quién no va a estar feliz luego de ver aquellos cóndores volando??
Quién no va a estar feliz luego de ver aquellos cóndores volando??

Habiendo pasado la resaca del trasnoche y el ron, subí al Cerro Patria (en Samaipata) con Vicky, otra duendecilla viajera. Allí, disfrutando del solcito de la tarde y conversa relajada llegó un momento que quería vivir, pero que no sabía que iba a pasar allí. De repente, en la quietud del aire se empezaron a desplegar las enormes alas de unos cuatro cóndores; aprovechando el aire caliente para subir hasta alturas que apenas dejaban ver dos o tres puntos allá en el aire. El sol, imponente justo sobre nuestras cabezas, le daba cierta fragilidad a nuestra posición y mucha ventaja al enorme carroñero (menos mal que no era de rapiña). Sólo puedo decir que el imponente sonido de las alas cortando el aire son algo que no olvidaré, y la tranquilidad con la que esos cóndores nos sobrevolaron y luego se llevaron mi intención con el aire, para soltar y aceptar los cambios con alegría.

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