Tambopata en el corazón

Pintura del río cósmico, mostrando la cosmología Inca (Qoricancha)
Pintura del río cósmico, mostrando la cosmología Inca (Qoricancha)

Luego de unos días de -no miento si digo- retiro espiritual contemplando el río cósmico tantas noches bajo el mejor cielo del mundo, en el Lago Titicaca, llegó la hora de cruzar a Perú. Estoy yendo por dos excelentes excusas: conocer el proyecto de los amigos de ARBio en la amazonía y reencontrarme con Tania en Lima para -entre otras especias- evadir el invierno más al sur yendo hacia Uyuni. Confirmadamente las temperaturas están muy por debajo de los 10 grados bajo cero, y este ciclonauta tiene intolerancia crónica a los fríos extremos.

 

 

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Cusco me recibió a -1 un grado a las 6am, no sin antes volver a pasar uno de esos sustos fronterizos que me suceden de cuando en vez. Tomé el último bus de Copacabana para llegar temprano a Cusco, y nos tocó pasar el puesto frontera casi de últimos. Resulta ser que hace algunos años hice una parada entre vuelos de Argentina a Costa Rica. Una noche en Lima, apenas tiempo para probar mi primer anticucho. Siete años después todavía nadie se enteró de mi salida, porque se borró en su sistema, y ahora el tipo del escritorio de una frontera entre el lago y la nada, me quería cobrar la simpática cifra de US$2900.

Yo no pude más que reírme y pensar que era un chiste; al final me había pasado algo igual en Guatemala. El tipo no quería dejarme ir sin pagar la multa, o me estaba dando una señal que no entendí para la coima. De todas maneras el chiste se puso serio, y en todo caso se cansaron de no darme la razón (que no era mi problema, por supuesto) y al final -para no alargar esa última hora de la jornada laboral- me sellaron 40 días, ni más ni menos.

Ese día en Cusco fue para reconocer un lugar en el que había estado hace ya tiempo, en otra vida parecería, pero que hasta identificaba y me sentía familiar en cosas, y en otras se me hizo totalmente ajeno. Como la cantidad de mochileros -grupo al que ahora yo pertencía- por todas partes. Y es que ya uno lleva “la procesión” de la fiesta en otro ritmo. De todos modos sirvió para darme cuenta que la pizza sabía mejor en Bolivia, y de que algunos tours eran tan returs, que hasta me dio la impresión de ser todavía más envilecido por el turismo que ticolandia. Como el mochileo acabará aquí en poco más de un mes, tampoco era momento de planear mucho, sólo ojear.

Vista del Ausangate y los pueblitos de altura
Vista del Ausangate y los pueblitos de altura

El bus desde Cusco hasta Puerto Maldonado, en el departamento (más biodiverso del Perú, decía un rótulo en el camino) de Madre de Dios, tardó apenas unas 10 horas. Es tan rápido porque ahora existe la carretera Interoceánica, la cual como su nombre indica une el Pacífico con el Atlántico atravezando uno de los corazones – de los pocos que van quedando – del bosque amazónico. Michel, mi colega-anfitrión-y-finalmente-amigo, me dijo “mejor tómate el bus de día, porque la vista es impresionante”. La verdad que no soy muy fanático de los días largos de bus, pero tomé su consejo. Y fue espectacular cruzar al lado del Ausangate (a más de 6000m de altura, con sus impresionantes glaciares), y empezar a descender -por kilómetros y kilómetros- de selva verde esmeralda, espesa, extraordinaria.

 

 

 

Ayudando a macerar la ayahuasca (Foto: Reyes Rodriguez)
Ayudando a macerar la ayahuasca (Foto: Reyes Rodriguez)

Volví a uno de mis biomas favoritos, iba a visitar a los compas de ARBio, cuya organización nace justamente para enfrentar el problema de la devastación del bosque que supone la construcción de la mega-carretera, dando opciones a los que manejan bosque de implementar alternativas más sustentables y a la vez productivas. Todo eso, y la verdad que es admirable el trabajo que hacen. Así que bueno, llegué y me sorprende de nuevo encontrar gente maravillosa, un bosque hermoso a los márgenes de los ríos Tampobapata, Madre de Dios, Piedras… Como iba por un par de semanas, pensaba que iba holgado con el tiempo; pero como sucede a menudo: se pasó rápido y parece como que hizo falta más… pero también aproveché muchísimo y lo pasé de diez.

Todos los días había alguna gestión que hacer (desde hacer mandados oficinescos, hasta buscar un costurero para hacer reparos de ropas, hasta estar tirado en la hamaca horas sin término reflexiondo sobre uno de mis mayores descubrimientos de lo que se va dando en este mi viaje: siento que he crecido. Y no lo escribo para alardear, sino porque es parte elemental de la historia y de todo este tiempo en los caminos de la vida.

 

 

Playa Botafogo, Río Tambopata
Playa Botafogo, Río Tambopata

 

Dio tiempo de conversaciones muy íntimas e introspectivas, de lecturas en la selva, de ver las pisadas del jaguar, de tomar la medicina ayahuasca, de soñar una vida allí incluso… Las noches de “friaje”, término que no conocía y que acabé experimentando en primera persona -junto a una copiosa tormenta amazónica- comenzarían a acenturar mi tos pos-zambullida-en-el-gran-lago que me acompañó varias semanas.

 

Amanece sobre el río Tambopata
Amanece sobre el río Tambopata

Maravilloso lugar, caótico y caliente, azotado por el flagelo de la minería (sus ríos tienen muchísimo mercurio), el desmatamiento por monocultivos varios (hasta de mi querida papaya) y un crecimiento urbano importante. Mi tiempo va marcando un cambio, que he venido celebrando con el calor humano de gente excepcional; llegar del gran lago en lo alto a las grandes llanuras selváticas… el futuro está por venir.

 

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2 thoughts on “Tambopata en el corazón

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