Relato de yungas y el reencuentro con el gran lago

Con una duenda cordobesa, compañera de aventuras santacruceñas
Con Vicky, duenda cordobesa, en Espejillos…compañera de aventuras santacruceñas

Una vez que todo quedó arreglado en Santa Cruz para dejar el equivalente a “todas mis posesiones materiales” seguras en casa de Diego y su familia; de conocer los alrededores de Santa Cruz (como Espejillos y Samaipata) y -no menos importante- hacer un poco de fiesta con la muchachada de CouchSurfing de Santa Cruz (y recordar que todavía me acuerdo de bailar salsa) tocó emprender el camino montaña arriba. Originalmente quería llegar a Madre de Dios por la vía no convencional, es decir, siguiendo las pampas y selva (Rurrenabaque) pero este camino presumía volver a entrar en Brasil saliendo por Cobija, para posteriormente entrar a Perú. Y como tengo una deuda de un par cientos de dólares con la migra brasileña, decidí que lo mejor era irse por la ruta del mochilero común y silvestre. Al fin y al cabo, tenía que ir ensayando lo que vendrían a ser mis próximos dos meses de viaje.

Coroico: descenso a las yungas

Comienza el descenso a las yungas
Comienza el descenso a las yungas

De Santa Cruz hacia La Paz hay muchas opciones de transporte, en muchos horarios. En total son más o menos 18 horas que se pueden hacer en dos tractos; y así tomar un desayunito en Cochabamba, en el mercado La Cancha (uno de los más grandes de Sudamérica). De ahí otra vez a emprender el ascenso de casi 4000 metros que lo dejan a uno azurumbado en la capital más alta del mundo. Como también andaba en misión de búsqueda de algo que me haga sobrellevar mejor el frío de Uyuni y Atacama cuando retome la bici, me fui de tienda en tienda sin resultados muy esperanzadores. Lo bueno fue que aproveché para renovar zapatos y alguna ropa (cortesía de mi santa madre), que en definitiva iban a hacer falta para andar en este nuevo estilo mochilero.

Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante
Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante

Un día y una noche y rumbo a Coroico. Esta ciudad, a unos 1800 msnm, queda apenas a 90 kms desde La Paz; por lo que no hay que ser muy diestro en geografía para entender que uno va literalmente en un descenso pronunciado durante unas 3 horas de camino; pasando de lado picos nevados a 4700m y viendo cómo cambia el paisaje desde nieves y hielos, hasta jungla nubosa tropical. Una maravilla de camino. Aquí queda el gringamente célebre paseo del “Camino de la Muerte”, que se hace en bicicleta por una trocha que hoy sólo se usa para turistas, y que la verdad yo estaba muy feliz de no hacer en bici; porque ya aprendí luego de un ligamento roto que caerse de la bici bajando a toda velocidad no es el elixir de la felicidad. Cada quien con su fórmula, no?

 

Una estiradita de las gambas, y a caminar!
Una estiradita de las gambas, y a caminar!

Desde Coroico, pequeño pueblito turístico colonial, llegan muchos que acaban el trekking de El Choro, y quienes además continúan a la amazonía a Rurrenabaque. Yo sólo fui a descansar un par de días, pues la verdad me hacía falta estar sólo luego de días bien sociales en Santa Cruz, y para hacer algunas caminatas de un día en pueblitos vecinos. Valga mencionar que utilicé wikilocs para guiarme en estas caminatas, y en una perdí pie y me trastabillé barranco abajo. Si bien sólo me raspé, creo que no había sentido tal susto de perder “el control” y lo que me costó volver a subir. Mas todo salió bien y un señor me esperó al final para regalarme una mandarina y contarme que me estaba observando desde hacía rato. Le preocupaba porque ya alguien había “dejado de ser”, según su modo de expresarse, andando por esos senderos.

Tres días en Coroico y agarré todo el impulso para mi siguiente objetivo: el Lago Titicaca.

 

Copacabana e Isla del Sol

María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca
María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca

De paso otra vez por La Paz aproveché para conocer algún museo, comer salteñas, una birrita artesanal a pesar de tener frío y acto seguido contactar a María. Una super genial couchsurfer que había contactado desde hacía tiempo; pero que en realidad fue el destino el que se encargó de que coincidierámos porque en realidad yo me re-atrasé y ella se había ido de viaje. Fue tal la sincronía que nos encontramos en La Paz misma para ir juntos a Copacabana, puerta de entrada al gran lago sagrado. Yo había estado allí hacía 11 años, sólo que mi recuerdo es más bien haber estado muy resfriado -cuando íbamos dirección hacia el sur-. Esta vez fue todo mucho más fluido; mucho más allí presente. María es una amante y entusiasta del lago, de sus misterios, de su gente y de todo lo que involucra lo sagrado del Titicaca y la Cotamama (madre agua). Resuena aún una frase de sus amigos, un krishna rebelde, que decía que uno tenía que escuchar a su shamán interno; lo demás es fanfarronería -agrego yo-.

Así que fue muy místico y relajado -bueno, también nos fuimos de bailongo esa primera noche porque yo celebraba mis 500 días de viaje!-; y lo que en principio iba a ser sólo una noche para luego seguir a la Isla, fueron 4 días donde además le ayudamos a hacer una mudanza de su antigua casa y compartir con otro ciclista. De todos los que uno se podría encontrar, apareció nada menos que CrazyGuyonaBike, uno que fuera mi referencia desde hace años porque en su página hay muchos datos de mecánica interesantes. Así que fue un lindo preludio para arrancar hacia el lago, todavía con Singani en la sangre, hacia la Playa de las Sirenas.

Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas... que no se dejaron ver
Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas… que no se dejaron ver

En la Isla del Sol, del lado norte, queda una playita que pocos conocen, y que tiene una especie de eco-hostal, que en realidad son 3 edificios de barro, con cuartos muy sencillos, sin electricidad y apenas un tubo externo para agua y una cocinita super sencilla. Al llegar te dan una vela; mas el lugar era divino!! La playa era maravillosa, y allí me encontré con Linn y Martín y Jairo; una alemana y un par de uruguayos con quienes compartimos fogatas, comidas, humitos y mucha buena onda. El lago -no me alcanzarían las palabras para describirlo- tiene un aire de paz y espiritualidad que fácilmente puede atraparlo allí a uno por mucho tiempo, contemplando sus profundas aguas color diamante, la sierra real andina a lo lejos, el frío del aire, y el gran río cósmico que por las noches deja sentir todo el poderío de los astros. De nuevo, me iba a quedar sólo un par de noches, y acabé quedándome cuatro.

La bandita de La Sirena!!
La bandita de La Sirena!!

El frío estaba la verdad extremo por esos días, mas no pude contenerme de las ganas de entrar a las aguas cristalinas del lago, y a pesar de que todos pensábamos que nos íbamos a resfríar en el acto, lo toleramos y yo me zambullí incluso dos veces. No sabíamos, eso sí, que a Linn le iba a dar pulmonía luego, y yo arrastré una tos de perro en las siguientes semanas -que sumada al polvo de los caminos- todavía ando un poco. Mas valió la pena cada minuto de estar allí, cada rayo de sol y estrellas; así como la caminata hacia la parte sur de la isla, para ahora sí despedirme de este bello lugar al que no sabía que iba a tener la dicha de regresar por segunda vez… hasta quizás una tercera!!

 

 


Duendes

Duende viajero

entre sueños y estrellas

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Destino errante y errado

Destino llegar y ser tierra

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Duende peregrino

entre fuegos y vientos

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El camino de todos

el camino de uno

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Duende ligero

entre montes y lagos

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Los ríos que nos recorren

nos toca recorrerlos

 

(Cusco, Perú)


El solsticio es para soltar

Quizás por la ubicación geográfica de donde yo nací, el paso del Sol se hace bastante regular y eventos de la magnitud de solsticios y equinoccios pasan desapercibidos por lo que podría llamarse la cultura popular tica. No obstante, en las geografías al norte y sur de los trópicos -no vamos a decir países, que son delirios de los humanos – muchos aspectos de la vida están decidimente regidos por las estaciones. Y bien, es el Sol el que marca estos importantes cambios y anuncia -en el caso del solsticio del hemisferio sur- el invierno.

Asado con el grupo de CouchSurfing de Santa Cruz, en mi casa adoptiva donde Diego
Churrasco con el grupo de CouchSurfing de Santa Cruz, en mi casa adoptiva donde Diego

Hace unos días llegué a Santa Cruz de la Sierra, donde a través de los contactos con el grupo de CouchSurfing, tenía ya una casa donde llegar: donde Diego. Acá sería la meta de un periplo de bici que arrancó en Concepción del Uruguay (Argentina), y me llevara a cruzar Uruguay y el sur de Brasil. La meta, porque a partir de acá Pantagruela y la mayoría de mi equipo se iban a quedar en algún lugar seguro, es seguir un par de meses de mochilero (que entre otras cosas me da la ventaja de evitar lo más crudo del invierno). La ruta: llegar a la altura de Lima pasando por las Yungas, el lago Titicaca y la amazonía peruana. (Relativamente conciso el itinerario).

El Fuerte de Samaipata; en una mañana más bien diríamos gris de solsticio de invierno
El Fuerte de Samaipata; en una mañana más bien diríamos gris de solsticio de invierno

Volviendo al solsticio… resulta que en Bolivia los diferentes pueblos y etnias (que son muchxs) celebran este paso del Sol, que comienza a acortar los periodos de luz y por ende el calorcito que nos llega. Cerca de Santa Cruz, comenzando a subir la cordillera, se encuentra Samaipata. Este lindo y singular pueblito resguarda lo que es considerado el petroglifo más grande del planeta; es decir una gran piedra tallada por indígenas -presumiblemente chanés e incas- el cual es llamado El Fuerte.

Diego y los compas -que nos aguantaron pidiéndole canciones- de algún grupito folklórico
Diego y los compas -que nos aguantaron pidiéndole canciones- de algún grupito folklórico

Allí cada año se reunen indígenas guaraníes y aymaras, en una celebración conjunta que bautizaron como “Lucero del Alba”, pues básicamente la idea es esperar la salida del sol y mientras llega la hora de los ritos, festejar. Con el tiempo la cuestión se convirtió en una fiesta que empieza con danzas y cantos folklóricos y acaba en bacanal y borrachera (relativamente bajo control). Con lo que yo no contaba aquella noche fue con el frío y la neblina -que hasta se convirtió en llovizna en algún momento-. De no haber sido porque había un rancho grande para escuchar los tambores de los hippies y por la hoja de coca con bica (que de fijo hizo que olvidara el frío y el hambre) otro gallo cantaría. Además, esa noche era de las pocas veces que coinciden la luna llena con un solsticio.

Sonambuelando llegué al final del sendero que descendía alrededor del gran monumento al arte rupestre
Sonambuelando llegué al final del sendero que descendía alrededor del gran monumento al arte rupestre

Mas quiso el destino que no se vieran ni una ni otro. Esa noche y la mañana siguiente El Fuerte fueron cubiertos de nubes que no dejaron pasar la luz de los astros; pero esto no impidió el normal desarrollo de los rituales y un paseo -trasnochado- alrededor de esta imponente roca. Diego – mi compañero de parranda – se me había perdido hacía rato, pero no fue difícil encontrar otras almas afines con quienes hacer el recorrido y reflexionar sobre este fenómeno.

En últimas, las estaciones pasan… tienen que hacerlo. Todo pasa. Y en el cambio viene la renovación, la reconfiguración. Esa mañana me enteré de la muerte de una persona a quien admiraba. Se fue así fugazmente con el cambio de estación, con la luna y el calor del trópico. Ahí caí en cuenta de que más allá del trasfondo de la fiesta, la celebración es por el cambio. Y en el cambio es necesario soltar.

Quién no va a estar feliz luego de ver aquellos cóndores volando??
Quién no va a estar feliz luego de ver aquellos cóndores volando??

Habiendo pasado la resaca del trasnoche y el ron, subí al Cerro Patria (en Samaipata) con Vicky, otra duendecilla viajera. Allí, disfrutando del solcito de la tarde y conversa relajada llegó un momento que quería vivir, pero que no sabía que iba a pasar allí. De repente, en la quietud del aire se empezaron a desplegar las enormes alas de unos cuatro cóndores; aprovechando el aire caliente para subir hasta alturas que apenas dejaban ver dos o tres puntos allá en el aire. El sol, imponente justo sobre nuestras cabezas, le daba cierta fragilidad a nuestra posición y mucha ventaja al enorme carroñero (menos mal que no era de rapiña). Sólo puedo decir que el imponente sonido de las alas cortando el aire son algo que no olvidaré, y la tranquilidad con la que esos cóndores nos sobrevolaron y luego se llevaron mi intención con el aire, para soltar y aceptar los cambios con alegría.


Recorrido por el Pantanal, o el sinuoso camino del jaguar

Piraputanga, MS (Brasil)

En Mato Grosso do Sul, bordeando con Paraguay y Bolivia, existe una planicie alugable llamada el Pantanal. Nada menos que el mayor humedal que existe en el mundo, compartido entre los tres países. Es tan grande que se divide en 7 regiones, en este estado, unas más altas que otras. Yo llegué a Rio Verde, para pasar una semana prestando mis manos para trabajar con barro a cambio de techo, comida y gente muy buena onda (así quién no, cierto?). A este punto le llaman el “Mirante do Pantanal” porque de allí se aprecian las planicies que se van extendiendo hacia el oeste.

Atardecer desde Igrejinha
Atardecer desde Igrejinha; al fondo la vastedad del Pantanal

Una tarde visitamos la Fazenda Igrejinha, donde Beto nos recibió con la mejor de las vibras, contándonos del proyecto pecuario, el ecoturismo, las pinturas rupestres y el mirante (donde fuimos testigos de un alucinante atardecer. Como ya era tarde -que por colgados duramos como 3 horas saliendo del sitio-, apenas dio tiempo para ver la puesta del sol. Pero qué vista e imponentes rocas! Al fondo amenazaba la tormenta y luego concretamente fuimos hospederos de garrapatas por unos dias. Pero más increiblemente, estos sitios altos y protegidos son comunes refugios de los jaguares, quienes sobre todo buscan estos lugares para parir.

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Y es que en Pantanal, al ser de tan vasta extensión (más de 200.000 Kms2*) dentro existen muchas especies de aves y abundan los jacarés (caimanes) mamíferos grandes como el capivara; haciéndolo a su vez un ambiente idóneo para el jaguar, el cual sin duda está en la cima de la cadena alimentaria. Desafortunadamente, es de los poquísimos lugares donde su población no está tan amenazada. A mí me hizo repensar mucho mi deseo de encontrar a una onca luego de la tarde que la escuché de cerquita. En este lugar, a pocos cientos de kilómetros del centro geodésico de América del Sur; hay mucha vida y a pesar de que hay muchísimas fincas ganaderas, los prados parecen arborizados. No miento -sin haber estado jamás allí- si digo que me sentía en las savanas africanas.

* Cuatro veces el tamaño de Costa Rica

Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)

Acabó el recorrido por el gran Pantanal hace días. Llegué a Corumbá luego de un último trecho por lo que se conoce como Estrada Parque, que son como 170Kms de calle de ripio, cruzando más de 70 puentes de madera que dejan apreciar las intricadas corrientes de agua que van de lagunas anegadas a diferentes canales que a su vez sirven para reunir las aguas del Río Paraguai y continuar su descenso hacia el sur. En el camino entre Aquidauana y Corumbá encontré y comparté con varios ciclistas, todos yendo en sentido contrario.

Despedida de ciclistas en Porto do Manga, luego de unos diítas de relax junto al río Paraguai
Despedida de ciclistas en Porto do Manga, luego de unos diítas de relax junto al río Paraguai

Las últimas dos noches antes de llegar a Corumbá, justo donde el río Paraguai parte el camino y se hace necesario tomar un ferry, unos amigos pensionados paulistas -pescadores que cada año se iban a algún lugar del Pantanal- abrieron las puertas de su casa y sus corazones para darnos espacio a mí y a una pareja de ciclistas que estaban yendo para el otro lado. El frío seguía muy presente, pero al tener un lugar abrigado, los días junto al río fueron descanso y calorcito para el alma.

Desde Corumbá sólo restaba despedirse de un país que me acogió por tantos meses y que me brindara la oportunidad de crecer en tantos aspectos de mi vida. Mas el camino continúa, y se avecina mi próximo capítulo de mochilero. Se cierra pues este episodio del Pantanal y de Brasil en el día en que Corumbá celebra ser re-conquistada. Todo yace tranquilo y nadie trabaja. Al día siguiente estaría en Bolivia, y tomaría el tren hasta Santa Cruz de la Sierra; 18 horas y 4 películas seguidas después.

 


Bioconstrucción y compinchería en Sitio Passarim

Preparando la masa del día
Preparando la masa del día

Cuando iba pasando por Umuruama, la última ciudad del estado de Paraná, Ana -quien me hospedara- me habló del Sitio Passarim. Me dijo que tenía que conocer (aunque luego supe que ella todavía no conocía). Así que me puse en contacto con ellos por su página y pensé: si sale, sale. Al principio me respondieron que ya estaba llena la cuota de voluntarios, pero luego parece que a seu Antonio, el padre y gestor del Sitio, le llamó la atención que fuera agroecólogo. A mí me llamaba la atención aprender más de bioconstrucción, conocer un lugar y gente nuevas, y sobre todo la terapia del barro…

 

Cascada en Rio Verde
Cascada en Rio Verde

Sitio Passarim por ahora es un espacio donde se ponen en práctica diversas técnicas de construcción con barro, desde pique-y-palo hasta superadobe, y cuyo objetivo luego de un tiempo será la construcción de una vivienda y unos bungalows para alquilar; siendo que Rio Verde empieza a tener más auge con el ecoturismo, al ubicarse en el extremo este y de altura del Pantanal. Por ello le llaman el mirador del Pantanal. Así que allí llegué desde Campo Grande -capital del Estado de Mato Grosso Sul- y luego de pasar unos días en ruta probando las nuevas ropas para frío que me llegaron a la casa de Rene en Dourados.

 

 

Con Anna y Mummu, compartiendo tardes y humitos
Con Anna y Mummu, compartiendo tardes y humitos

En Campo Grande Anna y Mummu me dieron no sólo un espacio para armar la carpa, sino que también un montón de su tiempo para ir a conocer la ciudad en bici, y los rincones naturales que alberga… Curiosamente unos amigos de ellos también conocían el Sitio Passarim y me encomendaron mucho ir; así que aunque parecía que el invierno estaba cada vez más presente, había que enrumbar un poco más al norte. Además, salí con un banquito de camping que probó ser super práctico en las posteriores reparaciones mecánicas, y unas patas de bambú para mi pequeño trípode que dieron altura a mis retratos :p.

 

 

Vista desde el mirador de Igrejinha al atardecer
Vista desde el mirador de Igrejinha al atardecer

Rio Verde de Mato Grosso queda a unos 200 y pocos kilómetros al norte, y es popular por los balnearios -como Sete Quedas- con cascadas y aguas frescas. Allí me quedé casi dos semanas trabajando con Rafinha y su combo: una docena de gente linda con quienes hacíamos mezclas de barro, apuntalamos paredes, hicimos paredes de ladrillos de barro y revoque grueso. A pesar del frío fueron días con su calorcito, y algunas lluvias; pero no impidió que pudiéramos ir al río a pegar un chapuzón, o a hacer una caminata a Igrejinha, desde donde hay un impresionante mirador hacia todas las planicies inundables del Pantanal. Desde la Fazenda Igrejinha, donde entramos porque Beto nos dio esa cortesía, se pueden ver las partes más altas y rocosas, donde al parecer los jaguares usan para la época de gestación va desde octubre a febrero. Ahí hay que andar con extremo cuidado, porque un encuentro con una jaguara parida no debe ser nada placentero.

Poco a poco nos íbamos yendo... y me tocó a mí un buen día.
Poco a poco nos íbamos yendo… y me tocó a mí un buen día.

Ya para estos días la certeza de salir de Brasil, luego de haber tenido la suerte de encontrar sólo gente buena en mi camino, que me abrigó del frío o me ayudó a seguir mi camino, ya empezó a darme saudade… Ese sentimiento que no se puede explicar, pero que en portugués tiene tanto sentido. Esa tristeza y alegría al mismo tiempo; esa nostalgia pero sin anhelo. Así que después de esos días, me enrumbé justo por la BR419, calle que nadie conocía bien, pero que según el mapa iba bordeando el Pantanal hasta llegar a Aquidauana. Aunque seu Antonio recomendó irme por otra ruta, al final el corazón mandó por otra dirección. Y es que justamente mucho del aprendizaje por estos días, y referido a la bioconstrucción, era cuando se trataba de tomar alguna decisión sobre cuánto barro poner, o refuerzos, o masa, o etc… Decía seu Antonio: esto es tecnología intuitiva, siga su corazón.

Altos aprendizajes y gente linda… preludio de mi certeza de que Mato Grosso do Sul tiene mucho para ofrecer.


El viaje es por dentro

Típico día de acampada en el camino (esa noche me visitó la policía) :s
Típico día de acampada en el camino (esa noche me visitó la policía) :s

Agarrar los motetes y salir de viaje en bicicleta para muchos es un desafío al miedo y la desconfianza propias del mundo; es pasarla mal al pedo, solo y con hambre y frío… y ante todo es un viaje fuera de la zona de confort. ¿Para qué hacer algo así pudiendo anhelar un domingo de asistir series de Netflix en la pantalla de x pulgadas, tomar café expresso y comer tostadas con jalea de naranja o queso brie; luego de un saludable jugo de frutas de temporada? ¿Para qué exponerse a los elementos de tal suerte que hay días que uno se moja, pasa frío, mucho calor, las ropas no se lavan a menudo, y encima enfrentando a 24-marchas caminos de arena, cuestas interminables, viento en contra? Ni hablar de que el menú de camping no es el más variado del mundo; y a veces se duerme con un ojo abierto.

Uno de esos días que te ponchas 4 veces...
Uno de esos días que te ponchas 4 veces…

Podría ser que para estar escribiendo desde la cama más cómoda que me han prestado en América del Sur, pasando un fin de semana con nuevos amigos, bailando surf-music en el lugar menos pensado, probando nuevas y deliciosas comidas, compartiendo sonrisas, historias y contextos políticos y visiones de mundo. Podría ser para apreciar cómo el clima parece sonreír mostrando el sol y cielos azules y una brisa refrescante. La zona de confort no es mala en sí misma; al final cada quien en su viaje se procura el equipo que más se adapta a sus gustos y posibilidades (cocina, carpa, etc). Así somos: nos apegamos al confort y cargamos cosas inimaginables para justificarlo.

Una señora me preguntó en una esquina: “Y no le da miedo viajar solo?” Pensé y respondí: “Me daría miedo no haber salido”. Otro pregunta “cuál es su destino?” y -como en automático-: “ya llegué”. Claro, puede sonar muy a manual de autoayuda, pero pasa que de repente uno está más alerta todavía. El tiempo pasa de otra forma, no sólo como si cada día fuera domingo, fluyendo con las acciones sin entrar en conflicto. Y supongo que es justo eso lo que la zona de confort provee, un lugar para no tomar mucha responsabilidad sobre el tiempo y proyectarse al futuro (como trabajo, pensión, vacaciones, etc).

Las últimas semanas he pasado frío como no sabía sentir. En la búsqueda de soluciones aprendí mucho sobre la conservación del calor en situaciones de camping, y a poner en práctica aquella máxima de la cultura popular noruega: ut på tur aldri sur (afuera de paseo, nunca triste). Al final de cuentas fue uno quien decidió viajar de esta forma y sobre esta ruta. Y también se puede decidir que no hay que aferrarse a una meta en particular, y que hay días que vale más una corazonada que una marca en el odómetro. Deja de ser una cuestión de si está correcto o no; si tenía que pasar o no.

Llegando a Berlín luego de salir de Bucaramanga (Colombia). Ascenso vertical de 1500m en un día
Llegando a Berlín luego de salir de Bucaramanga (Colombia). Ascenso vertical de 1500m en un día

Al final todo sale bien, porque no hay problema en verdad -en la zona de confort se problematiza para crear nuevas soluciones para consumir-. Entonces, salir de cicloviaje es salir de la zona de confort para reconocer el presente, abrazarlo, respirarlo. Sería extremadamente aburrido hacer un ascenso altitudinal de 1500-2000 metros en un día y no llegar cansado y con los músculos tensos y el aliento extasiado. La recompensa es el movimiento, el cambio, que va reconfigurando constantemente el paisaje allá afuera y también muy adentro.


 

 

* Artículo a ser publicado en la Revista Descarrilador #2 -cuando salga…-

Los sonidos de la BR 419

Árboles en flor y suelo en agua
Árboles en flor y suelo en agua

El día comienza temprano porque la ruta es larga. Los rumiantes no pararon toda la noche de pastar por ahí, en el gran descampado que colinda con la sierra Pimenteira. En las cimas se dejan ver los farallones de roca roja, posiblemente hogar de algún jaguar (u onça, en portugués). El contacto de las llantas con la arena o el barro hace un ruido casi hipnótico, que sólo es interrumpido por la cadena que suena como que va moliendo arena. Irónicamente, según los reportes “oficiales”, los próximos 150 Kms están asfaltados. Otro estruendoso caso de corrupción.

Los cubetazos del día anterior no consiguieron limpiar todo el barro, luego de dos días de lluvia. El temor (ok, lo admito: el terror) por tener que pedalear de nuevo en arena se transformó en otra realidad: los 209Km hacia Aquidauana iban a continuar siendo de batir barro. En Sitio Passarim (Río Verde), donde estuve trabajando en una construcción de barro, me habían aconsejado seguir por otra ruta -que si bien tenía un trecho de arena- compensaba que luego pegaba con asfalto. Pero eran 70Kms más en total. En esos días también hablamos mucho de seguir el corazón, así que al final tomé la iba literalmente bordeando el Pantanal.

Ave de presa de una rama
Ave de presa de una rama

Con todo y aquel sonido pastoso en la cadena, se escuchaban desde temprano las aves; algunas muy conocidas y otras nuevas. No podría saber lo que eran, pero parecían garzas grandes algunas, otras con cuellos alargados y con marrón y amarillo sus plumas, papagayos azules, muchos tucanes y varias águilas haciendo lo suyo. Como a los 20Km cayó un chaparrón. Ya había observado que por estos lares el agua cae de zopetón y luego para. Pero esos 20 minutos llueve duro!!! Allí no había remedio, porque no había dónde abrigarse; así que a ponerse capa y seguir.

Tercera llanta que me explota en Brasil, en medio del camino desolado
Tercera llanta que me explota en Brasil, en medio del camino desolado

Luego de la lluvia, cuando ya había agarrado ritmo se escucha otro sonido: una explosión. Acto seguido estoy con el aro trasero en el barro. De nuevo las rutas de Brasil toman una llanta Schwalbe (Maraton Mondial). Para peores una prácticamente nueva; con si acaso 3000 Kms y ya unas cuantas ponchadas. No queda más remedio que colocar la llanta de repuesto. Cuando la guardé allá por Amazonas, recuerdo que tenía ya una rajadura, y ahora no parecía que fuera a aguantar. Le puse silver-tape y a ver si de veras sirve para todo! Cambié las dos llantas, para dejar la que podría aguantar mi peso y el de las maletas atrás, y la que llevaba cinta adelante; y arranco invocando a todos los espítirus. Sobre todo a la onça, que fue quien me trajo a andar por estas rutas.

El siguiente sonido fue más conciliador. En medio de la ruta aparece una de las muchas fazendas que tienen dividido estos miles de kilómetros de planicie y anegación en muchas operaciones ganaderas. Allí tenían, además de agua fría, un pequeño lava-jato, donde pude lavar a presión toda la arenisca atrapada en la cadena (que siguió sonando todavía unos cuántos kilómetros). Seguí camino, pues todavía podía seguir un poco más para almorzar por ahí. El arroz con maíz y salami de anoche sabía más rico hoy.

Los campos y los bosques del Serrado
Los campos y los bosques del Serrado

Sigo avanzando; me quedan 40Kms para la siguiente fazenda que podría darme un espacio para acampar; y de allí 50Km para Aquidauana, donde por primera vez estoy muy ansioso de ver asfalto y civilización. El único detalle es que voy a tener que esperar al lunes para poder comprar otra llanta; pero por ahora es más importante que la llanta llegue allá. Voy con la música relativamente a bajo volumen, por aquello de carros que pasen, o bichos que crucen la calle (hasta ahora ya habían cruzado varios chanchos de monte, capivaras, ovejas, vacas, tamandua, etc), cuando de un parche de bosque a la orilla del camino se escucha un rugido.

Al principio me confundo con la música, porque si a la primera vez no lo noté; a la tercera era muy claro que ese ruido no venía de la canción que estaba escuchando. Pensé rápidamente: “cómo se escucha tan cerca si sigo avanzando?” Me quito los audífonos y me paso al otro lado de la calle e intento recordar lo que me habían enseñado sobre un posible encuentro con la onça. Paro la bici y encaro. Encaro al bosque. Y el busque ruge cortito pero con una fuerza que me heló la sangre. Un rugido milenario que con certeza le heló la sangre a tantxs otrxs por toda América; y que hoy sólo en Pantanal hay una densidad de jaguares lo suficientemente alta como para que sea hasta arriesgado andar solo por estos lares. Y menos entre octubre y febrero, que es época de crías.

Pero volviendo a la parte donde se me heló la sangre… Luego de tragar hondo, intento pensar cómo reaccionar. Si salir a toda velocidad (que no puedo, porque a esta altura ya voy cansado y con un pequeño dolor de rodilla). La onça sabe que estoy herido, pienso paranóicamente – mucho NatGeo 🙁 -. Tomo el machete y encaro de nuevo. El rugido lo siento en mi nuca. No se deja ver, pero hay un rugido que suena a “yo estoy en la cima de la cadena alimentaria de por aquí, y estás en mi territorio“.

Resuelvo pedalear con el machete en la mano (bastante ridículo ahora que lo pienso) y me alejo unos 500m. Paro y de nuevo el rugido frente a mí. Me está siguiendo, ya no es paranoia. Y un chancho no puede ir tan rápido ni hacer semejante rugido. Aquí ya no fue helada la sangre, sino cagazo total. Era temprano, no había que paniquear, seguramente sólo quiere que me vaya y asegurarse de ello. Le digo en “humano” que ya me voy y parto viendo por el espejo cómo se hace chiquito el camino.

Es sabio ese bicho que si se deja ver, no es para mostrar la sonrisa de foto.