Los cóndores, la sierra y el ascenso al altiplano

Dos meses de mochilero; recorridos épicos por un Perú que me recibió cálido pero frío (hasta el fríaje fui a conocer en la selva!), una tos entre nerviosa y perruna que me agarró en el Lago Titicaca y no me dejó en paz durante un buen rato; un encuentro que marcaría un definitivo cambio de rumbo para este ciclonauta que volviera a reclamar su bici (empolvada como todas sus cosas en casa del buen Diego). Dos meses que fueron suficiente para querer a toda costa volver a mi bici, y cruzar dedos para que finalmente el invierno cediera un poco para llegar a Uyuni con la convicción de cruzar a Chile (aquel trayecto que en mi imaginario es el más difícil que hay en Sur América para el cicloviajero más curtido). Así, con el corazón henchido de alegría, amor y un poco de prisa, llegué a Santa Cruz para retomar el último trayecto de mi cicloviaje… concluir un sueño para comenzar otro.

Sobre los detalles de mi salida -digamos espúria- de la casa de Diego, baste decir que me tuve que ir precipitadamente porque el exceso de hospitalidad me estaba impidiendo continuar el viaje; y pues tuve que dejar con la querida abuela un fuerte abrazo para Diego (que dormía la mona, como de se dice en mi país cuando uno está pasado de fiesta y durmiendo a las tantas de la mañana). Ese día arranqué tarde, y tocaba un ascenso de 1200m hasta Samaipata; pero de todos modos decidí salir de la ciudad y hacer campamento en un balneario llamado Quinta Los Cumpas. Esa noche el viento soplaba fuerte.

El frío y la montaña se iban empezando a sentir de nuevo, como corresponde al subir a la cordillera de Los Andes

A Samaipata llegué frito al día siguiente, con un ascenso (calculo yo que eran como 1000m, pues el día anterior apenas dio tiempo de pedalear 41kms) y unos vientos que ponían muy sobre el tapete la falta de pedaleo de casi dos meses. Pero como muchas veces, uno va entrenando sobre la marcha… así y todo los días estaban soleados y los campos iban dejando ver los cultivos de uva que por esa zona pareciera estilarse (no voy a decir que son buenos los vinos bolivianos, pero tampoco pésimos. Nota mental: los de Tarija eran los mejorcitos). De todos modos, el combustible que alimentó mis piernas durante esa subida era pensar en la pizza (o pizzas) que me iba a comer. Como ya había estado allí para el solsticio, ya sabía que me iba a quedar a acampar en El Jardín; y cruzaba los dedos de que aún existiera la pequeña y riquísima pizzería. Por suerte, todo estuvo.

Inevitable quedarse un par de días más allí, caminar de nuevo al cerro a ver si se repetían aquellos majestuosos cóndores de hace dos meses (pero no). Igual fue hermoso apreciar desde la altura el Fuerte y respirar ese aire cada vez más de altura conforme se va subiendo. No sé si lo he dicho antes, pero el cielo de Bolivia es algo particularmente hermoso… unos tonos azules tan intensos y profundos que uno de repente siente como si pudiera tocar el espacio exterior. No sé, fascinante. Así que Samaipata, con lo agradable y llevadero que es pasearse por ahí, debía ser una parada corta. Total ya había estado y estaba en “entrenamiento” para subir hasta los 4000msnm hasta la Villa Real de Potosí. Tenía al frente una semana bien fuerte de pedaleo.

Una semana de puro polvo hasta llegar a Sucre

De Samaipata la siguiente ciudad que uno podría ubicar en un mapa era Sucre (donde había estado también hace años y recuerdo que me robaron mi cámara de fotos). Fuera de eso, no tenía mayores recuerdos; pero tenía pensado quedarme al menos un par de días a descansar. La ruta, y eso no lo tenía tan claro cuando arranqué, llega un momento en que deja de ser pavimento para pasar a ser prácticamente de arena. A Cochabamba en cambio, la carretera sí estaba pavimentada. No miento si digo que fue el camino más difícil que hice en todo el viaje hasta ese momento (sí, en Uruguay me tocó empujar la bici sobre la arena como 4Kms, pero esto era otra cosa). De camino pasé el desvío que iba hacia La Higuera; aquel épico lugar donde cayó el Che Guevara. Si hubiera estado diez años más jóven seguramente hubiera ido, pero como que ya me pasó ese tipo de fiebre, y los 100kms que implicaba el ir y volver a esta ruta me significaban un par de días que en ese momento no estaba muy seguro de querer derrochar en turismo revolucionario. Así que a otra cosa, mariposa.

Como no podía subir la bici por las gradas para el puente colgante, me tocó cruzar el río seco… menos mal.

Volviendo al camino… polvo tan fino, ascensos de 40 grados, desolación y el sonido del viento. La verdad que era hermoso y tuve la oportunidad de cruzar el así llamado “Jardín de Cactáceas de Bolivia”, que tenía entre sus tesoros la reserva de Paraba. Si bien no fue barato quedarse allí, las vistas del cielo estaban espectaculares y la comida rica (y la señora me vio la cara de hambra y me dio bastante). Además aprendí que en los cerros, entre las grietas que son miles, habitan varios tipos de guacamayas bien coloridas. Todo un espectáculo sobre todo al atardecer y al amanecer, cuando el bullaral que hacen es imposible de ignorar. Kilómetros de polvo y piedra, en parajes aparentemente secos e inhóspitos que a su vez dan cobijo a quienes saben aprovechar de estos ambientes.

Cruzando por las cactáceas bolivianas

Escalando las pendientes polvorientas

El cielo nocturno derrochando estrellas

Después de este punto siguió el último tramo de ese camino infernal: 39Kms que recorrí en poco más de 5 horas (¡o sea a un promedio de 8Km/hr!!!); para llegar a toparme con una familia de Sucre en Villa Granados que me ayudaron a ubicarme esa noche para dormir y comer con ellos y que me prometieron encontrarnos de nuevo una vez llegara a Sucre. Después de no conversar con muchas personas (no se puede decir que las personas de estos lados son particularmente hablantinas con los extranjeros) en casi una semana, el contacto vino como una brisa refrescante. No digo ducha, porque aún me faltarían un par de días para una ducha decente.

Pantagruela posa junto a un dinosaurio de yeso a la entrada de Sucre

Sin embargo, es notable el efecto que hace en uno re-encontrar el asfalto. De todo me hace pensar, porque luego uno dice que prefiere los caminos menos transitados, y que es mejor el ripio y que esto y lo otro… pero lo cierto es que luego de una semana (que por suerte no ponché ni una vez) de andar rodando en esos arenales, estaba feliz, muy feliz de sentir el planito y caliente asfalto. El hecho de que hayan calles trae otros beneficios, como acceso a conseguir refrescos helados o cervezas, porque ya a estas alturas estoy en un valle con unos calores tremendos, en ascenso aún hacia la ciudad capital de Sucre (muchos creen que la capital de Bolivia es La Paz, pero no… y esto los nativos de Sucre lo resienten y tienen su orgullo particular). De más decir que lo malo de las carreteras son los otros vehículos que transitan por allí, muchas veces sin percatarse de los ciclistas. Pero a estas alturas ya estaba bastante acostumbrado a mantener mi derecha y hacer “contacto visual” con los choferes y creo que eso funciona.

Dato curioso de la ciudad, además de que la comida está muy rica, es que por allí anduvieron los dinosaurios al final del periodo Cretácico (hará unos 60 y tantos millones de años) y hay una cantera muy famosa donde se pueden apreciar miles de huellas de algunos de estos enormes bichos. Yo me conformé con hacerle a Pantagruela su retrato.

Así acaban 500kms en una semana bien movidita para un ciclista que tenía las piernas acostumbradas a otro ritmo, y que supo aprovechar la desconexión con el mundo para asimilar los últimos dos meses de aprendizaje, andaragueo y enamoramiento. Cada vez más se perfila un futuro en Norteamérica que viene pronto prontito.

 

Galería de fotos de este episodio aquí


De esas cosas de ser turista

A veces uno anda de viajero de bici, atravesando lugares quizás no dentro de circuitos turísticos.. y a veces no queda de otra. Este fue el caso de Uyuni, que gracias a mi gran sentido de prevención y un buen trato con la agencia Tierra Mística, nos llevaron a mi y a Pantagruela hasta la frontera… De esos días de frío y belleza extremas queda este divertimento.

PD. No, no es un comercial de papas tostadas, sólo un montón de locos que no sabían bailar el tinku (que de hecho es como una danza marcial boliviana).

 


El arduo trabajo de la conservación y la acción

Travesía hacia el campamento base sobre el Río Piedras (4 horitas para relajar y observar aves y bosques)
Travesía hacia el campamento base sobre el Río Piedras (4 horitas para relajar y observar aves y bosques)

Por mucho tiempo me he visto entre dos aguas, las de la conservación pura de la naturaleza y las del ecologismo que incorpora la influencia e interacción de los humanos con nuestro entorno. En una se llega a niveles de “purismo” a veces insostenibles, frente a un mundo altamente poblado y con pocas posibilidades económicas; y en la otra se pasa luchando contra la “satanización” de las comunidades locales que – a falta de herramientas para potenciarlas – acaban pisoteando sus derechos y contra un modelo de “desarrollo” las más de las veces abstracto y excluyente.

Gigantes dentro de la concesión, donde a pocos metros circulan jaguares y dantas
Gigantes dentro de la concesión, donde a pocos metros circulan jaguares y dantas

Y así, mientras trabajaba con varios tipos de organizaciones en diferentes niveles fue que conocí a los chicos de ARBio, que desde hace unos años han establecido su base en Tambopata, en la amazonía peruana. No en vano fueron siempre uno de los socios más animosos y con ideas nuevas que conocí en la red que trabajaba en restauración de ecosistemas; sino que también se mueven en muchos ámbitos: desde la agroecología, la conservación y el análisis de ciclo de vida que pueda fomentar relaciones comerciales más sostenibles y justas. Desde que salí de Costa Rica, no sabía muy bien cómo, sabía que iba a dar una pasada por allí.. y enhorabuena!

ARBio cuenta con una concesión de casi 1000 hectáreas a uno de los márgenes del Río Piedras, a unas ocho horas río abajo de comunidades todavía no contactadas por la cultura “occidental”; lo cual en estos parajes es apenas una ínfima fracción de selva, mas el trabajo y empeño que le ponen a su trabajo no es nada despreciable. Con un equipo humano limitado, tienen también conexiones con grupos en Europa; así como una creciente trayectoria de investigación-acción en la región de Madre de Dios que no deja de ser impresionante.

 

En el bosque, pequeñas interacciones parasíticas permiten el flujo continuo de la vida
En el bosque, pequeñas interacciones parasíticas permiten el flujo continuo de la vida

Días sin horarios, jornadas apasionadas que van desde deshierbar a mano un par de hectáreas de un experimento en forestería análoga y pruebas con biofertilizantes y biochar; hasta conducir un bote por horas para llegar al campamento base en medio del pleno bosque; labores de vigilancia; informes, búsqueda de fondos, pagar el agua y la luz, relaciones sociales, alianzas institucionales… Todo mezclado en cada aspecto de la vida, entre almuerzos y reuniones o ideas que surgen a la luz de algún documental sobre la verdad oculta de la influencia de la producción de carne sobre el cambio climático. Muchas cosas pasando, muchas ideas, mucha energía y faltan tantas manos.

 

 

Y así, la madera preciosa sale hasta cortada y en vía a Estados Unidos o Europa
Y así, la madera preciosa sale hasta cortada y en vía a Estados Unidos o Europa

En la región de Madre de Dios, y directamente relacionado a la construcción de la carretera interoceánica -que une las costas pacífica y atlántica entre Perú y Brasil-, la presión sobre los bosques amazónicos se hace sentir no sólo en la directa deforestación para dar paso a ganado o monocultivos, sino también en la creciente actividad minera de pequeña y mediana escala. La contaminación de los ríos es rampante, y la ruta de la sobreexplotación de especies amazónicas para madera o frutos (ej. nuez brasileña) ameritan medidas que puedan de alguna manera mitigar este “caballo desbocado” que presupone el mentado desarrollo de los pueblos. Ni hablar de que aún Perú mantiene una prohibición sobre los organismos genéticamente modificados (que se rumora el nuevo gobierno quiere vetar), lo cual ya estaría significando la expansión de la soya por estos parajes.

 

En la selva fui a encontrar un amigo, Michel
En la selva fui a encontrar un amigo, Michel

Michel y su equipo me mostraron un ejemplo de tezón y esperanza, en un entorno no siempre favorable donde quieren demostrar con el ejemplo alternativas productivas y de conservación que puedan enganchar a usuarios de estas tierras poco fértiles mas riquísimas en biodiversidad y evitar su rápida destrucción. ¡Una labor titánica! Falta mucho por hacer allí, y muchas manos más para sumarse a esta labor y apoyar el trabajo de organizaciones que trabajan con pocos recursos mas infinitas ganas. Una de ellas es la adopción de hectáreas de la concesión, que permiten financiar los costos de patrullaje; así como la manutención de una finca demostrativa y diversificada que aún esta por dar frutos (la última inundación -así es la vida en los trópicos- causó estragos y hubo que comenzar de cero).

 

El tiempo, que no espera a nadie, me indicó luego de un par de semanas el rumbo hacia Lima, mas marcó sin duda una linda experiencia de esperanza por el trabajo de valientes y animados profesionales, que aman el bosque tropical y procuran un mundo mejor en medio del pulmón del planeta. Un paraíso que merece un espacio para existir en silencio y en su propia armonía, como aún lo saben vivir muchos grupos humanos que han decidido permanecer no contactados en las profundidades de la selva.

 

Chakramama, finca experiemental en fase de crecimiento
Chakramama, finca experiemental en fase de crecimiento

 

 


Tambopata en el corazón

Pintura del río cósmico, mostrando la cosmología Inca (Qoricancha)
Pintura del río cósmico, mostrando la cosmología Inca (Qoricancha)

Luego de unos días de -no miento si digo- retiro espiritual contemplando el río cósmico tantas noches bajo el mejor cielo del mundo, en el Lago Titicaca, llegó la hora de cruzar a Perú. Estoy yendo por dos excelentes excusas: conocer el proyecto de los amigos de ARBio en la amazonía y reencontrarme con Tania en Lima para -entre otras especias- evadir el invierno más al sur yendo hacia Uyuni. Confirmadamente las temperaturas están muy por debajo de los 10 grados bajo cero, y este ciclonauta tiene intolerancia crónica a los fríos extremos.

 

 

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Cusco me recibió a -1 un grado a las 6am, no sin antes volver a pasar uno de esos sustos fronterizos que me suceden de cuando en vez. Tomé el último bus de Copacabana para llegar temprano a Cusco, y nos tocó pasar el puesto frontera casi de últimos. Resulta ser que hace algunos años hice una parada entre vuelos de Argentina a Costa Rica. Una noche en Lima, apenas tiempo para probar mi primer anticucho. Siete años después todavía nadie se enteró de mi salida, porque se borró en su sistema, y ahora el tipo del escritorio de una frontera entre el lago y la nada, me quería cobrar la simpática cifra de US$2900.

Yo no pude más que reírme y pensar que era un chiste; al final me había pasado algo igual en Guatemala. El tipo no quería dejarme ir sin pagar la multa, o me estaba dando una señal que no entendí para la coima. De todas maneras el chiste se puso serio, y en todo caso se cansaron de no darme la razón (que no era mi problema, por supuesto) y al final -para no alargar esa última hora de la jornada laboral- me sellaron 40 días, ni más ni menos.

Ese día en Cusco fue para reconocer un lugar en el que había estado hace ya tiempo, en otra vida parecería, pero que hasta identificaba y me sentía familiar en cosas, y en otras se me hizo totalmente ajeno. Como la cantidad de mochileros -grupo al que ahora yo pertencía- por todas partes. Y es que ya uno lleva “la procesión” de la fiesta en otro ritmo. De todos modos sirvió para darme cuenta que la pizza sabía mejor en Bolivia, y de que algunos tours eran tan returs, que hasta me dio la impresión de ser todavía más envilecido por el turismo que ticolandia. Como el mochileo acabará aquí en poco más de un mes, tampoco era momento de planear mucho, sólo ojear.

Vista del Ausangate y los pueblitos de altura
Vista del Ausangate y los pueblitos de altura

El bus desde Cusco hasta Puerto Maldonado, en el departamento (más biodiverso del Perú, decía un rótulo en el camino) de Madre de Dios, tardó apenas unas 10 horas. Es tan rápido porque ahora existe la carretera Interoceánica, la cual como su nombre indica une el Pacífico con el Atlántico atravezando uno de los corazones – de los pocos que van quedando – del bosque amazónico. Michel, mi colega-anfitrión-y-finalmente-amigo, me dijo “mejor tómate el bus de día, porque la vista es impresionante”. La verdad que no soy muy fanático de los días largos de bus, pero tomé su consejo. Y fue espectacular cruzar al lado del Ausangate (a más de 6000m de altura, con sus impresionantes glaciares), y empezar a descender -por kilómetros y kilómetros- de selva verde esmeralda, espesa, extraordinaria.

 

 

 

Ayudando a macerar la ayahuasca (Foto: Reyes Rodriguez)
Ayudando a macerar la ayahuasca (Foto: Reyes Rodriguez)

Volví a uno de mis biomas favoritos, iba a visitar a los compas de ARBio, cuya organización nace justamente para enfrentar el problema de la devastación del bosque que supone la construcción de la mega-carretera, dando opciones a los que manejan bosque de implementar alternativas más sustentables y a la vez productivas. Todo eso, y la verdad que es admirable el trabajo que hacen. Así que bueno, llegué y me sorprende de nuevo encontrar gente maravillosa, un bosque hermoso a los márgenes de los ríos Tampobapata, Madre de Dios, Piedras… Como iba por un par de semanas, pensaba que iba holgado con el tiempo; pero como sucede a menudo: se pasó rápido y parece como que hizo falta más… pero también aproveché muchísimo y lo pasé de diez.

Todos los días había alguna gestión que hacer (desde hacer mandados oficinescos, hasta buscar un costurero para hacer reparos de ropas, hasta estar tirado en la hamaca horas sin término reflexiondo sobre uno de mis mayores descubrimientos de lo que se va dando en este mi viaje: siento que he crecido. Y no lo escribo para alardear, sino porque es parte elemental de la historia y de todo este tiempo en los caminos de la vida.

 

 

Playa Botafogo, Río Tambopata
Playa Botafogo, Río Tambopata

 

Dio tiempo de conversaciones muy íntimas e introspectivas, de lecturas en la selva, de ver las pisadas del jaguar, de tomar la medicina ayahuasca, de soñar una vida allí incluso… Las noches de “friaje”, término que no conocía y que acabé experimentando en primera persona -junto a una copiosa tormenta amazónica- comenzarían a acenturar mi tos pos-zambullida-en-el-gran-lago que me acompañó varias semanas.

 

Amanece sobre el río Tambopata
Amanece sobre el río Tambopata

Maravilloso lugar, caótico y caliente, azotado por el flagelo de la minería (sus ríos tienen muchísimo mercurio), el desmatamiento por monocultivos varios (hasta de mi querida papaya) y un crecimiento urbano importante. Mi tiempo va marcando un cambio, que he venido celebrando con el calor humano de gente excepcional; llegar del gran lago en lo alto a las grandes llanuras selváticas… el futuro está por venir.

 


Relato de yungas y el reencuentro con el gran lago

Con una duenda cordobesa, compañera de aventuras santacruceñas
Con Vicky, duenda cordobesa, en Espejillos…compañera de aventuras santacruceñas

Una vez que todo quedó arreglado en Santa Cruz para dejar el equivalente a “todas mis posesiones materiales” seguras en casa de Diego y su familia; de conocer los alrededores de Santa Cruz (como Espejillos y Samaipata) y -no menos importante- hacer un poco de fiesta con la muchachada de CouchSurfing de Santa Cruz (y recordar que todavía me acuerdo de bailar salsa) tocó emprender el camino montaña arriba. Originalmente quería llegar a Madre de Dios por la vía no convencional, es decir, siguiendo las pampas y selva (Rurrenabaque) pero este camino presumía volver a entrar en Brasil saliendo por Cobija, para posteriormente entrar a Perú. Y como tengo una deuda de un par cientos de dólares con la migra brasileña, decidí que lo mejor era irse por la ruta del mochilero común y silvestre. Al fin y al cabo, tenía que ir ensayando lo que vendrían a ser mis próximos dos meses de viaje.

Coroico: descenso a las yungas

Comienza el descenso a las yungas
Comienza el descenso a las yungas

De Santa Cruz hacia La Paz hay muchas opciones de transporte, en muchos horarios. En total son más o menos 18 horas que se pueden hacer en dos tractos; y así tomar un desayunito en Cochabamba, en el mercado La Cancha (uno de los más grandes de Sudamérica). De ahí otra vez a emprender el ascenso de casi 4000 metros que lo dejan a uno azurumbado en la capital más alta del mundo. Como también andaba en misión de búsqueda de algo que me haga sobrellevar mejor el frío de Uyuni y Atacama cuando retome la bici, me fui de tienda en tienda sin resultados muy esperanzadores. Lo bueno fue que aproveché para renovar zapatos y alguna ropa (cortesía de mi santa madre), que en definitiva iban a hacer falta para andar en este nuevo estilo mochilero.

Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante
Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante

Un día y una noche y rumbo a Coroico. Esta ciudad, a unos 1800 msnm, queda apenas a 90 kms desde La Paz; por lo que no hay que ser muy diestro en geografía para entender que uno va literalmente en un descenso pronunciado durante unas 3 horas de camino; pasando de lado picos nevados a 4700m y viendo cómo cambia el paisaje desde nieves y hielos, hasta jungla nubosa tropical. Una maravilla de camino. Aquí queda el gringamente célebre paseo del “Camino de la Muerte”, que se hace en bicicleta por una trocha que hoy sólo se usa para turistas, y que la verdad yo estaba muy feliz de no hacer en bici; porque ya aprendí luego de un ligamento roto que caerse de la bici bajando a toda velocidad no es el elixir de la felicidad. Cada quien con su fórmula, no?

 

Una estiradita de las gambas, y a caminar!
Una estiradita de las gambas, y a caminar!

Desde Coroico, pequeño pueblito turístico colonial, llegan muchos que acaban el trekking de El Choro, y quienes además continúan a la amazonía a Rurrenabaque. Yo sólo fui a descansar un par de días, pues la verdad me hacía falta estar sólo luego de días bien sociales en Santa Cruz, y para hacer algunas caminatas de un día en pueblitos vecinos. Valga mencionar que utilicé wikilocs para guiarme en estas caminatas, y en una perdí pie y me trastabillé barranco abajo. Si bien sólo me raspé, creo que no había sentido tal susto de perder “el control” y lo que me costó volver a subir. Mas todo salió bien y un señor me esperó al final para regalarme una mandarina y contarme que me estaba observando desde hacía rato. Le preocupaba porque ya alguien había “dejado de ser”, según su modo de expresarse, andando por esos senderos.

Tres días en Coroico y agarré todo el impulso para mi siguiente objetivo: el Lago Titicaca.

 

Copacabana e Isla del Sol

María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca
María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca

De paso otra vez por La Paz aproveché para conocer algún museo, comer salteñas, una birrita artesanal a pesar de tener frío y acto seguido contactar a María. Una super genial couchsurfer que había contactado desde hacía tiempo; pero que en realidad fue el destino el que se encargó de que coincidierámos porque en realidad yo me re-atrasé y ella se había ido de viaje. Fue tal la sincronía que nos encontramos en La Paz misma para ir juntos a Copacabana, puerta de entrada al gran lago sagrado. Yo había estado allí hacía 11 años, sólo que mi recuerdo es más bien haber estado muy resfriado -cuando íbamos dirección hacia el sur-. Esta vez fue todo mucho más fluido; mucho más allí presente. María es una amante y entusiasta del lago, de sus misterios, de su gente y de todo lo que involucra lo sagrado del Titicaca y la Cotamama (madre agua). Resuena aún una frase de sus amigos, un krishna rebelde, que decía que uno tenía que escuchar a su shamán interno; lo demás es fanfarronería -agrego yo-.

Así que fue muy místico y relajado -bueno, también nos fuimos de bailongo esa primera noche porque yo celebraba mis 500 días de viaje!-; y lo que en principio iba a ser sólo una noche para luego seguir a la Isla, fueron 4 días donde además le ayudamos a hacer una mudanza de su antigua casa y compartir con otro ciclista. De todos los que uno se podría encontrar, apareció nada menos que CrazyGuyonaBike, uno que fuera mi referencia desde hace años porque en su página hay muchos datos de mecánica interesantes. Así que fue un lindo preludio para arrancar hacia el lago, todavía con Singani en la sangre, hacia la Playa de las Sirenas.

Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas... que no se dejaron ver
Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas… que no se dejaron ver

En la Isla del Sol, del lado norte, queda una playita que pocos conocen, y que tiene una especie de eco-hostal, que en realidad son 3 edificios de barro, con cuartos muy sencillos, sin electricidad y apenas un tubo externo para agua y una cocinita super sencilla. Al llegar te dan una vela; mas el lugar era divino!! La playa era maravillosa, y allí me encontré con Linn y Martín y Jairo; una alemana y un par de uruguayos con quienes compartimos fogatas, comidas, humitos y mucha buena onda. El lago -no me alcanzarían las palabras para describirlo- tiene un aire de paz y espiritualidad que fácilmente puede atraparlo allí a uno por mucho tiempo, contemplando sus profundas aguas color diamante, la sierra real andina a lo lejos, el frío del aire, y el gran río cósmico que por las noches deja sentir todo el poderío de los astros. De nuevo, me iba a quedar sólo un par de noches, y acabé quedándome cuatro.

La bandita de La Sirena!!
La bandita de La Sirena!!

El frío estaba la verdad extremo por esos días, mas no pude contenerme de las ganas de entrar a las aguas cristalinas del lago, y a pesar de que todos pensábamos que nos íbamos a resfríar en el acto, lo toleramos y yo me zambullí incluso dos veces. No sabíamos, eso sí, que a Linn le iba a dar pulmonía luego, y yo arrastré una tos de perro en las siguientes semanas -que sumada al polvo de los caminos- todavía ando un poco. Mas valió la pena cada minuto de estar allí, cada rayo de sol y estrellas; así como la caminata hacia la parte sur de la isla, para ahora sí despedirme de este bello lugar al que no sabía que iba a tener la dicha de regresar por segunda vez… hasta quizás una tercera!!

 

 


El solsticio es para soltar

Quizás por la ubicación geográfica de donde yo nací, el paso del Sol se hace bastante regular y eventos de la magnitud de solsticios y equinoccios pasan desapercibidos por lo que podría llamarse la cultura popular tica. No obstante, en las geografías al norte y sur de los trópicos -no vamos a decir países, que son delirios de los humanos – muchos aspectos de la vida están decidimente regidos por las estaciones. Y bien, es el Sol el que marca estos importantes cambios y anuncia -en el caso del solsticio del hemisferio sur- el invierno.

Asado con el grupo de CouchSurfing de Santa Cruz, en mi casa adoptiva donde Diego
Churrasco con el grupo de CouchSurfing de Santa Cruz, en mi casa adoptiva donde Diego

Hace unos días llegué a Santa Cruz de la Sierra, donde a través de los contactos con el grupo de CouchSurfing, tenía ya una casa donde llegar: donde Diego. Acá sería la meta de un periplo de bici que arrancó en Concepción del Uruguay (Argentina), y me llevara a cruzar Uruguay y el sur de Brasil. La meta, porque a partir de acá Pantagruela y la mayoría de mi equipo se iban a quedar en algún lugar seguro, es seguir un par de meses de mochilero (que entre otras cosas me da la ventaja de evitar lo más crudo del invierno). La ruta: llegar a la altura de Lima pasando por las Yungas, el lago Titicaca y la amazonía peruana. (Relativamente conciso el itinerario).

El Fuerte de Samaipata; en una mañana más bien diríamos gris de solsticio de invierno
El Fuerte de Samaipata; en una mañana más bien diríamos gris de solsticio de invierno

Volviendo al solsticio… resulta que en Bolivia los diferentes pueblos y etnias (que son muchxs) celebran este paso del Sol, que comienza a acortar los periodos de luz y por ende el calorcito que nos llega. Cerca de Santa Cruz, comenzando a subir la cordillera, se encuentra Samaipata. Este lindo y singular pueblito resguarda lo que es considerado el petroglifo más grande del planeta; es decir una gran piedra tallada por indígenas -presumiblemente chanés e incas- el cual es llamado El Fuerte.

Diego y los compas -que nos aguantaron pidiéndole canciones- de algún grupito folklórico
Diego y los compas -que nos aguantaron pidiéndole canciones- de algún grupito folklórico

Allí cada año se reunen indígenas guaraníes y aymaras, en una celebración conjunta que bautizaron como “Lucero del Alba”, pues básicamente la idea es esperar la salida del sol y mientras llega la hora de los ritos, festejar. Con el tiempo la cuestión se convirtió en una fiesta que empieza con danzas y cantos folklóricos y acaba en bacanal y borrachera (relativamente bajo control). Con lo que yo no contaba aquella noche fue con el frío y la neblina -que hasta se convirtió en llovizna en algún momento-. De no haber sido porque había un rancho grande para escuchar los tambores de los hippies y por la hoja de coca con bica (que de fijo hizo que olvidara el frío y el hambre) otro gallo cantaría. Además, esa noche era de las pocas veces que coinciden la luna llena con un solsticio.

Sonambuelando llegué al final del sendero que descendía alrededor del gran monumento al arte rupestre
Sonambuelando llegué al final del sendero que descendía alrededor del gran monumento al arte rupestre

Mas quiso el destino que no se vieran ni una ni otro. Esa noche y la mañana siguiente El Fuerte fueron cubiertos de nubes que no dejaron pasar la luz de los astros; pero esto no impidió el normal desarrollo de los rituales y un paseo -trasnochado- alrededor de esta imponente roca. Diego – mi compañero de parranda – se me había perdido hacía rato, pero no fue difícil encontrar otras almas afines con quienes hacer el recorrido y reflexionar sobre este fenómeno.

En últimas, las estaciones pasan… tienen que hacerlo. Todo pasa. Y en el cambio viene la renovación, la reconfiguración. Esa mañana me enteré de la muerte de una persona a quien admiraba. Se fue así fugazmente con el cambio de estación, con la luna y el calor del trópico. Ahí caí en cuenta de que más allá del trasfondo de la fiesta, la celebración es por el cambio. Y en el cambio es necesario soltar.

Quién no va a estar feliz luego de ver aquellos cóndores volando??
Quién no va a estar feliz luego de ver aquellos cóndores volando??

Habiendo pasado la resaca del trasnoche y el ron, subí al Cerro Patria (en Samaipata) con Vicky, otra duendecilla viajera. Allí, disfrutando del solcito de la tarde y conversa relajada llegó un momento que quería vivir, pero que no sabía que iba a pasar allí. De repente, en la quietud del aire se empezaron a desplegar las enormes alas de unos cuatro cóndores; aprovechando el aire caliente para subir hasta alturas que apenas dejaban ver dos o tres puntos allá en el aire. El sol, imponente justo sobre nuestras cabezas, le daba cierta fragilidad a nuestra posición y mucha ventaja al enorme carroñero (menos mal que no era de rapiña). Sólo puedo decir que el imponente sonido de las alas cortando el aire son algo que no olvidaré, y la tranquilidad con la que esos cóndores nos sobrevolaron y luego se llevaron mi intención con el aire, para soltar y aceptar los cambios con alegría.


Bioconstrucción y compinchería en Sitio Passarim

Preparando la masa del día
Preparando la masa del día

Cuando iba pasando por Umuruama, la última ciudad del estado de Paraná, Ana -quien me hospedara- me habló del Sitio Passarim. Me dijo que tenía que conocer (aunque luego supe que ella todavía no conocía). Así que me puse en contacto con ellos por su página y pensé: si sale, sale. Al principio me respondieron que ya estaba llena la cuota de voluntarios, pero luego parece que a seu Antonio, el padre y gestor del Sitio, le llamó la atención que fuera agroecólogo. A mí me llamaba la atención aprender más de bioconstrucción, conocer un lugar y gente nuevas, y sobre todo la terapia del barro…

 

Cascada en Rio Verde
Cascada en Rio Verde

Sitio Passarim por ahora es un espacio donde se ponen en práctica diversas técnicas de construcción con barro, desde pique-y-palo hasta superadobe, y cuyo objetivo luego de un tiempo será la construcción de una vivienda y unos bungalows para alquilar; siendo que Rio Verde empieza a tener más auge con el ecoturismo, al ubicarse en el extremo este y de altura del Pantanal. Por ello le llaman el mirador del Pantanal. Así que allí llegué desde Campo Grande -capital del Estado de Mato Grosso Sul- y luego de pasar unos días en ruta probando las nuevas ropas para frío que me llegaron a la casa de Rene en Dourados.

 

 

Con Anna y Mummu, compartiendo tardes y humitos
Con Anna y Mummu, compartiendo tardes y humitos

En Campo Grande Anna y Mummu me dieron no sólo un espacio para armar la carpa, sino que también un montón de su tiempo para ir a conocer la ciudad en bici, y los rincones naturales que alberga… Curiosamente unos amigos de ellos también conocían el Sitio Passarim y me encomendaron mucho ir; así que aunque parecía que el invierno estaba cada vez más presente, había que enrumbar un poco más al norte. Además, salí con un banquito de camping que probó ser super práctico en las posteriores reparaciones mecánicas, y unas patas de bambú para mi pequeño trípode que dieron altura a mis retratos :p.

 

 

Vista desde el mirador de Igrejinha al atardecer
Vista desde el mirador de Igrejinha al atardecer

Rio Verde de Mato Grosso queda a unos 200 y pocos kilómetros al norte, y es popular por los balnearios -como Sete Quedas- con cascadas y aguas frescas. Allí me quedé casi dos semanas trabajando con Rafinha y su combo: una docena de gente linda con quienes hacíamos mezclas de barro, apuntalamos paredes, hicimos paredes de ladrillos de barro y revoque grueso. A pesar del frío fueron días con su calorcito, y algunas lluvias; pero no impidió que pudiéramos ir al río a pegar un chapuzón, o a hacer una caminata a Igrejinha, desde donde hay un impresionante mirador hacia todas las planicies inundables del Pantanal. Desde la Fazenda Igrejinha, donde entramos porque Beto nos dio esa cortesía, se pueden ver las partes más altas y rocosas, donde al parecer los jaguares usan para la época de gestación va desde octubre a febrero. Ahí hay que andar con extremo cuidado, porque un encuentro con una jaguara parida no debe ser nada placentero.

Poco a poco nos íbamos yendo... y me tocó a mí un buen día.
Poco a poco nos íbamos yendo… y me tocó a mí un buen día.

Ya para estos días la certeza de salir de Brasil, luego de haber tenido la suerte de encontrar sólo gente buena en mi camino, que me abrigó del frío o me ayudó a seguir mi camino, ya empezó a darme saudade… Ese sentimiento que no se puede explicar, pero que en portugués tiene tanto sentido. Esa tristeza y alegría al mismo tiempo; esa nostalgia pero sin anhelo. Así que después de esos días, me enrumbé justo por la BR419, calle que nadie conocía bien, pero que según el mapa iba bordeando el Pantanal hasta llegar a Aquidauana. Aunque seu Antonio recomendó irme por otra ruta, al final el corazón mandó por otra dirección. Y es que justamente mucho del aprendizaje por estos días, y referido a la bioconstrucción, era cuando se trataba de tomar alguna decisión sobre cuánto barro poner, o refuerzos, o masa, o etc… Decía seu Antonio: esto es tecnología intuitiva, siga su corazón.

Altos aprendizajes y gente linda… preludio de mi certeza de que Mato Grosso do Sul tiene mucho para ofrecer.