40 (casi) en la 40!

Recorriendo la panamericana en el norte de Chile
Recorriendo la panamericana en el norte de Chile

Uno de los mayores aprendizajes de estos útimos 20 meses de viaje ha sido ver que en la vida nada de lo que uno planea se da como uno quiere -o cree que quiere- que se dé; más bien se va a dar como se tenga que dar y cuando se tenga que dar. O sea, la vida lleva su propio curso y uno sólo puede fluir con ella. No perder la capacidad de sorprenderse de esto es también una forma de disfrutar y apreciar las cosas que nos pasan.

En enero de este año, allá en Argentina decidí (por qué no?) ir hasta Ushuia. Cuando salí de Costa Rica no tenía demasiado interés en llegar hasta el final del camino, pero sí ganas de andar por la Patagonia (o al menos hacer trekking por allá). Así que en febrero, dando el rol con mi madre, le puse slogan a este 2016: “40 en la 40”, a propósito de mi natalicio, y porque en octubre me había previsto estar al inicio de la mítica ruta 40. Pero como decía, la vida es una ebullición de sensaciones y los caminos que van siguiendo nuestros pasos son resultado de una compleja alquimia entre sentires y quereres. “Una pedaleada a la vez” reza el banner del ciclonauta -mi alter ego, o chamán interior, o como quieran llamarle- que alguna tarde medio apurado se me ocurrió.

Atardecer en Paracas, Perú; restableciendo un abrazo infinito
Atardecer en Paracas, Perú; restableciendo un abrazo infinito

En Uruguay decidí otro desvío interesante: volver a Brasil dejando fuera de ruta al Paraguay, por las ganas enormes de seguir conociendo uno de mis países favoritos, y porque tenía como destino llegar a Perú y hacer un poco de mochila. La idea de la ruta 40 seguía repicando en mi mente, a pesar de que ni el viento ni el frío los hayo muy disfrutables. Un nuevo desvío en el camino y la decisión de que la bici es estrictamente para disfrutar hicieron cambiar la brújula para Norteamérica; y se comienza a escribir un nuevo capítulo.

Viajar en bicicleta es una de las sensaciones más parecidas a la libertad que he conocido, y poder hacerlo por prácticamente todos los países de América del Sur (salvo las Guyanas, Suriname y Paraguay) ha sido uno de los hitos más significativos para mí. Sé que soy bueno para soñar sueños y cumplirlos, y eso ya no se me quita. Así que luego de más 20 años de soñar con biciviajar por América del Sur, y dos capítulos que suman más de 27 meses y 23,000 kilómetros, es que puedo decir que cumplí mi sueño. Y eso no tiene precio.

Hermosos cronopios chilensis en día de caminata en la Quebrada Macul.
Hermosos cronopios chilensis en día de caminata en la Quebrada Macul.

Acaso por coincidencia, vengo a cumplir 40 años que marcan el final de una etapa y el inicio de otra. Un periodo donde he crecido y me he curtido en soledad y en compañía de hermosos extraños (duendes, cronopios, ángeles, etc); donde he estado feliz y triste, pero sobretodo en paz. La vida no tiene que ser una línea recta donde hay que hacer las cosas que dicta una sociedad caótica y miedosa; y vale la pena perderse por los senderos no lineares y a veces escabrosos, con sus momentos a veces dulces y a veces amargos.

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No puedo ocultar mi alegría, ni el agradecimiento a tantas personas que me ayudaron de una y mil maneras a seguir adelante con este viaje; apoyando con una sonrisa, compartiendo música, tiempo, comida… La suma de todo, y el compartir con tanta gente que me dio tanto a cambio de tan poco, me ha enseñado que el corazón es un enorme lugar al que le cabe todo el amor, donde se puede cultivar estar bien con uno y compartir con los demás.

 

(a unos cuántos grados longitud oeste de la Ruta 40)

 


Los cóndores, la sierra y el ascenso al altiplano

Dos meses de mochilero; recorridos épicos por un Perú que me recibió cálido pero frío (hasta el fríaje fui a conocer en la selva!), una tos entre nerviosa y perruna que me agarró en el Lago Titicaca y no me dejó en paz durante un buen rato; un encuentro que marcaría un definitivo cambio de rumbo para este ciclonauta que volviera a reclamar su bici (empolvada como todas sus cosas en casa del buen Diego). Dos meses que fueron suficiente para querer a toda costa volver a mi bici, y cruzar dedos para que finalmente el invierno cediera un poco para llegar a Uyuni con la convicción de cruzar a Chile (aquel trayecto que en mi imaginario es el más difícil que hay en Sur América para el cicloviajero más curtido). Así, con el corazón henchido de alegría, amor y un poco de prisa, llegué a Santa Cruz para retomar el último trayecto de mi cicloviaje… concluir un sueño para comenzar otro.

Sobre los detalles de mi salida -digamos espúria- de la casa de Diego, baste decir que me tuve que ir precipitadamente porque el exceso de hospitalidad me estaba impidiendo continuar el viaje; y pues tuve que dejar con la querida abuela un fuerte abrazo para Diego (que dormía la mona, como de se dice en mi país cuando uno está pasado de fiesta y durmiendo a las tantas de la mañana). Ese día arranqué tarde, y tocaba un ascenso de 1200m hasta Samaipata; pero de todos modos decidí salir de la ciudad y hacer campamento en un balneario llamado Quinta Los Cumpas. Esa noche el viento soplaba fuerte.

El frío y la montaña se iban empezando a sentir de nuevo, como corresponde al subir a la cordillera de Los Andes

A Samaipata llegué frito al día siguiente, con un ascenso (calculo yo que eran como 1000m, pues el día anterior apenas dio tiempo de pedalear 41kms) y unos vientos que ponían muy sobre el tapete la falta de pedaleo de casi dos meses. Pero como muchas veces, uno va entrenando sobre la marcha… así y todo los días estaban soleados y los campos iban dejando ver los cultivos de uva que por esa zona pareciera estilarse (no voy a decir que son buenos los vinos bolivianos, pero tampoco pésimos. Nota mental: los de Tarija eran los mejorcitos). De todos modos, el combustible que alimentó mis piernas durante esa subida era pensar en la pizza (o pizzas) que me iba a comer. Como ya había estado allí para el solsticio, ya sabía que me iba a quedar a acampar en El Jardín; y cruzaba los dedos de que aún existiera la pequeña y riquísima pizzería. Por suerte, todo estuvo.

Inevitable quedarse un par de días más allí, caminar de nuevo al cerro a ver si se repetían aquellos majestuosos cóndores de hace dos meses (pero no). Igual fue hermoso apreciar desde la altura el Fuerte y respirar ese aire cada vez más de altura conforme se va subiendo. No sé si lo he dicho antes, pero el cielo de Bolivia es algo particularmente hermoso… unos tonos azules tan intensos y profundos que uno de repente siente como si pudiera tocar el espacio exterior. No sé, fascinante. Así que Samaipata, con lo agradable y llevadero que es pasearse por ahí, debía ser una parada corta. Total ya había estado y estaba en “entrenamiento” para subir hasta los 4000msnm hasta la Villa Real de Potosí. Tenía al frente una semana bien fuerte de pedaleo.

Una semana de puro polvo hasta llegar a Sucre

De Samaipata la siguiente ciudad que uno podría ubicar en un mapa era Sucre (donde había estado también hace años y recuerdo que me robaron mi cámara de fotos). Fuera de eso, no tenía mayores recuerdos; pero tenía pensado quedarme al menos un par de días a descansar. La ruta, y eso no lo tenía tan claro cuando arranqué, llega un momento en que deja de ser pavimento para pasar a ser prácticamente de arena. A Cochabamba en cambio, la carretera sí estaba pavimentada. No miento si digo que fue el camino más difícil que hice en todo el viaje hasta ese momento (sí, en Uruguay me tocó empujar la bici sobre la arena como 4Kms, pero esto era otra cosa). De camino pasé el desvío que iba hacia La Higuera; aquel épico lugar donde cayó el Che Guevara. Si hubiera estado diez años más jóven seguramente hubiera ido, pero como que ya me pasó ese tipo de fiebre, y los 100kms que implicaba el ir y volver a esta ruta me significaban un par de días que en ese momento no estaba muy seguro de querer derrochar en turismo revolucionario. Así que a otra cosa, mariposa.

Como no podía subir la bici por las gradas para el puente colgante, me tocó cruzar el río seco… menos mal.

Volviendo al camino… polvo tan fino, ascensos de 40 grados, desolación y el sonido del viento. La verdad que era hermoso y tuve la oportunidad de cruzar el así llamado “Jardín de Cactáceas de Bolivia”, que tenía entre sus tesoros la reserva de Paraba. Si bien no fue barato quedarse allí, las vistas del cielo estaban espectaculares y la comida rica (y la señora me vio la cara de hambra y me dio bastante). Además aprendí que en los cerros, entre las grietas que son miles, habitan varios tipos de guacamayas bien coloridas. Todo un espectáculo sobre todo al atardecer y al amanecer, cuando el bullaral que hacen es imposible de ignorar. Kilómetros de polvo y piedra, en parajes aparentemente secos e inhóspitos que a su vez dan cobijo a quienes saben aprovechar de estos ambientes.

Cruzando por las cactáceas bolivianas

Escalando las pendientes polvorientas

El cielo nocturno derrochando estrellas

Después de este punto siguió el último tramo de ese camino infernal: 39Kms que recorrí en poco más de 5 horas (¡o sea a un promedio de 8Km/hr!!!); para llegar a toparme con una familia de Sucre en Villa Granados que me ayudaron a ubicarme esa noche para dormir y comer con ellos y que me prometieron encontrarnos de nuevo una vez llegara a Sucre. Después de no conversar con muchas personas (no se puede decir que las personas de estos lados son particularmente hablantinas con los extranjeros) en casi una semana, el contacto vino como una brisa refrescante. No digo ducha, porque aún me faltarían un par de días para una ducha decente.

Pantagruela posa junto a un dinosaurio de yeso a la entrada de Sucre

Sin embargo, es notable el efecto que hace en uno re-encontrar el asfalto. De todo me hace pensar, porque luego uno dice que prefiere los caminos menos transitados, y que es mejor el ripio y que esto y lo otro… pero lo cierto es que luego de una semana (que por suerte no ponché ni una vez) de andar rodando en esos arenales, estaba feliz, muy feliz de sentir el planito y caliente asfalto. El hecho de que hayan calles trae otros beneficios, como acceso a conseguir refrescos helados o cervezas, porque ya a estas alturas estoy en un valle con unos calores tremendos, en ascenso aún hacia la ciudad capital de Sucre (muchos creen que la capital de Bolivia es La Paz, pero no… y esto los nativos de Sucre lo resienten y tienen su orgullo particular). De más decir que lo malo de las carreteras son los otros vehículos que transitan por allí, muchas veces sin percatarse de los ciclistas. Pero a estas alturas ya estaba bastante acostumbrado a mantener mi derecha y hacer “contacto visual” con los choferes y creo que eso funciona.

Dato curioso de la ciudad, además de que la comida está muy rica, es que por allí anduvieron los dinosaurios al final del periodo Cretácico (hará unos 60 y tantos millones de años) y hay una cantera muy famosa donde se pueden apreciar miles de huellas de algunos de estos enormes bichos. Yo me conformé con hacerle a Pantagruela su retrato.

Así acaban 500kms en una semana bien movidita para un ciclista que tenía las piernas acostumbradas a otro ritmo, y que supo aprovechar la desconexión con el mundo para asimilar los últimos dos meses de aprendizaje, andaragueo y enamoramiento. Cada vez más se perfila un futuro en Norteamérica que viene pronto prontito.

 

Galería de fotos de este episodio aquí


Relato de yungas y el reencuentro con el gran lago

Con una duenda cordobesa, compañera de aventuras santacruceñas
Con Vicky, duenda cordobesa, en Espejillos…compañera de aventuras santacruceñas

Una vez que todo quedó arreglado en Santa Cruz para dejar el equivalente a “todas mis posesiones materiales” seguras en casa de Diego y su familia; de conocer los alrededores de Santa Cruz (como Espejillos y Samaipata) y -no menos importante- hacer un poco de fiesta con la muchachada de CouchSurfing de Santa Cruz (y recordar que todavía me acuerdo de bailar salsa) tocó emprender el camino montaña arriba. Originalmente quería llegar a Madre de Dios por la vía no convencional, es decir, siguiendo las pampas y selva (Rurrenabaque) pero este camino presumía volver a entrar en Brasil saliendo por Cobija, para posteriormente entrar a Perú. Y como tengo una deuda de un par cientos de dólares con la migra brasileña, decidí que lo mejor era irse por la ruta del mochilero común y silvestre. Al fin y al cabo, tenía que ir ensayando lo que vendrían a ser mis próximos dos meses de viaje.

Coroico: descenso a las yungas

Comienza el descenso a las yungas
Comienza el descenso a las yungas

De Santa Cruz hacia La Paz hay muchas opciones de transporte, en muchos horarios. En total son más o menos 18 horas que se pueden hacer en dos tractos; y así tomar un desayunito en Cochabamba, en el mercado La Cancha (uno de los más grandes de Sudamérica). De ahí otra vez a emprender el ascenso de casi 4000 metros que lo dejan a uno azurumbado en la capital más alta del mundo. Como también andaba en misión de búsqueda de algo que me haga sobrellevar mejor el frío de Uyuni y Atacama cuando retome la bici, me fui de tienda en tienda sin resultados muy esperanzadores. Lo bueno fue que aproveché para renovar zapatos y alguna ropa (cortesía de mi santa madre), que en definitiva iban a hacer falta para andar en este nuevo estilo mochilero.

Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante
Lavar ropa a mano, pero con una vista alucinante

Un día y una noche y rumbo a Coroico. Esta ciudad, a unos 1800 msnm, queda apenas a 90 kms desde La Paz; por lo que no hay que ser muy diestro en geografía para entender que uno va literalmente en un descenso pronunciado durante unas 3 horas de camino; pasando de lado picos nevados a 4700m y viendo cómo cambia el paisaje desde nieves y hielos, hasta jungla nubosa tropical. Una maravilla de camino. Aquí queda el gringamente célebre paseo del “Camino de la Muerte”, que se hace en bicicleta por una trocha que hoy sólo se usa para turistas, y que la verdad yo estaba muy feliz de no hacer en bici; porque ya aprendí luego de un ligamento roto que caerse de la bici bajando a toda velocidad no es el elixir de la felicidad. Cada quien con su fórmula, no?

 

Una estiradita de las gambas, y a caminar!
Una estiradita de las gambas, y a caminar!

Desde Coroico, pequeño pueblito turístico colonial, llegan muchos que acaban el trekking de El Choro, y quienes además continúan a la amazonía a Rurrenabaque. Yo sólo fui a descansar un par de días, pues la verdad me hacía falta estar sólo luego de días bien sociales en Santa Cruz, y para hacer algunas caminatas de un día en pueblitos vecinos. Valga mencionar que utilicé wikilocs para guiarme en estas caminatas, y en una perdí pie y me trastabillé barranco abajo. Si bien sólo me raspé, creo que no había sentido tal susto de perder “el control” y lo que me costó volver a subir. Mas todo salió bien y un señor me esperó al final para regalarme una mandarina y contarme que me estaba observando desde hacía rato. Le preocupaba porque ya alguien había “dejado de ser”, según su modo de expresarse, andando por esos senderos.

Tres días en Coroico y agarré todo el impulso para mi siguiente objetivo: el Lago Titicaca.

 

Copacabana e Isla del Sol

María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca
María Amortiticota, y Horacio (el perro-lobo) desde el mirador del Inca

De paso otra vez por La Paz aproveché para conocer algún museo, comer salteñas, una birrita artesanal a pesar de tener frío y acto seguido contactar a María. Una super genial couchsurfer que había contactado desde hacía tiempo; pero que en realidad fue el destino el que se encargó de que coincidierámos porque en realidad yo me re-atrasé y ella se había ido de viaje. Fue tal la sincronía que nos encontramos en La Paz misma para ir juntos a Copacabana, puerta de entrada al gran lago sagrado. Yo había estado allí hacía 11 años, sólo que mi recuerdo es más bien haber estado muy resfriado -cuando íbamos dirección hacia el sur-. Esta vez fue todo mucho más fluido; mucho más allí presente. María es una amante y entusiasta del lago, de sus misterios, de su gente y de todo lo que involucra lo sagrado del Titicaca y la Cotamama (madre agua). Resuena aún una frase de sus amigos, un krishna rebelde, que decía que uno tenía que escuchar a su shamán interno; lo demás es fanfarronería -agrego yo-.

Así que fue muy místico y relajado -bueno, también nos fuimos de bailongo esa primera noche porque yo celebraba mis 500 días de viaje!-; y lo que en principio iba a ser sólo una noche para luego seguir a la Isla, fueron 4 días donde además le ayudamos a hacer una mudanza de su antigua casa y compartir con otro ciclista. De todos los que uno se podría encontrar, apareció nada menos que CrazyGuyonaBike, uno que fuera mi referencia desde hace años porque en su página hay muchos datos de mecánica interesantes. Así que fue un lindo preludio para arrancar hacia el lago, todavía con Singani en la sangre, hacia la Playa de las Sirenas.

Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas... que no se dejaron ver
Vista desde mi cuartito en Playa Las Sirenas… que no se dejaron ver

En la Isla del Sol, del lado norte, queda una playita que pocos conocen, y que tiene una especie de eco-hostal, que en realidad son 3 edificios de barro, con cuartos muy sencillos, sin electricidad y apenas un tubo externo para agua y una cocinita super sencilla. Al llegar te dan una vela; mas el lugar era divino!! La playa era maravillosa, y allí me encontré con Linn y Martín y Jairo; una alemana y un par de uruguayos con quienes compartimos fogatas, comidas, humitos y mucha buena onda. El lago -no me alcanzarían las palabras para describirlo- tiene un aire de paz y espiritualidad que fácilmente puede atraparlo allí a uno por mucho tiempo, contemplando sus profundas aguas color diamante, la sierra real andina a lo lejos, el frío del aire, y el gran río cósmico que por las noches deja sentir todo el poderío de los astros. De nuevo, me iba a quedar sólo un par de noches, y acabé quedándome cuatro.

La bandita de La Sirena!!
La bandita de La Sirena!!

El frío estaba la verdad extremo por esos días, mas no pude contenerme de las ganas de entrar a las aguas cristalinas del lago, y a pesar de que todos pensábamos que nos íbamos a resfríar en el acto, lo toleramos y yo me zambullí incluso dos veces. No sabíamos, eso sí, que a Linn le iba a dar pulmonía luego, y yo arrastré una tos de perro en las siguientes semanas -que sumada al polvo de los caminos- todavía ando un poco. Mas valió la pena cada minuto de estar allí, cada rayo de sol y estrellas; así como la caminata hacia la parte sur de la isla, para ahora sí despedirme de este bello lugar al que no sabía que iba a tener la dicha de regresar por segunda vez… hasta quizás una tercera!!

 

 


Recorrido por el Pantanal, o el sinuoso camino del jaguar

Piraputanga, MS (Brasil)

En Mato Grosso do Sul, bordeando con Paraguay y Bolivia, existe una planicie alugable llamada el Pantanal. Nada menos que el mayor humedal que existe en el mundo, compartido entre los tres países. Es tan grande que se divide en 7 regiones, en este estado, unas más altas que otras. Yo llegué a Rio Verde, para pasar una semana prestando mis manos para trabajar con barro a cambio de techo, comida y gente muy buena onda (así quién no, cierto?). A este punto le llaman el “Mirante do Pantanal” porque de allí se aprecian las planicies que se van extendiendo hacia el oeste.

Atardecer desde Igrejinha
Atardecer desde Igrejinha; al fondo la vastedad del Pantanal

Una tarde visitamos la Fazenda Igrejinha, donde Beto nos recibió con la mejor de las vibras, contándonos del proyecto pecuario, el ecoturismo, las pinturas rupestres y el mirante (donde fuimos testigos de un alucinante atardecer. Como ya era tarde -que por colgados duramos como 3 horas saliendo del sitio-, apenas dio tiempo para ver la puesta del sol. Pero qué vista e imponentes rocas! Al fondo amenazaba la tormenta y luego concretamente fuimos hospederos de garrapatas por unos dias. Pero más increiblemente, estos sitios altos y protegidos son comunes refugios de los jaguares, quienes sobre todo buscan estos lugares para parir.

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Y es que en Pantanal, al ser de tan vasta extensión (más de 200.000 Kms2*) dentro existen muchas especies de aves y abundan los jacarés (caimanes) mamíferos grandes como el capivara; haciéndolo a su vez un ambiente idóneo para el jaguar, el cual sin duda está en la cima de la cadena alimentaria. Desafortunadamente, es de los poquísimos lugares donde su población no está tan amenazada. A mí me hizo repensar mucho mi deseo de encontrar a una onca luego de la tarde que la escuché de cerquita. En este lugar, a pocos cientos de kilómetros del centro geodésico de América del Sur; hay mucha vida y a pesar de que hay muchísimas fincas ganaderas, los prados parecen arborizados. No miento -sin haber estado jamás allí- si digo que me sentía en las savanas africanas.

* Cuatro veces el tamaño de Costa Rica

Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)

Acabó el recorrido por el gran Pantanal hace días. Llegué a Corumbá luego de un último trecho por lo que se conoce como Estrada Parque, que son como 170Kms de calle de ripio, cruzando más de 70 puentes de madera que dejan apreciar las intricadas corrientes de agua que van de lagunas anegadas a diferentes canales que a su vez sirven para reunir las aguas del Río Paraguai y continuar su descenso hacia el sur. En el camino entre Aquidauana y Corumbá encontré y comparté con varios ciclistas, todos yendo en sentido contrario.

Despedida de ciclistas en Porto do Manga, luego de unos diítas de relax junto al río Paraguai
Despedida de ciclistas en Porto do Manga, luego de unos diítas de relax junto al río Paraguai

Las últimas dos noches antes de llegar a Corumbá, justo donde el río Paraguai parte el camino y se hace necesario tomar un ferry, unos amigos pensionados paulistas -pescadores que cada año se iban a algún lugar del Pantanal- abrieron las puertas de su casa y sus corazones para darnos espacio a mí y a una pareja de ciclistas que estaban yendo para el otro lado. El frío seguía muy presente, pero al tener un lugar abrigado, los días junto al río fueron descanso y calorcito para el alma.

Desde Corumbá sólo restaba despedirse de un país que me acogió por tantos meses y que me brindara la oportunidad de crecer en tantos aspectos de mi vida. Mas el camino continúa, y se avecina mi próximo capítulo de mochilero. Se cierra pues este episodio del Pantanal y de Brasil en el día en que Corumbá celebra ser re-conquistada. Todo yace tranquilo y nadie trabaja. Al día siguiente estaría en Bolivia, y tomaría el tren hasta Santa Cruz de la Sierra; 18 horas y 4 películas seguidas después.

 


Bioconstrucción y compinchería en Sitio Passarim

Preparando la masa del día
Preparando la masa del día

Cuando iba pasando por Umuruama, la última ciudad del estado de Paraná, Ana -quien me hospedara- me habló del Sitio Passarim. Me dijo que tenía que conocer (aunque luego supe que ella todavía no conocía). Así que me puse en contacto con ellos por su página y pensé: si sale, sale. Al principio me respondieron que ya estaba llena la cuota de voluntarios, pero luego parece que a seu Antonio, el padre y gestor del Sitio, le llamó la atención que fuera agroecólogo. A mí me llamaba la atención aprender más de bioconstrucción, conocer un lugar y gente nuevas, y sobre todo la terapia del barro…

 

Cascada en Rio Verde
Cascada en Rio Verde

Sitio Passarim por ahora es un espacio donde se ponen en práctica diversas técnicas de construcción con barro, desde pique-y-palo hasta superadobe, y cuyo objetivo luego de un tiempo será la construcción de una vivienda y unos bungalows para alquilar; siendo que Rio Verde empieza a tener más auge con el ecoturismo, al ubicarse en el extremo este y de altura del Pantanal. Por ello le llaman el mirador del Pantanal. Así que allí llegué desde Campo Grande -capital del Estado de Mato Grosso Sul- y luego de pasar unos días en ruta probando las nuevas ropas para frío que me llegaron a la casa de Rene en Dourados.

 

 

Con Anna y Mummu, compartiendo tardes y humitos
Con Anna y Mummu, compartiendo tardes y humitos

En Campo Grande Anna y Mummu me dieron no sólo un espacio para armar la carpa, sino que también un montón de su tiempo para ir a conocer la ciudad en bici, y los rincones naturales que alberga… Curiosamente unos amigos de ellos también conocían el Sitio Passarim y me encomendaron mucho ir; así que aunque parecía que el invierno estaba cada vez más presente, había que enrumbar un poco más al norte. Además, salí con un banquito de camping que probó ser super práctico en las posteriores reparaciones mecánicas, y unas patas de bambú para mi pequeño trípode que dieron altura a mis retratos :p.

 

 

Vista desde el mirador de Igrejinha al atardecer
Vista desde el mirador de Igrejinha al atardecer

Rio Verde de Mato Grosso queda a unos 200 y pocos kilómetros al norte, y es popular por los balnearios -como Sete Quedas- con cascadas y aguas frescas. Allí me quedé casi dos semanas trabajando con Rafinha y su combo: una docena de gente linda con quienes hacíamos mezclas de barro, apuntalamos paredes, hicimos paredes de ladrillos de barro y revoque grueso. A pesar del frío fueron días con su calorcito, y algunas lluvias; pero no impidió que pudiéramos ir al río a pegar un chapuzón, o a hacer una caminata a Igrejinha, desde donde hay un impresionante mirador hacia todas las planicies inundables del Pantanal. Desde la Fazenda Igrejinha, donde entramos porque Beto nos dio esa cortesía, se pueden ver las partes más altas y rocosas, donde al parecer los jaguares usan para la época de gestación va desde octubre a febrero. Ahí hay que andar con extremo cuidado, porque un encuentro con una jaguara parida no debe ser nada placentero.

Poco a poco nos íbamos yendo... y me tocó a mí un buen día.
Poco a poco nos íbamos yendo… y me tocó a mí un buen día.

Ya para estos días la certeza de salir de Brasil, luego de haber tenido la suerte de encontrar sólo gente buena en mi camino, que me abrigó del frío o me ayudó a seguir mi camino, ya empezó a darme saudade… Ese sentimiento que no se puede explicar, pero que en portugués tiene tanto sentido. Esa tristeza y alegría al mismo tiempo; esa nostalgia pero sin anhelo. Así que después de esos días, me enrumbé justo por la BR419, calle que nadie conocía bien, pero que según el mapa iba bordeando el Pantanal hasta llegar a Aquidauana. Aunque seu Antonio recomendó irme por otra ruta, al final el corazón mandó por otra dirección. Y es que justamente mucho del aprendizaje por estos días, y referido a la bioconstrucción, era cuando se trataba de tomar alguna decisión sobre cuánto barro poner, o refuerzos, o masa, o etc… Decía seu Antonio: esto es tecnología intuitiva, siga su corazón.

Altos aprendizajes y gente linda… preludio de mi certeza de que Mato Grosso do Sul tiene mucho para ofrecer.


Los sonidos de la BR 419

Árboles en flor y suelo en agua
Árboles en flor y suelo en agua

El día comienza temprano porque la ruta es larga. Los rumiantes no pararon toda la noche de pastar por ahí, en el gran descampado que colinda con la sierra Pimenteira. En las cimas se dejan ver los farallones de roca roja, posiblemente hogar de algún jaguar (u onça, en portugués). El contacto de las llantas con la arena o el barro hace un ruido casi hipnótico, que sólo es interrumpido por la cadena que suena como que va moliendo arena. Irónicamente, según los reportes “oficiales”, los próximos 150 Kms están asfaltados. Otro estruendoso caso de corrupción.

Los cubetazos del día anterior no consiguieron limpiar todo el barro, luego de dos días de lluvia. El temor (ok, lo admito: el terror) por tener que pedalear de nuevo en arena se transformó en otra realidad: los 209Km hacia Aquidauana iban a continuar siendo de batir barro. En Sitio Passarim (Río Verde), donde estuve trabajando en una construcción de barro, me habían aconsejado seguir por otra ruta -que si bien tenía un trecho de arena- compensaba que luego pegaba con asfalto. Pero eran 70Kms más en total. En esos días también hablamos mucho de seguir el corazón, así que al final tomé la iba literalmente bordeando el Pantanal.

Ave de presa de una rama
Ave de presa de una rama

Con todo y aquel sonido pastoso en la cadena, se escuchaban desde temprano las aves; algunas muy conocidas y otras nuevas. No podría saber lo que eran, pero parecían garzas grandes algunas, otras con cuellos alargados y con marrón y amarillo sus plumas, papagayos azules, muchos tucanes y varias águilas haciendo lo suyo. Como a los 20Km cayó un chaparrón. Ya había observado que por estos lares el agua cae de zopetón y luego para. Pero esos 20 minutos llueve duro!!! Allí no había remedio, porque no había dónde abrigarse; así que a ponerse capa y seguir.

Tercera llanta que me explota en Brasil, en medio del camino desolado
Tercera llanta que me explota en Brasil, en medio del camino desolado

Luego de la lluvia, cuando ya había agarrado ritmo se escucha otro sonido: una explosión. Acto seguido estoy con el aro trasero en el barro. De nuevo las rutas de Brasil toman una llanta Schwalbe (Maraton Mondial). Para peores una prácticamente nueva; con si acaso 3000 Kms y ya unas cuantas ponchadas. No queda más remedio que colocar la llanta de repuesto. Cuando la guardé allá por Amazonas, recuerdo que tenía ya una rajadura, y ahora no parecía que fuera a aguantar. Le puse silver-tape y a ver si de veras sirve para todo! Cambié las dos llantas, para dejar la que podría aguantar mi peso y el de las maletas atrás, y la que llevaba cinta adelante; y arranco invocando a todos los espítirus. Sobre todo a la onça, que fue quien me trajo a andar por estas rutas.

El siguiente sonido fue más conciliador. En medio de la ruta aparece una de las muchas fazendas que tienen dividido estos miles de kilómetros de planicie y anegación en muchas operaciones ganaderas. Allí tenían, además de agua fría, un pequeño lava-jato, donde pude lavar a presión toda la arenisca atrapada en la cadena (que siguió sonando todavía unos cuántos kilómetros). Seguí camino, pues todavía podía seguir un poco más para almorzar por ahí. El arroz con maíz y salami de anoche sabía más rico hoy.

Los campos y los bosques del Serrado
Los campos y los bosques del Serrado

Sigo avanzando; me quedan 40Kms para la siguiente fazenda que podría darme un espacio para acampar; y de allí 50Km para Aquidauana, donde por primera vez estoy muy ansioso de ver asfalto y civilización. El único detalle es que voy a tener que esperar al lunes para poder comprar otra llanta; pero por ahora es más importante que la llanta llegue allá. Voy con la música relativamente a bajo volumen, por aquello de carros que pasen, o bichos que crucen la calle (hasta ahora ya habían cruzado varios chanchos de monte, capivaras, ovejas, vacas, tamandua, etc), cuando de un parche de bosque a la orilla del camino se escucha un rugido.

Al principio me confundo con la música, porque si a la primera vez no lo noté; a la tercera era muy claro que ese ruido no venía de la canción que estaba escuchando. Pensé rápidamente: “cómo se escucha tan cerca si sigo avanzando?” Me quito los audífonos y me paso al otro lado de la calle e intento recordar lo que me habían enseñado sobre un posible encuentro con la onça. Paro la bici y encaro. Encaro al bosque. Y el busque ruge cortito pero con una fuerza que me heló la sangre. Un rugido milenario que con certeza le heló la sangre a tantxs otrxs por toda América; y que hoy sólo en Pantanal hay una densidad de jaguares lo suficientemente alta como para que sea hasta arriesgado andar solo por estos lares. Y menos entre octubre y febrero, que es época de crías.

Pero volviendo a la parte donde se me heló la sangre… Luego de tragar hondo, intento pensar cómo reaccionar. Si salir a toda velocidad (que no puedo, porque a esta altura ya voy cansado y con un pequeño dolor de rodilla). La onça sabe que estoy herido, pienso paranóicamente – mucho NatGeo 🙁 -. Tomo el machete y encaro de nuevo. El rugido lo siento en mi nuca. No se deja ver, pero hay un rugido que suena a “yo estoy en la cima de la cadena alimentaria de por aquí, y estás en mi territorio“.

Resuelvo pedalear con el machete en la mano (bastante ridículo ahora que lo pienso) y me alejo unos 500m. Paro y de nuevo el rugido frente a mí. Me está siguiendo, ya no es paranoia. Y un chancho no puede ir tan rápido ni hacer semejante rugido. Aquí ya no fue helada la sangre, sino cagazo total. Era temprano, no había que paniquear, seguramente sólo quiere que me vaya y asegurarse de ello. Le digo en “humano” que ya me voy y parto viendo por el espejo cómo se hace chiquito el camino.

Es sabio ese bicho que si se deja ver, no es para mostrar la sonrisa de foto.


Entre sierras y araucarias

 

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El sur de Brasil me atrajo por el litoral hasta por ahí de Florianópolis… Pero acabé no conociendo ni allí, ni la Serra do Rio do Rastro ni otros tantos lugares que ni sabía existían; pero que fui conociendo en diferido al ir recorriendo Santa Catarina y sus sierras. Luego de dos semanas en Tangará, trabajando con Ana y André, quedé fascinado con las araucarias y quise dibujar una ruta que me llevara a la frontera con Bolivia aprovechando al máximo los parches de bosques naturales de este impresionante árbol.

 

La familia de Ana y André
Despedida de los compas en Tangará

Mi consejero electrónico de rutas (googlemaps) dio un itinerario que parecía interesante; el cual triangulé con algunos otros relatos y salí en busca de las tierras más calientes. Tarea que no resultó del todo sencilla, pues tocó justo viajar en días de frío y a veces lluvia. El otoño dándole chance al invierno. También mostraba redes viales alternando caminos federales, estatales y vecinales. Todas varían en calidad, tráfico y orografía. Al final, salvo un trecho que no existía en la realidad, llegué bien.

De cualquier modo, y a pesar de que no estaba del todo cómodo con la situación climática y más de una vez me asusté de que iba a pasar una noche helada… sobreviví y pude dejar más peso atrás. Pareciera como si los duendes de la hospitalidad hubieran activado los couchsurfers/warmshowers más buena gente, y los pusiera en mi camino. Hasta los bomberos y un amigo recluso… toda gente fina y con buena onda para echar un hombro.

En el camino de Tangará a Caçador pifié en el camino y acabé en Fraiburgo; en la peor zona de Brasil para perderse la posibilidad de llegar a una casa segura. Peor porque es donde se registran históricamente las temperaturas más frías y justo estamos en eṕoca de heladas. Hay un lugar inlcuso donde cae nieve todos los años. Por suerte los bomberos salvaron de nuevo la tanda, y la luz en el día tiene un brillo particular.

Tengo la extraña suerte de que los días que pedaleo fuerte hay alguna actividad celebrativa :p
Tengo la extraña suerte de que los días que pedaleo fuerte hay alguna actividad celebrativa :p

Saliendo de Caçador me di cuenta de que pedalear y tener resaca no van del todo. Luego de haber vencido mi primera helada en el patio de seu Rosinei – quien amablemente me dejó con un monte de madera para quemar luego del delicioso churrasco- parece que no contaba con tanta alegría de encontrar ciclistas comelones y amigueros. Los vinos estaban muy sabrosos con el frío, pero la combinación para “experimentar” con la cachaca catarinense dieron un golpe en seco a mis ganas de pedalear -encima- cuesta arriba por como 20Kms. Así que esa noche paré en Calmón y como hacía tanto frío me dormí retemprano.

Fabio luego de destrabar al tornillo quebrado
Fabio luego de destrabar al tornillo quebrado

En Porto União conocí a Fabio, un hombre de 32 años preso desde los 18 condenado por robo. Le quedaban 4 años de cárcel y a estas alturas podía trabajar en los bomberos de albañil; allí fue que lo conocí. Me sorprendió su forma de ver el mundo, sus ganas de viajar y su entusiasmo por escribir un libro de sus vivencias. Con él arreglamos el tornillo quebrado y enroscado que necesitaba una mano para arreglar. Crucé el río Iguazú, y justo en Mallet me cayó la primera helada, pues los bomberos me sugirieron acampar en el parque. Ahí no voy a decir que dormí cómodo y con los pies tostaditos. La verdad que todo lo contrario; pero valió el aceite y la cachaca que acompañaron la cena de polenta, para dar trabajo al metabolismo.

Ahí todavía no parecía que iba a hacer tanto frío
Ahí todavía no parecía que iba a hacer tanto frío

Salir a 3 grados de la carpa no es lo más alentador que hice en la vida, pero esos fríos minutos que anteceden al contacto con el sol se desvanecen ante la alegría inmensa de dejarse acariciar por la mañana. Unas horas más tarde estaba pasando de los 30 grados en mi termómetro -y quitándome todas las ropas-; atravezando rutas vecinales que cortaban entre la maraña de carreteras, ahorrando camino y nervios -porque aquí no andan camiones grandes-.

Sesión sicoanalítica: el caso del ciclonauta
Sesión sicoanalítica: el caso del ciclonauta costariquenho

En Prudentópolis me recompuse, encontré un gran ser humano y ví un Brasil compuesto de un paisaje como si fuera europa del este o germánica… Campos y campos de soja y maíz cubren el tapete, y los pueblos están llenos de rubios y rubias, con apellidos como Saviski, que recuerdan a los inmigrantes ukranianos de los 50s. En Guarapuava hice un amigo muy especial que me cautivó por su niñez: Lucio. Tres años de pura energía e inocencia. Más comida rica, más lluvia y mucho descanso; y encima una nueva idea para la bici…

Waldir, Fabiola y Lucio... mi familia de Guarapuava
Waldir, Fabiola y Lucio… mi familia de Guarapuava. Fotos: Fabiola Ferreira)

En Campo Mourão, luego de pasar una noche en un albergue en Pitanga que recordaba un poco a una cárcel, encontré el extensor de forco para subir el manubrio de Pantagruela unos 3-4 cms. Con esto tendría menos presión sobre una contractura que cada tantos meses molesta un poco. Para esto fue estratégico el apoyo de Marcos, que me guió por la ciudad y me presentó más gente buena. Los siguientes 100Kms hasta Umuarama fueron una delicia, y de nuevo la suerte me ubicó con gente que sobre todo me dio espacio para descansar y disfrutar de los pequeños placeres de la vida sedentaria por un fin de semana (y más dosis de análisis coyuntural de la situación política de Brasil).

A menos de 100km comienza Mato Grosso do Sul, dicen que con caminos menos columpiados y montañosos; y donde se encuentra el humedal más grande de este hermoso planeta en Pantanal, haciendo frontera con Bolivia y Paraguay.