Pasado por agua a tierras antioqueñas

Dicen por ahí que al mal tiempo buena cara… y yo la verdad que no me hago dramas por el mal tiempo, ni trato de tener demasiadas expectativas sobre lo que me tengo que encontrar en la ruta.

Cicloruta de la Calle 80

Así pues salí de Bogotá, por la Calle 80. Al principio me pareció como muy pretencioso que con sólo esa seña iba a salir de una gran ciudad, pero bueno… es una gran calle! Y no sólo lo es, sino que tiene una impresionante cicloruta que me sacó sin ningún problema de la ciudad y en dirección a La Vega. Hasta ahí no contaba con que lo que hasta la noche anterior parecía verano, se iba a convertir en el inicio de la época lluviosa.

Llegué a La Vega luego de transitar una vía bastante amplia (concesionada, dice por todas partes… o sea privada y cobran peaje a los automotores) y cómoda. Pasé el Alto El Vino y luego me almorcé una bandeja paisa (para ir practicando) en un paradero del camino donde había muchos camiones. El resultado: quedé tan lleno que casi me duermo en la mesa. De todos modos, mis anfitriones para la noche estaban ocupados con los toques finales de una casita que estaban construyendo, así que lo tomé con calma.

El premio de la llegada!
El premio de la llegada!

Llegado a la vereda que va para Sasaima empezó el viaje verdaderamente campestre, de vistadas hermosas a los valles y sierras, y con un calorcito que lo hacía más interesante. Llegué a la hora acordada al punto de reunión, pero ellos seguían atrasados. Esperé un rato y los curiosos del Postobón Las Palmas no tardaron en hacerse presentes y hacer todo tipo de preguntas y a querer invitar a una o dos cervecitas (que con ese calor confieso que vinieron bien). Allí pasé dos noches acampando junto a un piscina y un paisaje sobrecogedor; así como lo fue la lluvia que cayó ambas noches. Diluvio era lo único que faltó.

La ruta siguió por Guaduas, terminando la carretera concesionada, para luego conocer las que no lo son… y vaya diferencia! Poco espacio a los lados, calles angostas y serpentinas. Pero al fin y al cabo, y con algunas excepciones, los conductores son bastante respetuosos. En Guaduas, tierra de la heroína Policarpa Salavarrieta (una berraquera de mujer al parecer!), me quedé a pasar una mala noche junto a la piscina municipal debido a un mal consejo de los bomberos. Sobre esto ya diré algo, en cómo sentir un buen lugar para acampar. Salvó la impresión del lugar la muy agradable conversación con unos tintos (así le dicen a tomarse un café acá) con Jairo, un enfermero del pueblo con un gran corazón.

De nuevo la lluvia por la noche, lo cual era contradictorio tomando en cuenta los días hermosos, soleados y brillantes para montar la cicla. Y no pasaba nada tampoco desde el punto de vista técnico, porque mi tienda la verdad que demostró que está hecha para aguantar. Lo cierto del caso es que no es lo mismo querer arrancar temprano todos los días, cuando hay que empacar y guardar una tienda con el techo mojado y pesando quién sabe cuánto más por el agua.

Hacienda Nápoles, ex cuartel del capo Pablo Escobar

Desde Bogotá, a 2600msnm bajé hasta 300msnm luego de Guaduas y en la ruta a Puerto Libre y luego a Puerto Triunfo, un par de lugares con nombres extrañamente contradictorios y con una pinta que no invitaban a pasar la noche. Seguí mi instinto, que ya se va despertando, sobre dónde sí y dónde no y seguí unos kilómetros más. Allí encontré una casita campesina, de unos cuidadores de finca, quienes me dejaron acampar sin hacer muchas preguntas. Me dieron panela y fríjoles y a la mañana siguiente caldo de pollo (por aquello, ya que de nuevo hubo tormenta).

Primero a secar la tienda (Reserva Ecológica Río Claro)
Primero a secar la tienda (Reserva Ecológica Río Claro)

En este punto, que es como el cauce del gran Río Magdalena, uno hace cambio de cordilleras y comienza el ascenso hacia Medellín (que está a 1500msnm, pero antes hay que subir hasta la misma altura que Bogotá de nuevo). Las siguientes dos noches las pasaría en Río Claro, en una zona de camping semi-inundada, pero bajo un techito y con la compañía de cientos de aves que cantaban de todos los colores y los monos ti-tís de Colombia (que me parecieron más bellos y peludos que los de Costa Rica, tirado allí desde la hamaca).

El último tirón fue tremendo trepón hasta San Lorenzo, para seguir todavía más arriba hasta El Santuario. Como ya quería llegar, y dejar de cargar equipo mojado (a pesar del buen clima durante los días), me mentalicé a dar pedal hasta el final… el resultado: comí mucho maní, varios miles de calorías azucaradas en forma de bocadillo y arequipe, tomé un par de cafés y me sirvió de mucho todas las porras de los ciclistas y choferes que ese día me animaban a subir…

 


Pantagruela y yo

Hace un tiempo ya – y dicen que 20 años no es nada – que  me encontré con ella en una azarosa tarde de diciembre, en una incipiente tienda de bicis en Heredia; mientras soplaban esos aires de gastar uno de mis primeros aguinaldos. Quería realizar una aventura: se llamaba Sur América. 

Cruzando a la frontera Boliviana, 2005
Cruzando a la frontera boliviana, 2005

Recuerdo que hubo negociaciones… si una bici mucho mejor o dos menos caras (porque también en ese momento la aventura iba a ser compartida). Y allí estaba ella, modelo 95, esperando. Después de algunas vicisitudes y reflexiones presupuestarias fueron dos y no una. Al final dos gemelitas de la marca Trek, modelo 800AL. De aluminio decía Olman el de la tienda, muy livianas. ¿Lo habrán sido tanto como los sueños que después vendrían a manifestarse? Corría 1995, allá por el siglo pasado.

La vida supo llamarle a esa mi bici -porque era una ella- como la versión femenina de Pantagruel (y no porque la otra fuera Gargantúa), aquel gigante novelesco, ávido de aventuras y glotonerías… Al fin y al cabo, una desfachatada pero sincronizada versión de mi mismo, con 7 cambios y frenos en V. “Ay, que tirada ser tan alegre!”, como nunca dijo mi abuelo, pero que seguramente alguien lo hubiera dicho sobre mí. Entonces se consolidó aquel sueño, cual condena: recorrer Sur América en bici. Ya estaba el medio, ya estaba yo; sólo faltaba equiparse y fijar fecha. Hasta ese momento yo todavía no sabía que la vida iba a tomar tantos recovecos y algunas sorpresas guardadas, y no fue sino hasta 10 años después -y en compañía de una gratísima Noruega- que se escribió ese primer episodio, llamado Al Sur por la Pista (ver galería aquí).

 Ese viaje terminó en Europa, con Pantagruela y todo, por cuestiones de estudio y azar; de suerte y otros proyectos personales que también estaba en ebullición dentro mío. Se podría pensar que fue una extensión del viaje original al Sur, pero por la vía larga, vía Escandinavia. Y otra década después, con más bríos o temeridad que antes se podría decir, arrancamos de nuevo como si fuera una segunda primera vez. Que suerte la mia!

Raideando por San Antonio
Probando por primera vez todo el equipo… allá por el 2004

Mi  vida con Pantagruela ha sido en general una relación particularmente fluida y confiada. Empezando por esa tímida manera de reconocer espacios en Heredia (casi siempre en subida), o en el resto de Costa Rica. Luego vinieron los ratos universitarios, a 13 km/hr, donde me di cuenta que menos es lento y más es exagerado. Y curiosamente duraba una hora con lluvia, sol, atardecer o amanecer. Incluso la vez que se metieron a robar a la casa materna, P. se salvó de milagro o por falta de interés deportivo de los ladrones, de no ser parte de esta historia.

 Un viaje de 20 años.  Hemos pasado cosas gruesas, como en ese inolvidable downhill llamado Monkey Trail en Georgia, donde me rompí por primera vez un ligamento cruzado anterior y en cuya época recorrimos felices los campos enpinados (o sea llenos de pinos) de esa geografia norteamericana. Y vinieron dos operaciones antes de la primera salida; dos recuperaciones donde fue clave la participación de P. para ejercitar cuádriceps. Y veinte años después vamos buscando el desquite, ansiosos de recorrer las sabanas y bosques y gentes del gran lado Atlántico de ese gran y fascinante subcontinente americano.

Un par de ideas se me ocurren: qué suertudo quien puede continuar un sueño y llevarlo a puerto; y qué bueno es poder explorar una idea luego de haber vivido muchas experiencias y probado distintos sabores; sabiendo que es esa la experiencia que quiero vivir. La libertad y el idealismo parecieran guiar este barco, tan poblado de vivencias y recuerdos.

Ha pasado, a que negarlo, por épocas de renovacion, de otro respiro (de esos que uno no tiene el lujo de acceder tan fácilmente, por ser simples mortales para los que no hay repuestos). P. y yo hemos vivido y recorrido muchos lugares: Costa Rica, EEUU, Ecuador, Peru, Bolivia, Argentina, Noruega, Holanda… Quien ha podido ver tantos cielos y amaneceres como Pantagruela, allí al pie de cada estación; y asumir un rol de compañera sin límite de suma en lugares y momentos únicos. De calores apoteosicos a fríos desérticos, de alturas embebidos en té de coca a resfríos en el círculo polar ártico; de precipitaciones de llovizna, granizo y nieve a incontables ponchadas…


Pantagruela es, más que una compañera, un estilo de vida: siempre juntos, por 20 años que no son nada.