Réquiem por 2 sueños

Esta nota la escribo con el hígado en la mano, con rabia e impotencia. La escribo porque las últimas noches no logro conciliar el sueño y quizás esta sea mi válvula de escape; porque quizás así le puedo rendir un humilde homenaje a la libertad, esa musa que anda por ahí risueña y alborotando nuestros corazones.

Cuando uno agarra la bici y decide irse a viajar, a recorrer mundo, a experimentar lo que es vivir de nómade sabe -muy en el fondo lo sabe- que quizás nunca vuelva a ver el lugar del que salió, a la gente que amó, o a probar la comida con la que creció o aquel atardecer que le enterneció. Uno sabe que en el fondo está poniendo todas las cartas sobre la mesa y le está diciendo a la vida: “aquí voy todo por el todo”. Y aunque uno en el fondo no quiere, sabe que puede perder lo más valioso que tiene: la vida. Todo por vivir extremamente en el presente, por experimentar en carne propia la libertad de viajar en bicicleta… sin horarios, sin fechas límite, con el corazón abierto a todo y esperando siempre atraer hacía sí lo mejor de la gente.

No sé si a todo el mundo le pasó la primera vez que acampó en el medio de la nada, de sentir el corazón palpitar de zozobra ante el espeluznante hecho de que en medio de la noche se escondiera algún mal. Algún bicho ponzoñoso o algún malviviente desalmado que pudiera hacernos daño de alguna manera e impedir que siguiéramos rodando. A mí sí; y no fueron pocas veces. Por eso siempre trataba de quedarme cerca de poblados, casas, algún contacto humano y amistoso. Aunque no siempre el peor peligro que yace es animal ni es la noche oscura…

Esta entrada trata de cuando el horror se hace realidad; de cómo dos ciclistas que pasaron por mi pueblo y poco después perdieron sus vidas y sus sueños de moverse en bicicleta y de experimentar las maravillas que el mundo tenía para ofrecerles. Se dice que por un robo; que ese fue el móvil del doble asesinato. Al principio las “autoridades” a cargo lo negaron, lo dibujaron de accidente (cuando cualquier ciclista que haya viajado una fracción de lo que estos viajeros habían pedaleado sabría -al ver el lugar de los hechos- que es altamente improbable, sino imposible, caer en ese abismo y toparse con la muerte de esa forma tan trágica). Se trata de cómo un polaco y un alemán tuvieron que experimentar el horror, por sus ideales de vivir la libertad como pocos en este mundo posmoderno y ultracompetitivo se lo permiten.

Normalmente me gusta hablar de las cosas lindas que tienen los lugares por donde paso, por donde vivo… pero cuando hay que decir lo malo, hay que decirlo. Sobre todo si eso le puede salvar la vida a alguien. Acá en San Cristóbal de las Casas, en Chiapas que diga, se vive bien. La gente es por lo general amable, la comida rica, el costo de vida moderado (aunque los ingresos bajos). Hay conflictos y hay violencia; como en casi todo lugar. Pero nunca me sentí inseguro. De hecho, hice ese mismo recorrido apenas dos semanas antes de que acaecieran los tenebrosos hechos a estos viajeros cuando fui de acá para la Laguna de Miramar.

Fue un viaje cansado pero hermoso, el ir descendiendo desde los Altos hasta la Selva. Fue tan poco peligroso el lugar donde se dice que ellos cayeron, que cuando fui a visitarlo el fin de semana pasado (para junto con otros ciclistas colocar una bicicleta blanca en su honor), me pareció increíble que siquiera se barajara una hipótesis tan vaga y poco concluyente. Hoy se dice que sí hubo mano criminal; pero no hay culpables. Gana la impunidad, como en tantos otros casos en este hermoso y dolido país de América Latina.

Bicicleta blanca colgada en donde fueron encontrados los cuerpos de los ciclistas

Estando allí me corrió un escalofrío de pensar que esa bicicleta blanca pudo haber tenido mi nombre en la plaquita. Y eso cambia algo por dentro. Pero me rehúso a dejar el miedo entrar, y sé que más ciclistas seguirán pedaleando esa ruta y que de alguna manera las cosas seguirán sus cursos “normales”. Se dice que una cuarta parte de los asesinatos del mundo (sólo el año pasado) ocurrieron entre Brasil, Colombia, Venezuela y México. Bueno, yo viajé 10 meses en Brasil, 5 meses en Colombia y mes y medio en Venezuela y lo único que encontré fue gente increíble que me tendió la mano una y otra vez. Ahora vivo en México, y me cuesta creer que en mi estado, en mi patio trasero, hubiera gente capaz no sólo de causar daño físico a un par de personas que su peor crimen fue soñar que podían viajar por el mundo en bicicleta; sino de llegar hasta desecrar sus cuerpos. Seguramente  hay una diferencia entre ser un criminal de pacotilla y ser alguien malvado; y lamentablemente hay personas en los 100kms que hay entre San Cristóbal de las Casas y Ocosingo cuya maldad es indecible.

Acción de visibilización por parte del grupo de MTB Murciélagos, de Ocosingo

No obstante, me consuela pensar que si de verdad estos ciclistas fueron abordados, torturados y asesinados para robarles y despojarles de sus pertenencias… no pudieron – y con eso me voy a dormir más ligero- robarles su libertad. No pudieron llevarse cientos de amaneceres, atardeceres, sonrisas que les regalaron en sus caminos, desiertos, montañas, lagos, ríos, mares; cada partícula de aire y cada rayo de luz que seguramente les llenó de alegría y esperanza por la vida.

¡Descansen en paz Krystoff y Holger! Nunca nos cruzamos en la vida, nunca nos conoceremos; pero parafraseando aquel viejo adagio: cicloviajeros somos y en el camino nos encontraremos…

 

Recomendación: en los próximos meses quizás lo mejor sea evitar pedalear la ruta entre San Cris y Ocosingo (el transporte no es tan caro y la ganancia por 100 pesos invertidos puede ser la vida misma). Si deciden pedalear de todos modos, lo conveniente es hacer una cadena de contactos e ir notificando, para poder reaccionar más rápidamente. Yo me ofrezco a ser monitor.

 

NOTAS DE PRENSA:

El ciclista alemán sí fue asesinado en Chiapas

El ciclista alemán sí fue asesinado. Holger murió de un disparo y el ciclista polaco de un golpe, los agresores manipularon la escena para que pareciera un accidente. Esta es la nueva versión de la Fiscalía de Chiapas:

Posted by Ciro Gómez Leyva on Friday, May 11, 2018

 

https://regeneracionradio.org/index.php/represion/desapariciones/item/4881-los-peligros-de-oxchuc-que-los-cicloviajeros-holger-y-crzystof-no-conocian

Movimiento internacional exige que se aclare la muerte de dos ciclistas europeos en Chiapas

 

RECURSOS Y APOYOS A CICLISTAS EN RUTA:

https://www.facebook.com/ruedalibre.chiapas.3

https://www.facebook.com/murcielagosmtbocosingo/


Colgado en el Tacaná; u Oda a la Hamaca

Me es imposible estar en una hamaca y no sentirme feliz de entrada, como porque sí.

Luego el cuerpo se va ajustando a flotar en el aire -viscoso al fin- y poco a poco cede a temer que las cuerdas cedan.

De todos modos el suelo no queda tan lejos; y aunque fueran unos pocos minutos son suficientes para activar la tan necesaria serotonina.

Cuando pienso en cuántos lugares, entre cuántos árboles, en descampados, playas, bosques, casas, establos, etc he colgado mi hamaca me da algo de pudor… pero si es que en esencia soy hamacófilo. No podía ser de otra manera.

Negar eso sería como negar la compasión que puede uno proyectar y amplificar desde una hamaca, lugar inofensivo y primigenio… un útero suspendido entre dos puntos que conectan a la tierra, a los demás.

Mi hamaca, mi barco en el que enfrento la adversidad, la alegría, el amor; la perplejidad por las cosas simples y hermosas.


40 (casi) en la 40!

Recorriendo la panamericana en el norte de Chile
Recorriendo la panamericana en el norte de Chile

Uno de los mayores aprendizajes de estos útimos 20 meses de viaje ha sido ver que en la vida nada de lo que uno planea se da como uno quiere -o cree que quiere- que se dé; más bien se va a dar como se tenga que dar y cuando se tenga que dar. O sea, la vida lleva su propio curso y uno sólo puede fluir con ella. No perder la capacidad de sorprenderse de esto es también una forma de disfrutar y apreciar las cosas que nos pasan.

En enero de este año, allá en Argentina decidí (por qué no?) ir hasta Ushuia. Cuando salí de Costa Rica no tenía demasiado interés en llegar hasta el final del camino, pero sí ganas de andar por la Patagonia (o al menos hacer trekking por allá). Así que en febrero, dando el rol con mi madre, le puse slogan a este 2016: “40 en la 40”, a propósito de mi natalicio, y porque en octubre me había previsto estar al inicio de la mítica ruta 40. Pero como decía, la vida es una ebullición de sensaciones y los caminos que van siguiendo nuestros pasos son resultado de una compleja alquimia entre sentires y quereres. “Una pedaleada a la vez” reza el banner del ciclonauta -mi alter ego, o chamán interior, o como quieran llamarle- que alguna tarde medio apurado se me ocurrió.

Atardecer en Paracas, Perú; restableciendo un abrazo infinito
Atardecer en Paracas, Perú; restableciendo un abrazo infinito

En Uruguay decidí otro desvío interesante: volver a Brasil dejando fuera de ruta al Paraguay, por las ganas enormes de seguir conociendo uno de mis países favoritos, y porque tenía como destino llegar a Perú y hacer un poco de mochila. La idea de la ruta 40 seguía repicando en mi mente, a pesar de que ni el viento ni el frío los hayo muy disfrutables. Un nuevo desvío en el camino y la decisión de que la bici es estrictamente para disfrutar hicieron cambiar la brújula para Norteamérica; y se comienza a escribir un nuevo capítulo.

Viajar en bicicleta es una de las sensaciones más parecidas a la libertad que he conocido, y poder hacerlo por prácticamente todos los países de América del Sur (salvo las Guyanas, Suriname y Paraguay) ha sido uno de los hitos más significativos para mí. Sé que soy bueno para soñar sueños y cumplirlos, y eso ya no se me quita. Así que luego de más 20 años de soñar con biciviajar por América del Sur, y dos capítulos que suman más de 27 meses y 23,000 kilómetros, es que puedo decir que cumplí mi sueño. Y eso no tiene precio.

Hermosos cronopios chilensis en día de caminata en la Quebrada Macul.
Hermosos cronopios chilensis en día de caminata en la Quebrada Macul.

Acaso por coincidencia, vengo a cumplir 40 años que marcan el final de una etapa y el inicio de otra. Un periodo donde he crecido y me he curtido en soledad y en compañía de hermosos extraños (duendes, cronopios, ángeles, etc); donde he estado feliz y triste, pero sobretodo en paz. La vida no tiene que ser una línea recta donde hay que hacer las cosas que dicta una sociedad caótica y miedosa; y vale la pena perderse por los senderos no lineares y a veces escabrosos, con sus momentos a veces dulces y a veces amargos.

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No puedo ocultar mi alegría, ni el agradecimiento a tantas personas que me ayudaron de una y mil maneras a seguir adelante con este viaje; apoyando con una sonrisa, compartiendo música, tiempo, comida… La suma de todo, y el compartir con tanta gente que me dio tanto a cambio de tan poco, me ha enseñado que el corazón es un enorme lugar al que le cabe todo el amor, donde se puede cultivar estar bien con uno y compartir con los demás.

 

(a unos cuántos grados longitud oeste de la Ruta 40)

 


Los cóndores, la sierra y el ascenso al altiplano

Dos meses de mochilero; recorridos épicos por un Perú que me recibió cálido pero frío (hasta el fríaje fui a conocer en la selva!), una tos entre nerviosa y perruna que me agarró en el Lago Titicaca y no me dejó en paz durante un buen rato; un encuentro que marcaría un definitivo cambio de rumbo para este ciclonauta que volviera a reclamar su bici (empolvada como todas sus cosas en casa del buen Diego). Dos meses que fueron suficiente para querer a toda costa volver a mi bici, y cruzar dedos para que finalmente el invierno cediera un poco para llegar a Uyuni con la convicción de cruzar a Chile (aquel trayecto que en mi imaginario es el más difícil que hay en Sur América para el cicloviajero más curtido). Así, con el corazón henchido de alegría, amor y un poco de prisa, llegué a Santa Cruz para retomar el último trayecto de mi cicloviaje… concluir un sueño para comenzar otro.

Sobre los detalles de mi salida -digamos espúria- de la casa de Diego, baste decir que me tuve que ir precipitadamente porque el exceso de hospitalidad me estaba impidiendo continuar el viaje; y pues tuve que dejar con la querida abuela un fuerte abrazo para Diego (que dormía la mona, como de se dice en mi país cuando uno está pasado de fiesta y durmiendo a las tantas de la mañana). Ese día arranqué tarde, y tocaba un ascenso de 1200m hasta Samaipata; pero de todos modos decidí salir de la ciudad y hacer campamento en un balneario llamado Quinta Los Cumpas. Esa noche el viento soplaba fuerte.

El frío y la montaña se iban empezando a sentir de nuevo, como corresponde al subir a la cordillera de Los Andes

A Samaipata llegué frito al día siguiente, con un ascenso (calculo yo que eran como 1000m, pues el día anterior apenas dio tiempo de pedalear 41kms) y unos vientos que ponían muy sobre el tapete la falta de pedaleo de casi dos meses. Pero como muchas veces, uno va entrenando sobre la marcha… así y todo los días estaban soleados y los campos iban dejando ver los cultivos de uva que por esa zona pareciera estilarse (no voy a decir que son buenos los vinos bolivianos, pero tampoco pésimos. Nota mental: los de Tarija eran los mejorcitos). De todos modos, el combustible que alimentó mis piernas durante esa subida era pensar en la pizza (o pizzas) que me iba a comer. Como ya había estado allí para el solsticio, ya sabía que me iba a quedar a acampar en El Jardín; y cruzaba los dedos de que aún existiera la pequeña y riquísima pizzería. Por suerte, todo estuvo.

Inevitable quedarse un par de días más allí, caminar de nuevo al cerro a ver si se repetían aquellos majestuosos cóndores de hace dos meses (pero no). Igual fue hermoso apreciar desde la altura el Fuerte y respirar ese aire cada vez más de altura conforme se va subiendo. No sé si lo he dicho antes, pero el cielo de Bolivia es algo particularmente hermoso… unos tonos azules tan intensos y profundos que uno de repente siente como si pudiera tocar el espacio exterior. No sé, fascinante. Así que Samaipata, con lo agradable y llevadero que es pasearse por ahí, debía ser una parada corta. Total ya había estado y estaba en “entrenamiento” para subir hasta los 4000msnm hasta la Villa Real de Potosí. Tenía al frente una semana bien fuerte de pedaleo.

Una semana de puro polvo hasta llegar a Sucre

De Samaipata la siguiente ciudad que uno podría ubicar en un mapa era Sucre (donde había estado también hace años y recuerdo que me robaron mi cámara de fotos). Fuera de eso, no tenía mayores recuerdos; pero tenía pensado quedarme al menos un par de días a descansar. La ruta, y eso no lo tenía tan claro cuando arranqué, llega un momento en que deja de ser pavimento para pasar a ser prácticamente de arena. A Cochabamba en cambio, la carretera sí estaba pavimentada. No miento si digo que fue el camino más difícil que hice en todo el viaje hasta ese momento (sí, en Uruguay me tocó empujar la bici sobre la arena como 4Kms, pero esto era otra cosa). De camino pasé el desvío que iba hacia La Higuera; aquel épico lugar donde cayó el Che Guevara. Si hubiera estado diez años más jóven seguramente hubiera ido, pero como que ya me pasó ese tipo de fiebre, y los 100kms que implicaba el ir y volver a esta ruta me significaban un par de días que en ese momento no estaba muy seguro de querer derrochar en turismo revolucionario. Así que a otra cosa, mariposa.

Como no podía subir la bici por las gradas para el puente colgante, me tocó cruzar el río seco… menos mal.

Volviendo al camino… polvo tan fino, ascensos de 40 grados, desolación y el sonido del viento. La verdad que era hermoso y tuve la oportunidad de cruzar el así llamado “Jardín de Cactáceas de Bolivia”, que tenía entre sus tesoros la reserva de Paraba. Si bien no fue barato quedarse allí, las vistas del cielo estaban espectaculares y la comida rica (y la señora me vio la cara de hambra y me dio bastante). Además aprendí que en los cerros, entre las grietas que son miles, habitan varios tipos de guacamayas bien coloridas. Todo un espectáculo sobre todo al atardecer y al amanecer, cuando el bullaral que hacen es imposible de ignorar. Kilómetros de polvo y piedra, en parajes aparentemente secos e inhóspitos que a su vez dan cobijo a quienes saben aprovechar de estos ambientes.

Cruzando por las cactáceas bolivianas

Escalando las pendientes polvorientas

El cielo nocturno derrochando estrellas

Después de este punto siguió el último tramo de ese camino infernal: 39Kms que recorrí en poco más de 5 horas (¡o sea a un promedio de 8Km/hr!!!); para llegar a toparme con una familia de Sucre en Villa Granados que me ayudaron a ubicarme esa noche para dormir y comer con ellos y que me prometieron encontrarnos de nuevo una vez llegara a Sucre. Después de no conversar con muchas personas (no se puede decir que las personas de estos lados son particularmente hablantinas con los extranjeros) en casi una semana, el contacto vino como una brisa refrescante. No digo ducha, porque aún me faltarían un par de días para una ducha decente.

Pantagruela posa junto a un dinosaurio de yeso a la entrada de Sucre

Sin embargo, es notable el efecto que hace en uno re-encontrar el asfalto. De todo me hace pensar, porque luego uno dice que prefiere los caminos menos transitados, y que es mejor el ripio y que esto y lo otro… pero lo cierto es que luego de una semana (que por suerte no ponché ni una vez) de andar rodando en esos arenales, estaba feliz, muy feliz de sentir el planito y caliente asfalto. El hecho de que hayan calles trae otros beneficios, como acceso a conseguir refrescos helados o cervezas, porque ya a estas alturas estoy en un valle con unos calores tremendos, en ascenso aún hacia la ciudad capital de Sucre (muchos creen que la capital de Bolivia es La Paz, pero no… y esto los nativos de Sucre lo resienten y tienen su orgullo particular). De más decir que lo malo de las carreteras son los otros vehículos que transitan por allí, muchas veces sin percatarse de los ciclistas. Pero a estas alturas ya estaba bastante acostumbrado a mantener mi derecha y hacer “contacto visual” con los choferes y creo que eso funciona.

Dato curioso de la ciudad, además de que la comida está muy rica, es que por allí anduvieron los dinosaurios al final del periodo Cretácico (hará unos 60 y tantos millones de años) y hay una cantera muy famosa donde se pueden apreciar miles de huellas de algunos de estos enormes bichos. Yo me conformé con hacerle a Pantagruela su retrato.

Así acaban 500kms en una semana bien movidita para un ciclista que tenía las piernas acostumbradas a otro ritmo, y que supo aprovechar la desconexión con el mundo para asimilar los últimos dos meses de aprendizaje, andaragueo y enamoramiento. Cada vez más se perfila un futuro en Norteamérica que viene pronto prontito.

 

Galería de fotos de este episodio aquí


De esas cosas de ser turista

A veces uno anda de viajero de bici, atravesando lugares quizás no dentro de circuitos turísticos.. y a veces no queda de otra. Este fue el caso de Uyuni, que gracias a mi gran sentido de prevención y un buen trato con la agencia Tierra Mística, nos llevaron a mi y a Pantagruela hasta la frontera… De esos días de frío y belleza extremas queda este divertimento.

PD. No, no es un comercial de papas tostadas, sólo un montón de locos que no sabían bailar el tinku (que de hecho es como una danza marcial boliviana).

 


El arduo trabajo de la conservación y la acción

Travesía hacia el campamento base sobre el Río Piedras (4 horitas para relajar y observar aves y bosques)
Travesía hacia el campamento base sobre el Río Piedras (4 horitas para relajar y observar aves y bosques)

Por mucho tiempo me he visto entre dos aguas, las de la conservación pura de la naturaleza y las del ecologismo que incorpora la influencia e interacción de los humanos con nuestro entorno. En una se llega a niveles de “purismo” a veces insostenibles, frente a un mundo altamente poblado y con pocas posibilidades económicas; y en la otra se pasa luchando contra la “satanización” de las comunidades locales que – a falta de herramientas para potenciarlas – acaban pisoteando sus derechos y contra un modelo de “desarrollo” las más de las veces abstracto y excluyente.

Gigantes dentro de la concesión, donde a pocos metros circulan jaguares y dantas
Gigantes dentro de la concesión, donde a pocos metros circulan jaguares y dantas

Y así, mientras trabajaba con varios tipos de organizaciones en diferentes niveles fue que conocí a los chicos de ARBio, que desde hace unos años han establecido su base en Tambopata, en la amazonía peruana. No en vano fueron siempre uno de los socios más animosos y con ideas nuevas que conocí en la red que trabajaba en restauración de ecosistemas; sino que también se mueven en muchos ámbitos: desde la agroecología, la conservación y el análisis de ciclo de vida que pueda fomentar relaciones comerciales más sostenibles y justas. Desde que salí de Costa Rica, no sabía muy bien cómo, sabía que iba a dar una pasada por allí.. y enhorabuena!

ARBio cuenta con una concesión de casi 1000 hectáreas a uno de los márgenes del Río Piedras, a unas ocho horas río abajo de comunidades todavía no contactadas por la cultura “occidental”; lo cual en estos parajes es apenas una ínfima fracción de selva, mas el trabajo y empeño que le ponen a su trabajo no es nada despreciable. Con un equipo humano limitado, tienen también conexiones con grupos en Europa; así como una creciente trayectoria de investigación-acción en la región de Madre de Dios que no deja de ser impresionante.

 

En el bosque, pequeñas interacciones parasíticas permiten el flujo continuo de la vida
En el bosque, pequeñas interacciones parasíticas permiten el flujo continuo de la vida

Días sin horarios, jornadas apasionadas que van desde deshierbar a mano un par de hectáreas de un experimento en forestería análoga y pruebas con biofertilizantes y biochar; hasta conducir un bote por horas para llegar al campamento base en medio del pleno bosque; labores de vigilancia; informes, búsqueda de fondos, pagar el agua y la luz, relaciones sociales, alianzas institucionales… Todo mezclado en cada aspecto de la vida, entre almuerzos y reuniones o ideas que surgen a la luz de algún documental sobre la verdad oculta de la influencia de la producción de carne sobre el cambio climático. Muchas cosas pasando, muchas ideas, mucha energía y faltan tantas manos.

 

 

Y así, la madera preciosa sale hasta cortada y en vía a Estados Unidos o Europa
Y así, la madera preciosa sale hasta cortada y en vía a Estados Unidos o Europa

En la región de Madre de Dios, y directamente relacionado a la construcción de la carretera interoceánica -que une las costas pacífica y atlántica entre Perú y Brasil-, la presión sobre los bosques amazónicos se hace sentir no sólo en la directa deforestación para dar paso a ganado o monocultivos, sino también en la creciente actividad minera de pequeña y mediana escala. La contaminación de los ríos es rampante, y la ruta de la sobreexplotación de especies amazónicas para madera o frutos (ej. nuez brasileña) ameritan medidas que puedan de alguna manera mitigar este “caballo desbocado” que presupone el mentado desarrollo de los pueblos. Ni hablar de que aún Perú mantiene una prohibición sobre los organismos genéticamente modificados (que se rumora el nuevo gobierno quiere vetar), lo cual ya estaría significando la expansión de la soya por estos parajes.

 

En la selva fui a encontrar un amigo, Michel
En la selva fui a encontrar un amigo, Michel

Michel y su equipo me mostraron un ejemplo de tezón y esperanza, en un entorno no siempre favorable donde quieren demostrar con el ejemplo alternativas productivas y de conservación que puedan enganchar a usuarios de estas tierras poco fértiles mas riquísimas en biodiversidad y evitar su rápida destrucción. ¡Una labor titánica! Falta mucho por hacer allí, y muchas manos más para sumarse a esta labor y apoyar el trabajo de organizaciones que trabajan con pocos recursos mas infinitas ganas. Una de ellas es la adopción de hectáreas de la concesión, que permiten financiar los costos de patrullaje; así como la manutención de una finca demostrativa y diversificada que aún esta por dar frutos (la última inundación -así es la vida en los trópicos- causó estragos y hubo que comenzar de cero).

 

El tiempo, que no espera a nadie, me indicó luego de un par de semanas el rumbo hacia Lima, mas marcó sin duda una linda experiencia de esperanza por el trabajo de valientes y animados profesionales, que aman el bosque tropical y procuran un mundo mejor en medio del pulmón del planeta. Un paraíso que merece un espacio para existir en silencio y en su propia armonía, como aún lo saben vivir muchos grupos humanos que han decidido permanecer no contactados en las profundidades de la selva.

 

Chakramama, finca experiemental en fase de crecimiento
Chakramama, finca experiemental en fase de crecimiento

 

 


Tambopata en el corazón

Pintura del río cósmico, mostrando la cosmología Inca (Qoricancha)
Pintura del río cósmico, mostrando la cosmología Inca (Qoricancha)

Luego de unos días de -no miento si digo- retiro espiritual contemplando el río cósmico tantas noches bajo el mejor cielo del mundo, en el Lago Titicaca, llegó la hora de cruzar a Perú. Estoy yendo por dos excelentes excusas: conocer el proyecto de los amigos de ARBio en la amazonía y reencontrarme con Tania en Lima para -entre otras especias- evadir el invierno más al sur yendo hacia Uyuni. Confirmadamente las temperaturas están muy por debajo de los 10 grados bajo cero, y este ciclonauta tiene intolerancia crónica a los fríos extremos.

 

 

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Cusco me recibió a -1 un grado a las 6am, no sin antes volver a pasar uno de esos sustos fronterizos que me suceden de cuando en vez. Tomé el último bus de Copacabana para llegar temprano a Cusco, y nos tocó pasar el puesto frontera casi de últimos. Resulta ser que hace algunos años hice una parada entre vuelos de Argentina a Costa Rica. Una noche en Lima, apenas tiempo para probar mi primer anticucho. Siete años después todavía nadie se enteró de mi salida, porque se borró en su sistema, y ahora el tipo del escritorio de una frontera entre el lago y la nada, me quería cobrar la simpática cifra de US$2900.

Yo no pude más que reírme y pensar que era un chiste; al final me había pasado algo igual en Guatemala. El tipo no quería dejarme ir sin pagar la multa, o me estaba dando una señal que no entendí para la coima. De todas maneras el chiste se puso serio, y en todo caso se cansaron de no darme la razón (que no era mi problema, por supuesto) y al final -para no alargar esa última hora de la jornada laboral- me sellaron 40 días, ni más ni menos.

Ese día en Cusco fue para reconocer un lugar en el que había estado hace ya tiempo, en otra vida parecería, pero que hasta identificaba y me sentía familiar en cosas, y en otras se me hizo totalmente ajeno. Como la cantidad de mochileros -grupo al que ahora yo pertencía- por todas partes. Y es que ya uno lleva “la procesión” de la fiesta en otro ritmo. De todos modos sirvió para darme cuenta que la pizza sabía mejor en Bolivia, y de que algunos tours eran tan returs, que hasta me dio la impresión de ser todavía más envilecido por el turismo que ticolandia. Como el mochileo acabará aquí en poco más de un mes, tampoco era momento de planear mucho, sólo ojear.

Vista del Ausangate y los pueblitos de altura
Vista del Ausangate y los pueblitos de altura

El bus desde Cusco hasta Puerto Maldonado, en el departamento (más biodiverso del Perú, decía un rótulo en el camino) de Madre de Dios, tardó apenas unas 10 horas. Es tan rápido porque ahora existe la carretera Interoceánica, la cual como su nombre indica une el Pacífico con el Atlántico atravezando uno de los corazones – de los pocos que van quedando – del bosque amazónico. Michel, mi colega-anfitrión-y-finalmente-amigo, me dijo “mejor tómate el bus de día, porque la vista es impresionante”. La verdad que no soy muy fanático de los días largos de bus, pero tomé su consejo. Y fue espectacular cruzar al lado del Ausangate (a más de 6000m de altura, con sus impresionantes glaciares), y empezar a descender -por kilómetros y kilómetros- de selva verde esmeralda, espesa, extraordinaria.

 

 

 

Ayudando a macerar la ayahuasca (Foto: Reyes Rodriguez)
Ayudando a macerar la ayahuasca (Foto: Reyes Rodriguez)

Volví a uno de mis biomas favoritos, iba a visitar a los compas de ARBio, cuya organización nace justamente para enfrentar el problema de la devastación del bosque que supone la construcción de la mega-carretera, dando opciones a los que manejan bosque de implementar alternativas más sustentables y a la vez productivas. Todo eso, y la verdad que es admirable el trabajo que hacen. Así que bueno, llegué y me sorprende de nuevo encontrar gente maravillosa, un bosque hermoso a los márgenes de los ríos Tampobapata, Madre de Dios, Piedras… Como iba por un par de semanas, pensaba que iba holgado con el tiempo; pero como sucede a menudo: se pasó rápido y parece como que hizo falta más… pero también aproveché muchísimo y lo pasé de diez.

Todos los días había alguna gestión que hacer (desde hacer mandados oficinescos, hasta buscar un costurero para hacer reparos de ropas, hasta estar tirado en la hamaca horas sin término reflexiondo sobre uno de mis mayores descubrimientos de lo que se va dando en este mi viaje: siento que he crecido. Y no lo escribo para alardear, sino porque es parte elemental de la historia y de todo este tiempo en los caminos de la vida.

 

 

Playa Botafogo, Río Tambopata
Playa Botafogo, Río Tambopata

 

Dio tiempo de conversaciones muy íntimas e introspectivas, de lecturas en la selva, de ver las pisadas del jaguar, de tomar la medicina ayahuasca, de soñar una vida allí incluso… Las noches de “friaje”, término que no conocía y que acabé experimentando en primera persona -junto a una copiosa tormenta amazónica- comenzarían a acenturar mi tos pos-zambullida-en-el-gran-lago que me acompañó varias semanas.

 

Amanece sobre el río Tambopata
Amanece sobre el río Tambopata

Maravilloso lugar, caótico y caliente, azotado por el flagelo de la minería (sus ríos tienen muchísimo mercurio), el desmatamiento por monocultivos varios (hasta de mi querida papaya) y un crecimiento urbano importante. Mi tiempo va marcando un cambio, que he venido celebrando con el calor humano de gente excepcional; llegar del gran lago en lo alto a las grandes llanuras selváticas… el futuro está por venir.