Entrada a Chile por la vía fácil: ¡de bajada!

Entrar a Chile, el último país en mi ruta, ya de por sí era una cuestión que me causaba una profunda saudade… no sólo porque implicaba que ya estaba llegando al final de mi viaje, sino que además era entrar a uno de los países más caros de la región, en un momento en que el frío aún no se disipaba del todo y por el norte; o sea, atravezando el Desierto de Atacama (el más árido del mundo). Salir de Bolivia, que siempre me ha alegrado tanto la vida, tampoco fue fácil desde lo emotivo y económico pero había que hacerlo… y bueno, hay que decir que también el capítulo Salar de Uyuni había sido mucho menos dramático de lo que me venía planteando desde incluso años antes de retomar el viaje y volver a pasar por allí. Al final, soy un tipo al que le gusta cierta comodidad y sobre todo se siente cómodo de no hacer cosas que lo pongan incómodo.

Atrás quedan las alturas… y ahora a descender hasta el litoral de la zona 2

Dicho lo anterior, el vehículo en el que me desplacé desde el pueblo de Uyuni hasta la frontera con Chile -en medio de alucinantes paisajes desérticos de altura, volcanes y picos helados, llamas asoleadas, vizcachas huidizas y todo lo demás que ahora quedaba atrás y arriba- me dejó a pasos del puesto fronterizo. Una singular casita en medio de la nada como uno se pueda imaginar la nada en -por qué no- Marte (vigilados por el imponente Sairecabur). Y allí, en una casucha de madera habían dejado a Pantagruela y todas mi cosas. Me alisté, cargué las maletas, sellé el pasaporte y arriba!

Andar esas rutas arenosas, que sabía iban a ser apenas unos pocos kilómetros antes del asfalto, fueron suficiente para darme cuenta que había tomado la decisión correcta -luego de tanta duda- y que ahora iba certero a pasar unos días tranquilos en San Pedro de Atacama y el Valle de la Luna. Es curioso cómo uno va cerrando un capítulo mientras aún lo está escribiendo. Y así, disfrutando unas galletitas y un tecito para el frío, llegué al pavimento… al cruce que haces para ir a Argentina o bajar a Chile. Y yo quería mucho ir a Chile!

Así comenzó un descenso de varias decenas de kilómetros ininterrumpidos… de esos que lo ponen a uno contento. A la distancia logré ver que venía un ciclista subiendo; paré y charlamos un poco. Era un mexicano que había cruzado Uyuni solo -fue duro, me dijo- y bajó a Atacama pero en realidad iba para Argentina… así que de nuevo le tocó de subida (como dicen: sarna con gusto, no pica). Nos despedimos y en paz cada quien. Seguí bajando y fui directo a recoger el último sello de entrada en bicicleta de esta epopeya. Entré al pueblo de San Pedro de Atacama y a buscar algo para quedarme.

Súbitamente todo es más caro acá, así que había que ser juicioso con el tema dinero. Me encontré una bonita zona de camping, con cocina y ducha caliente y listo. Salí inmediatamente al centro a probar mi primera cerveza chilena y algún canapé mientras planeaba mis siguientes pasos. Como el lugar es muy turístico, también es medio carito; así que lo que tocaba era básicamente conocer el Valle de la Luna, echar pereza y planear cómo seguir para Santiago. Quizás lo más anecdótico del camping fue el chef (gordito y borrachón) que en una de esas que me tiró conversa me quebró mi sillita super práctica que me habían regalado en Campo Grande. Como tenía lana no le negué su cooperacha, con la que pude pagar el camping y tan amigos y salú!

Haciéndome el sufrido viendo el atardecer en el valle de la Luna

A estas alturas del viaje ya casi que ni me tomé la molestia de hacer fotos de esos días de -citando al maestro Moraes-: total vagabundagem! Me agarré a Pantagruela y nos fuimos para el Valle de la Luna una tarde cualquiera, y caminè por allí entre esas extrañas formas que tiene la tierra por allá. Contemplar ahora desde abajo aquellas enormes de los Andes, los volcanes que hacen frontera con Bolivia y Argentina no dejan de sorprenderme. Pero ahora ya no más cordillera.

Ya estoy en Chile, sólo falta llegar a Santiago antes del 11 de octubre… para celebrar mis 40 primaveras y embarcarme a Norteamérica para otra aventura ya no sobre dos ruedas. Todo se acaba, hasta lo bueno… así que con mucha más razón disfrutarlo cuanto dure.

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