40 (casi) en la 40!

Recorriendo la panamericana en el norte de Chile
Recorriendo la panamericana en el norte de Chile

Uno de los mayores aprendizajes de estos útimos 20 meses de viaje ha sido ver que en la vida nada de lo que uno planea se da como uno quiere -o cree que quiere- que se dé; más bien se va a dar como se tenga que dar y cuando se tenga que dar. O sea, la vida lleva su propio curso y uno sólo puede fluir con ella. No perder la capacidad de sorprenderse de esto es también una forma de disfrutar y apreciar las cosas que nos pasan.

En enero de este año, allá en Argentina decidí (por qué no?) ir hasta Ushuia. Cuando salí de Costa Rica no tenía demasiado interés en llegar hasta el final del camino, pero sí ganas de andar por la Patagonia (o al menos hacer trekking por allá). Así que en febrero, dando el rol con mi madre, le puse slogan a este 2016: “40 en la 40”, a propósito de mi natalicio, y porque en octubre me había previsto estar al inicio de la mítica ruta 40. Pero como decía, la vida es una ebullición de sensaciones y los caminos que van siguiendo nuestros pasos son resultado de una compleja alquimia entre sentires y quereres. “Una pedaleada a la vez” reza el banner del ciclonauta -mi alter ego, o chamán interior, o como quieran llamarle- que alguna tarde medio apurado se me ocurrió.

Atardecer en Paracas, Perú; restableciendo un abrazo infinito
Atardecer en Paracas, Perú; restableciendo un abrazo infinito

En Uruguay decidí otro desvío interesante: volver a Brasil dejando fuera de ruta al Paraguay, por las ganas enormes de seguir conociendo uno de mis países favoritos, y porque tenía como destino llegar a Perú y hacer un poco de mochila. La idea de la ruta 40 seguía repicando en mi mente, a pesar de que ni el viento ni el frío los hayo muy disfrutables. Un nuevo desvío en el camino y la decisión de que la bici es estrictamente para disfrutar hicieron cambiar la brújula para Norteamérica; y se comienza a escribir un nuevo capítulo.

Viajar en bicicleta es una de las sensaciones más parecidas a la libertad que he conocido, y poder hacerlo por prácticamente todos los países de América del Sur (salvo las Guyanas, Suriname y Paraguay) ha sido uno de los hitos más significativos para mí. Sé que soy bueno para soñar sueños y cumplirlos, y eso ya no se me quita. Así que luego de más 20 años de soñar con biciviajar por América del Sur, y dos capítulos que suman más de 27 meses y 23,000 kilómetros, es que puedo decir que cumplí mi sueño. Y eso no tiene precio.

Hermosos cronopios chilensis en día de caminata en la Quebrada Macul.
Hermosos cronopios chilensis en día de caminata en la Quebrada Macul.

Acaso por coincidencia, vengo a cumplir 40 años que marcan el final de una etapa y el inicio de otra. Un periodo donde he crecido y me he curtido en soledad y en compañía de hermosos extraños (duendes, cronopios, ángeles, etc); donde he estado feliz y triste, pero sobretodo en paz. La vida no tiene que ser una línea recta donde hay que hacer las cosas que dicta una sociedad caótica y miedosa; y vale la pena perderse por los senderos no lineares y a veces escabrosos, con sus momentos a veces dulces y a veces amargos.

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No puedo ocultar mi alegría, ni el agradecimiento a tantas personas que me ayudaron de una y mil maneras a seguir adelante con este viaje; apoyando con una sonrisa, compartiendo música, tiempo, comida… La suma de todo, y el compartir con tanta gente que me dio tanto a cambio de tan poco, me ha enseñado que el corazón es un enorme lugar al que le cabe todo el amor, donde se puede cultivar estar bien con uno y compartir con los demás.

 

(a unos cuántos grados longitud oeste de la Ruta 40)

 

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