Ascenso al altiplano: de cómo retomé el viaje en bici

Dos meses de mochilero; recorridos épicos por un Perú que me recibió cálido pero frío (hasta el fríaje fui a conocer en la selva!), una tos entre nerviosa y perruna que me agarró en el Lago Titicaca y no me dejó en paz durante un buen rato; un encuentro que marcaría un definitivo cambio de rumbo para este ciclonauta que volviera a reclamar su bici (empolvada como todas sus cosas en casa del buen Diego). Dos meses que fueron suficiente para querer a toda costa volver a mi bici, y cruzar dedos para que finalmente el invierno cediera un poco para llegar a Uyuni con la convicción de cruzar a Chile (aquel trayecto que en mi imaginario es el más difícil que hay en Sur América para el cicloviajero más curtido). Así, con el corazón henchido de alegría, amor y un poco de prisa, llegué a Santa Cruz para retomar el último trayecto de mi cicloviaje… concluir un sueño para comenzar otro.

Sobre los detalles de mi salida -digamos espúria- de la casa de Diego, baste decir que me tuve que ir precipitadamente porque el exceso de hospitalidad me estaba impidiendo continuar el viaje; y pues tuve que dejar con la querida abuela un fuerte abrazo para Diego (que dormía la mona, como de se dice en mi país cuando uno está pasado de fiesta y durmiendo a las tantas de la mañana). Ese día arranqué tarde, y tocaba un ascenso de 1200m hasta Samaipata; pero de todos modos decidí salir de la ciudad y hacer campamento en un balneario llamado Quinta Los Cumpas. Esa noche el viento soplaba fuerte.

El frío y la montaña se iban empezando a sentir de nuevo, como corresponde al subir a la cordillera de Los Andes

A Samaipata llegué frito al día siguiente, con un ascenso (calculo yo que eran como 1000m, pues el día anterior apenas dio tiempo de pedalear 41kms) y unos vientos que ponían muy sobre el tapete la falta de pedaleo de casi dos meses. Pero como muchas veces, uno va entrenando sobre la marcha… así y todo los días estaban soleados y los campos iban dejando ver los cultivos de uva que por esa zona pareciera estilarse (no voy a decir que son buenos los vinos bolivianos, pero tampoco pésimos. Nota mental: los de Tarija eran los mejorcitos). De todos modos, el combustible que alimentó mis piernas durante esa subida era pensar en la pizza (o pizzas) que me iba a comer. Como ya había estado allí para el solsticio, ya sabía que me iba a quedar a acampar en El Jardín; y cruzaba los dedos de que aún existiera la pequeña y riquísima pizzería. Por suerte, todo estuvo.

Inevitable quedarse un par de días más allí, caminar de nuevo al cerro a ver si se repetían aquellos majestuosos cóndores de hace dos meses (pero no). Igual fue hermoso apreciar desde la altura el Fuerte y respirar ese aire cada vez más de altura conforme se va subiendo. No sé si lo he dicho antes, pero el cielo de Bolivia es algo particularmente hermoso… unos tonos azules tan intensos y profundos que uno de repente siente como si pudiera tocar el espacio exterior. No sé, fascinante. Así que Samaipata, con lo agradable y llevadero que es pasearse por ahí, debía ser una parada corta. Total ya había estado y estaba en “entrenamiento” para subir hasta los 4000msnm hasta la Villa Real de Potosí. Tenía al frente una semana bien fuerte de pedaleo.

Una semana de puro polvo hasta llegar a Sucre

De Samaipata la siguiente ciudad que uno podría ubicar en un mapa era Sucre (donde había estado también hace años y recuerdo que me robaron mi cámara de fotos). Fuera de eso, no tenía mayores recuerdos; pero tenía pensado quedarme al menos un par de días a descansar. La ruta, y eso no lo tenía tan claro cuando arranqué, llega un momento en que deja de ser pavimento para pasar a ser prácticamente de arena. A Cochabamba en cambio, la carretera sí estaba pavimentada. No miento si digo que fue el camino más difícil que hice en todo el viaje hasta ese momento (sí, en Uruguay me tocó empujar la bici sobre la arena como 4Kms, pero esto era otra cosa). De camino pasé el desvío que iba hacia La Higuera; aquel épico lugar donde cayó el Che Guevara. Si hubiera estado diez años más jóven seguramente hubiera ido, pero como que ya me pasó ese tipo de fiebre, y los 100kms que implicaba el ir y volver a esta ruta me significaban un par de días que en ese momento no estaba muy seguro de querer derrochar en turismo revolucionario. Así que a otra cosa, mariposa.

Como no podía subir la bici por las gradas para el puente colgante, me tocó cruzar el río seco… menos mal.

Volviendo al camino… polvo tan fino, ascensos de 40 grados, desolación y el sonido del viento. La verdad que era hermoso y tuve la oportunidad de cruzar el así llamado “Jardín de Cactáceas de Bolivia”, que tenía entre sus tesoros la reserva de Paraba. Si bien no fue barato quedarse allí, las vistas del cielo estaban espectaculares y la comida rica (y la señora me vio la cara de hambra y me dio bastante). Además aprendí que en los cerros, entre las grietas que son miles, habitan varios tipos de guacamayas bien coloridas. Todo un espectáculo sobre todo al atardecer y al amanecer, cuando el bullaral que hacen es imposible de ignorar. Kilómetros de polvo y piedra, en parajes aparentemente secos e inhóspitos que a su vez dan cobijo a quienes saben aprovechar de estos ambientes.

Cruzando por las cactáceas bolivianas

Escalando las pendientes polvorientas

El cielo nocturno derrochando estrellas

Después de este punto siguió el último tramo de ese camino infernal: 39Kms que recorrí en poco más de 5 horas (¡o sea a un promedio de 8Km/hr!!!); para llegar a toparme con una familia de Sucre en Villa Granados que me ayudaron a ubicarme esa noche para dormir y comer con ellos y que me prometieron encontrarnos de nuevo una vez llegara a Sucre. Después de no conversar con muchas personas (no se puede decir que las personas de estos lados son particularmente hablantinas con los extranjeros) en casi una semana, el contacto vino como una brisa refrescante. No digo ducha, porque aún me faltarían un par de días para una ducha decente.

Pantagruela posa junto a un dinosaurio de yeso a la entrada de Sucre

Sin embargo, es notable el efecto que hace en uno re-encontrar el asfalto. De todo me hace pensar, porque luego uno dice que prefiere los caminos menos transitados, y que es mejor el ripio y que esto y lo otro… pero lo cierto es que luego de una semana (que por suerte no ponché ni una vez) de andar rodando en esos arenales, estaba feliz, muy feliz de sentir el planito y caliente asfalto. El hecho de que hayan calles trae otros beneficios, como acceso a conseguir refrescos helados o cervezas, porque ya a estas alturas estoy en un valle con unos calores tremendos, en ascenso aún hacia la ciudad capital de Sucre (muchos creen que la capital de Bolivia es La Paz, pero no… y esto los nativos de Sucre lo resienten y tienen su orgullo particular). De más decir que lo malo de las carreteras son los otros vehículos que transitan por allí, muchas veces sin percatarse de los ciclistas. Pero a estas alturas ya estaba bastante acostumbrado a mantener mi derecha y hacer “contacto visual” con los choferes y creo que eso funciona.

Dato curioso de la ciudad, además de que la comida está muy rica, es que por allí anduvieron los dinosaurios al final del periodo Cretácico (hará unos 60 y tantos millones de años) y hay una cantera muy famosa donde se pueden apreciar miles de huellas de algunos de estos enormes bichos. Yo me conformé con hacerle a Pantagruela su retrato.

Así acaban 500kms en una semana bien movidita para un ciclista que tenía las piernas acostumbradas a otro ritmo, y que supo aprovechar la desconexión con el mundo para asimilar los últimos dos meses de aprendizaje, andaragueo y enamoramiento. Cada vez más se perfila un futuro en Norteamérica que viene pronto prontito.

 

Galería de fotos de este episodio aquí

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