Colgado en el Tacaná; u Oda a la Hamaca

Me es imposible estar en una hamaca y no sentirme feliz de entrada, como porque sí.

Luego el cuerpo se va ajustando a flotar en el aire -viscoso al fin- y poco a poco cede a temer que las cuerdas cedan.

De todos modos el suelo no queda tan lejos; y aunque fueran unos pocos minutos son suficientes para activar la tan necesaria serotonina.

Cuando pienso en cuántos lugares, entre cuántos árboles, en descampados, playas, bosques, casas, establos, etc he colgado mi hamaca me da algo de pudor… pero si es que en esencia soy hamacófilo. No podía ser de otra manera.

Negar eso sería como negar la compasión que puede uno proyectar y amplificar desde una hamaca, lugar inofensivo y primigenio… un útero suspendido entre dos puntos que conectan a la tierra, a los demás.

Mi hamaca, mi barco en el que enfrento la adversidad, la alegría, el amor; la perplejidad por las cosas simples y hermosas.

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