El frío y el desierto, la soledad no tiene límites

Sucre fue un dulce remanso; un caminar por allí y descansar las piernas de una ascenso que estuvo marcado por mucho polvo, mucho viento, mucho bonito y mucho difícil. Quizás era una forma del camino de reclamar mi ausencia por un par de meses; pero de cualquier modo -después de la transamazónica allá en el norte brasileño- quizás fue el trayecto más duro que había hecho hasta ahora. Y la verdad que lo agradecí y lo disfruté. Así que una vez en Sucre tampoco quise salir de nuevo apenas llegué. Me tomé un par de días para conocer la ciudad en la que había estado hacía 10 años y en donde me robaron mi cámara de fotos en la primera edición de esta epopeya en bicicleta. ;(

A estas alturas mi viaje comienza a ser una cuenta regresiva, pues ya tengo un boleto desde Santiago de Chile para octubre, así que tengo apenas unas semanas para cruzar la parte más dura del Altiplano andino para un ciclista: el tramo entre el Salar de Uyuni y San Pedro de Atacama. De allí además me espera cruzar el desierto de Atacama y encima de todo: disfrutar al máximo la conclusión de un sueño. Así que comienzo a ver kilómetros, preparar algunas cosas para llevar, buscar posibles compañerxs de viaje para cruzar el desierto de sal y el camino-sin-camino que lleva hacia la frontera con Chile. Además, tomo una decisión proverbial: como ya había hecho hace unos años el camino a Potosí desde el centro de Bolivia (esa vez que me robaron la cámara de hecho habíamos hecho una excursión en bus desde allí), decidí volver a tomar un bus desde Sucre.

Preparando algunos elementos de supervivencia que no pueden faltar en la alforja de cualquier ciclista

Potosí, la cuna de la plata, estaba tal como lo recordaba de la otra vez que estuve allí: frío pra caralho!!! (como se diría en buen brasileño). De nuevo a más de 3000 msnm me quedé pensando cómo iba a ser en Uyuni y todo lo que restaba para volver a descender a San Pedro de Atacama (que a estas alturas se perfilaba como un oasis paradisíaco y subtropical al que aún me faltaba una gran prueba para llegar). Como ya había descansado no me merecía parar mucho tiempo por acá; así que apenas hice un par de noches y retomé la ruta… Pero antes me fui a recorrer las calles, me compré un poncho de pura lana de llama, me asombré de una réplica de la estatua de la libertad, probé la kalapurka (que es una sopa echa con piedras volcánicas) y eché un ojo a las vitrinas de por aquí y por allí. La verdad que la ciudad se ve bastante limpia y en un intenso auge turístico… Pero vaya, había que seguir.

A diferencia de hace una década, sin Evo Morales, los caminos de ahora estaban impecables, toda la carretera pavimentada y se rodaba espléndidamente por los cerros andinos llenos de alpacas, llamas y mucho frío y soledad. Mucho. Así que en ese sentido el viaje a Uyuni fue placentero. No era difícil encontrar un rinconcito para armar la carpa, y siempre se podían conseguir sardinas, pasta y los esenciales gastronómico/calóricos para un cicloviajero.. En fin, 200 y pocos kilómetros de disfrute en un clima bien podría decirse invernal, pero agradable. No faltó quien me increpara en el camino seriamente porqué estaba haciendo semejante viaje, y menos yendo hacia esa zona en solitario, pero es una constante cuando uno se lanza en estas aventuras. La soledad a estas alturas era mi gran compañera, y muy gratificante.

El día que llegué al pueblo de Uyuni, limítrofe con el Salar y último gran asentamiento para mí en Bolvia, ya era de noche. Como que a pesar de que eran apenas 200 kilómetros, y la carretera estaba nuevita, el viaje fue difícil de hacer en menos de tres días. Y el tercero, ya extenuado de las constantes subidas y bajadas, muchas veces con el viento soplando en contra y cortante como navajas invisibles, decidí que iba a llegar a Uyuni sí o sí (y también que me iba a comprar un vino para celebrarlo). Así que desde el último cerro -ya con la vista puesta en el pueblito de Uyuni-, con el sol cayendo y las manos adormecidas del frío que ahora daba pequeños mordiscos, me puse toda la ropa que pude para no perder mucho tiempo y hacer el último descenso. Llegué helado, pero contento. Encontrar un lugar barato para dormir fue el siguiente reto (pues al ser el portal de entrada al Salar y un lugar muy turístico) los precios se disparan. Aún así encontré un pensión con WiFi y agua caliente, mas el vino tuvo que esperar hasta el otro día.

Divertimento digital, ilustrativo de cuando crucé el salar en el 2005 (sí, tenía pelo!)

Mi estrategia acá era sencilla. Luego de mucho (senti/) pensar en lo poco que disfruto pedalear contra el viento, con frío y empujar la bici en la arena, decidí que no lo iba a hacer solo. Desde hacía días que venía buscando por las redes compañero(s) con quien cruzar el Salar hasta Chile, pero nadie parecía venir viajando en mi dirección (ninguna sorpresa, puesto que en los últimos 20 meses sólo había encontrado a otros tres ciclistas con quienes compartir pedacitos de ruta en Brasil y Uruguay). De todos modos, decidí esperar un máximo de 3 días. Mientras buscaba suministros, me tomaba mis últimos vinos de Tarija (que con todo y todo son buenos), gastaba el saldo de mi chip boliviano (que la verdad da muy buen servicio por pocos pesos), enviar postales y exploraba otras opciones para los siguientes 400 Kms que prometían ser todo lo que no me llamaba para nada del asunto de viajar de bici.

En internet se consigue muchísima información, y para mí hacer el Salar ya era lo de menos -de todos modos ya hace diez años había pedaleado el salar y acampado allí dos noches); era lo que seguía a lo que no le tenía nada de ganas en solo. Cruzar la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, sus lagunas gélidas llenas de flamencos, sus rutas arenosas sin caminos, la dificultad de cargar agua suficiente, sortear frío de menos 20 grados durante la noche (con un saco para 4 grados) y el prospecto de tener que empujar la bici una buena parte del trayecto me hicieron pensar seriamente en qué es lo que uno hace de estos viajes, por qué y para quién. En definitiva no estaba pintando como para este viajero.

No creo en las banderas, pero acá irónicamente estaban dos que me eran cercanas: la del país en donde nací, y la del país que me iba a recibir pronto

Y así caí en cuenta de que yo no tenía que probarle nada a nadie, de que estar allí dudando si hacer algo que no quería era lo que debía hacer… al menos compartir la “gravedad” de la situación con alguien era el último recurso al que me afianzaba. Y no se dio. No apareció nadie, y en una agencia de los tours que llegan hasta la frontera me daban el chance de llevar a Pantagruela hasta la frontera directo y sin escalas en otro vehículo aparte (y gratis). Parecía como un buen trato para tres días y dos noches, techo y comida incluidas por la ni-tan-exorbitante fortuna de us$100. Llegó el momento de sopesar el costo versus el beneficio. Pero no fue tan fácil de aceptar; al principio me sentía como que estaba traicionando una parte mía que ansiaba muchísimo cruzar ese lugar en bici, pero poco a poco fui centrándome en que mi decisión era la mejor. Y así pude disfrutar del viaje en jeep, el estar cómodamente durmiendo en un hotel de sal mientras afuera bajaba la temperatura a -17 grados, y de ver a otros ciclistas viniendo en sentido contrario y hacerles porras (la verdad que mis respetos!!!).

Y así, pude ver los flamingos, el árbol de piedra, el desierto de Dalí, las plantas y diría que hasta el viento que cerca todos esos montes y volcanes que uno simplemente no se explica cómo existen en este planeta del que tan poco sabemos. Es en verdad fuera de este mundo ese lugar, alucinante, mágico!!!

Nunca se me va a olvidar el cielo a esas alturas, el frío, la soledad -que se respira como algo que está fuera de uno mismo- una soledad que convive con las vizcachas y las piedras, los cardos y las yaretas y las llamas y la sal… los hielos eternos, las aguas congeladas en medio de termas donde los flamingos se vienen a calentar; los géysers y el clima inhóspito para los seres humanos… y aún así hay comunidades allí aisladas, viviendo en las alturas y con los cachetes morados por la falta de oxígeno.

Y vienen también grandes aprendizajes en esta etapa: un gran paso lo da quien decide arrancar con su sueño, pero también quien se encuentra y se enfrenta con sus propios límites… y los acepta. Lo esencial no es hacer la cosa más loca ni osada, sino encontrar la belleza. Y a las personas a veces nos cuesta; nos cuesta la soledad y hasta a veces la alegría.

La vida da muchas vueltas, y al cabo de este rodar de tantos meses, de vivir con mi soledad y estar codo a codo con mis deseos y anhelos al mismo tiempo que con mis posibilidades me han mostrado que no se puede olvidar lo básico.. que es estar vivo y poder ver, respirar/salivar y sentir la extrema belleza de experimentar la vida. En donde sea y como sea.

 

Fotos hay muchas aquí, y este divertimento en video

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