Relato de yungas y el reencuentro con el gran lago

Con una duenda cordobesa, compañera de aventuras santacruceñas
Con Vicky, duenda cordobesa, en Espejillos…compañera de aventuras santacruceñas

Una vez que todo quedó arreglado en Santa Cruz para dejar el equivalente a “todas mis posesiones materiales” seguras en casa de Diego y su familia; de conocer los alrededores de Santa Cruz (como Espejillos y Samaipata) y -no menos importante- hacer un poco de fiesta con la muchachada de CouchSurfing de Santa Cruz (y recordar que todavía me acuerdo de bailar salsa) tocó emprender el camino montaña arriba. Originalmente quería llegar a Madre de Dios por la vía no convencional, es decir, siguiendo las pampas y selva (Rurrenabaque) pero este camino presumía volver a entrar en Brasil saliendo por Cobija, para posteriormente entrar a Perú. Y como tengo una deuda de un par cientos de dólares con la migra brasileña, decidí que lo mejor era irse por la ruta del mochilero común y silvestre. Al fin y al cabo, tenía que ir ensayando lo que vendrían a ser mis próximos dos meses de viaje.

Coroico: descenso a las yungas

Comienza el descenso a las yungas
Comienza el descenso a las yungas

De Santa Cruz hacia La Paz hay muchas opciones de transporte, en muchos horarios. En total son más o menos 18 horas que se pueden hacer en dos tractos; y así tomar un desayunito en Cochabamba, en el mercado La Cancha (uno de los más grandes de Sudamérica). De ahí otra vez a emprender el ascenso de casi 4000 metros que lo dejan a uno azurumbado en la capital más alta del mundo. Como también andaba en misión de búsqueda de algo que me haga sobrellevar mejor el frío de Uyuni y Atacama cuando retome la bici, me fui de tienda en tienda sin resultados muy esperanzadores. Lo bueno fue que aproveché para renovar zapatos y alguna ropa (cortesía de mi santa madre), que en definitiva iban a hacer falta para andar en este nuevo estilo mochilero.

Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante
Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante

Un día y una noche y rumbo a Coroico. Esta ciudad, a unos 1800 msnm, queda apenas a 90 kms desde La Paz; por lo que no hay que ser muy diestro en geografía para entender que uno va literalmente en un descenso pronunciado durante unas 3 horas de camino; pasando de lado picos nevados a 4700m y viendo cómo cambia el paisaje desde nieves y hielos, hasta jungla nubosa tropical. Una maravilla de camino. Aquí queda el gringamente célebre paseo del “Camino de la Muerte”, que se hace en bicicleta por una trocha que hoy sólo se usa para turistas, y que la verdad yo estaba muy feliz de no hacer en bici; porque ya aprendí luego de un ligamento roto que caerse de la bici bajando a toda velocidad no es el elixir de la felicidad. Cada quien con su fórmula, no?

 

Una estiradita de las gambas, y a caminar!
Una estiradita de las gambas, y a caminar!

Desde Coroico, pequeño pueblito turístico colonial, llegan muchos que acaban el trekking de El Choro, y quienes además continúan a la amazonía a Rurrenabaque. Yo sólo fui a descansar un par de días, pues la verdad me hacía falta estar sólo luego de días bien sociales en Santa Cruz, y para hacer algunas caminatas de un día en pueblitos vecinos. Valga mencionar que utilicé wikilocs para guiarme en estas caminatas, y en una perdí pie y me trastabillé barranco abajo. Si bien sólo me raspé, creo que no había sentido tal susto de perder “el control” y lo que me costó volver a subir. Mas todo salió bien y un señor me esperó al final para regalarme una mandarina y contarme que me estaba observando desde hacía rato. Le preocupaba porque ya alguien había “dejado de ser”, según su modo de expresarse, andando por esos senderos.

Tres días en Coroico y agarré todo el impulso para mi siguiente objetivo: el Lago Titicaca.

 

Copacabana e Isla del Sol

María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca
María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca

De paso otra vez por La Paz aproveché para conocer algún museo, comer salteñas, una birrita artesanal a pesar de tener frío y acto seguido contactar a María. Una super genial couchsurfer que había contactado desde hacía tiempo; pero que en realidad fue el destino el que se encargó de que coincidierámos porque en realidad yo me re-atrasé y ella se había ido de viaje. Fue tal la sincronía que nos encontramos en La Paz misma para ir juntos a Copacabana, puerta de entrada al gran lago sagrado. Yo había estado allí hacía 11 años, sólo que mi recuerdo es más bien haber estado muy resfriado -cuando íbamos dirección hacia el sur-. Esta vez fue todo mucho más fluido; mucho más allí presente. María es una amante y entusiasta del lago, de sus misterios, de su gente y de todo lo que involucra lo sagrado del Titicaca y la Cotamama (madre agua). Resuena aún una frase de sus amigos, un krishna rebelde, que decía que uno tenía que escuchar a su shamán interno; lo demás es fanfarronería -agrego yo-.

Así que fue muy místico y relajado -bueno, también nos fuimos de bailongo esa primera noche porque yo celebraba mis 500 días de viaje!-; y lo que en principio iba a ser sólo una noche para luego seguir a la Isla, fueron 4 días donde además le ayudamos a hacer una mudanza de su antigua casa y compartir con otro ciclista. De todos los que uno se podría encontrar, apareció nada menos que CrazyGuyonaBike, uno que fuera mi referencia desde hace años porque en su página hay muchos datos de mecánica interesantes. Así que fue un lindo preludio para arrancar hacia el lago, todavía con Singani en la sangre, hacia la Playa de las Sirenas.

Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas... que no se dejaron ver
Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas… que no se dejaron ver

En la Isla del Sol, del lado norte, queda una playita que pocos conocen, y que tiene una especie de eco-hostal, que en realidad son 3 edificios de barro, con cuartos muy sencillos, sin electricidad y apenas un tubo externo para agua y una cocinita super sencilla. Al llegar te dan una vela; mas el lugar era divino!! La playa era maravillosa, y allí me encontré con Linn y Martín y Jairo; una alemana y un par de uruguayos con quienes compartimos fogatas, comidas, humitos y mucha buena onda. El lago -no me alcanzarían las palabras para describirlo- tiene un aire de paz y espiritualidad que fácilmente puede atraparlo allí a uno por mucho tiempo, contemplando sus profundas aguas color diamante, la sierra real andina a lo lejos, el frío del aire, y el gran río cósmico que por las noches deja sentir todo el poderío de los astros. De nuevo, me iba a quedar sólo un par de noches, y acabé quedándome cuatro.

La bandita de La Sirena!!
La bandita de La Sirena!!

El frío estaba la verdad extremo por esos días, mas no pude contenerme de las ganas de entrar a las aguas cristalinas del lago, y a pesar de que todos pensábamos que nos íbamos a resfríar en el acto, lo toleramos y yo me zambullí incluso dos veces. No sabíamos, eso sí, que a Linn le iba a dar pulmonía luego, y yo arrastré una tos de perro en las siguientes semanas -que sumada al polvo de los caminos- todavía ando un poco. Mas valió la pena cada minuto de estar allí, cada rayo de sol y estrellas; así como la caminata hacia la parte sur de la isla, para ahora sí despedirme de este bello lugar al que no sabía que iba a tener la dicha de regresar por segunda vez… hasta quizás una tercera!!

 

 

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