La pifia del viajero

Hoy amaneció el día a 9 grados, y según el gurú del viento se espera una baja durante todo el día que culminará con mi primera acampada bajo o cerca de cero en el último año y pico. Luego de dos semanas estacionado siempre resulta un poco más difícil mover algunas partes del cuerpo que de a pocos se van ajustando al engranaje del pedaleo, la acción y reacción en armonía que parece un sosiego.

Vista del Rio do Peixe, Tangará (antes del frente frío)
Vista del Rio do Peixe, Tangará (antes del frente frío)

Y bueno, hace dos semanas para llegar al Sitio Guayi me pasó exactamente lo mismo que hoy: me colgué… Aquel día me di ciertas licencias con respecto a la ruta que, a pesar de que tengo un destino en mente, al final la ruta se convierte en una suerte de signo de pregunta. Y por colgado, me pasé 20 kilómetros del cruce donde tenía que virar para Tangará. Como todavía era relativamente temprano y venía digamos con buen aire, pues me decidí a llegar de nuevo al punto donde erré. No contaba con una tormenta que desató una rayería y una cantidad de agua que constrastaba con lo que había sido un día apacible y hermoso para pedalear por la vida. En lo que iba regresando me topé a un ciclista y confirmó lo que ya sabía: tenía que volver o hacer bastantes más kilómetros. “Al menos ahora conoces otra parte de las sierras”, me grita optimista mientras yo ya iba medio refunfuñándome en mis adentros. Esa noche llegué tiritando a un puesto de gasolina, vencido por la tormenta.

El resultado de colgarse.. unos cuántos kilómetros adicionales, que depende del día y la hora pueden ser pEsAdOs
El resultado de colgarse.. unos cuántos kilómetros adicionales, que depende del día y la hora pueden ser pEsAdOs

Viendo para atrás me acuerdo de dos otras veces en las que me pasó. La primera en el valle del Cauca (Colombia), día que acabé pedaleando 160Kms para llegar a lo de Nando, mi warmshowers allá por el eje cafetero. Y bueno, aunque hay cierto grado de presión porque uno no sólo se pasó 20Km, sino en realidad son 40, pues da para pensar en cómo es que uno queda así de colgado en la ruta. Porque voy atento a los rótulos (cuando hay) y de vez en cuando preguntando. Consulto wikilocs y googlemaps. En todo caso, pasa. Son gajes del oficio. Total, si de más de 11000kms pedaleados, pifié 80 es una estadística más bien simpática y anecdótica.

 

Minutos antes de pifiar por segunda vez...
Minutos antes de pifiar por segunda vez…

La segunda vez fue en Minas Gerais, cuando un trecho de la Estrada Real se junta con una autopista. Allí conocí a Ricardo y su esposa, quienes me invitaron a almorzar (y me develaron el misterio de la coxinha). Luego para salir me indicaron la calle que había que tomar, y yo -muy colgadamente- tomé el sentido contrario. Otros 20Kms que se duplicaron para volver a llegar al punto inicial, en una de las peores carreteras para pedalear que he pasado. Cómo se logra ese nivel de desenfoque? No lo sé, pero hay que aceptarlo y dejarlo pasar…

Volviendo a las sierras catarinenses… la situación era un poco más compleja, porque el otoño -que se comienza a parecer a invierno- está trayendo algunos frentes fríos con lluvias y bajas temperaturas. Para la noche estaba prevista una baja a -1 grado. Aunque en teoría debería poder sobrevivir en la carpa y con mis tiliches de camping, siempre es bueno evitar fríos extremos y no comprometer la salud física y mental. Y aunque ya tenía a donde llegar en Caçador puse las barbas en remojo y pensé: no vale la pena deshacer lo andado hoy, vale más la pena encontrar un lugar (gratis) dónde dormir.

Con frío o sin frío hay que estirar...
Con frío o sin frío hay que estirar…

Los bomberos son mi primera opción favorita. Llegué con determinación y calma, di mi tarjeta, expliqué la situación y listo: tuve un cuartito del nuevo cuartel de Fraiburgo (todavía en obras) protegido del viento y el frío. Por cierto que ese “toque” de la tarjeta es literalmente una llave que abre puertas. Recordé aquella simple y bella enseñanza de la ruta que me dejó aquel ciclista por Campos Novos: “ahora conoces otra parte de las sierras”.

Andar de bici y viajando en general es eso, es sorprenderse del camino, ver las pifias como una oportunidad para ver la vida desde otro ángulo que, si bien no era el planeado, tampoco está mal. Mañana también va a estar frío y al menos hoy voy a poder descansar y que el cuerpo mañana se pueda enfrentar mejor a estas condiciones. Que sirva de anticipo a la Patagonia: días de menos de 10 grados, lluvias y los intempestivos vientos del Sur (eso durante el verano austral!).

De las pifias se aprenden lecciones, se aprende a reaccionar mejor la próxima vez; a tomarse con calma el presente. Por más mapas que hayan, y ruiditos que hagan los aparatos que se lleven, no hay nada mejor que quedarse colgado por ir concentrado en pedalear, en ese subibaja de piernas y movimientos de las manos y posiciones imprevistas al reaccionar ante lo desconocido; que es donde se puede encontrar un pedazo de uno mismo.


No sé si la luna está sobre Porto Alegre…

Volver a Porto Alegre, después de 5 años en los que pareciera que pasó una vida y media (muy agitada por cierto), fue -como me suele pasar a menudo- como volver a casa y ver viejos amigos. Parafraseando la canción a la que le robé el título para este post: hay cosas que no se explican, cosas que no se entienden…

Adhesivo en la feria agroecológica
Adhesivo en la feria agroecológica

Los últimos 120Kms para llegar fueron más bien calientes; y aunque no tenía planeado llegar directo a la ciudad, me animé porque por primera vez en varios días el viento había decidido ir a empujar a alguien más. Así que llegando a Capivari do Sul me dediqué un almuerzo más bien contundente, me quedé quieto como una anaconda por unos minutos, y seguí la marcha. En mi mente todo estaba arreglado para llegar donde Marcos, un ciclista que conocí en Uruguay y que me invitó a quedarme en su apartamento. Pero por esas cosas de la vida y las pifias de la tecnología no logramos comunicarnos en ese último tramo; así que recurrí al plan B.

Con dos voluntarios comenzando a armar el horno
Con dos voluntarios comenzando a armar el horno

A Fernando lo conocí en Costa Rica, en un contexto más bien de activismo y lucha ecologista. Luego yo vine a Porto Alegre para un poco de lo mismo; y ahora volví rodando. El número me lo había pasado Isaac sólo un par de días antes. No quería incomodar, porque sé lo ocupados que suelen andar los amigos de la tierra, y más bien pensaba comunicarme para encontrarnos para comer o tomar algo juntos. Pero alegremente quizo el destino que Fernandão revisara su whatspp y de una me diera las indicaciones de cómo llegar. Como suele pasar en estos momentos -digamos dramáticos- de cicloviaje: llegué justo al anochecer, pero todo salió bien. El me presentó la costela de janela más inolvidable de mi vida, a las 2am.

Hablando de las montañas de desechos tóxicos de la activida minera en Perú (durante el viaje del 2005)
Hablando de las montañas de desechos tóxicos de la actividad minera en Perú (durante el viaje del 2005)

Los días que siguieron fluyeron en la mejor onda, compartiendo con los Amigos de la Tierra sus cotidianidades (ya que viví de prestado en su oficina/sala de reuniones/Casa Nat) y cayendo en cuenta del difícil contexto que se encuentra Brasil en estos días a nivel político y del golpe de facto al gobierno de Dilma Roussef. Además, claro está, de los ya infelizmente normales temas relacionados a monocultivos, megaproyectos, industrias extractivas que van diezmando los recursos naturales, a las comunidades que son afectadas y en última a todos -incluso a los que no caen en cuenta de que este sistema capitalista y depredador nos va llevando de a pocos a la cachiporra-.

Parece increíble, pero hay piezas que ya son "viejas" y conseguir este cassette de 8 cambios y el hyper-glide no fue fácil
Fue una aventura conseguir este cassette con el mega-range. {

En un dos por tres se armaron actividades: arreglar a Pantagruela (que acabé ya ahora sí de destrozar la transmisión)*, reponer un trípode perdido y una lámpara rota, reaprovisionarme de nueces y frutos secos, dar una pequeña charla sobre territorios y cicloviajes, y hasta aprender a construir un horno de barro durante un mutirão. Como es natural en las grandes ciudades, hay que probar al menos una cerveza artesanal (en este caso Serrana) y probar alguna que otra ricurita. Esta vez pude “medir las calles”  -que es mi deporte favorito en cualquier ciudad- buscando pao de queijo y demás, ejerciendo la saudade sin acritud y alegría.

Fue una parada entre amigos, de preparativos y conversas, de llegar a un lugar nuevo pero familiar, de conocer nuevas caras y músicas y de preparar el último trecho de esta etapa, que acabaría en el Estado de Santa Catarina haciendo trabajo voluntario en el Sitio Guayi. Así me gusta, me gusta sí.

* Aprovecho para agradecer a Naty (allá en Barcelona) por ser la primera donante via PayPay, fondos que fueron inmediatamente destinados a Pantagruela 🙂


Na toca do gambá…

Entrada la noche, no fueron tantas horas desde que había llegado, mi anfitrión me indicó -casi que me ordenó- que buscara un cuaderno y escribiera, para que no me olvidara: “Estou na toca do gambá, com Cabeludo a quem conhecí em uma venda; e com Chapuzinho e Catarina”. No lo digo porque me pasó, sino porque lo viví. Esto pasó en un lugar llamado Santa Vitória do Palmar, donde no pensaba parar, ni menos ir a la Lagoa Mirim. Pero así es esto de pedalear.

Pero hay que comenzar antes, en Uruguay. Estaba en Punta del Diablo, donde de fijo habita un pedazo de dios, y como que ya estaba sintiendo que había que seguir camino. Y aunque estaba quedándome muy cómodo, aprendiendo del aquí y el ahora en el Carabanchel; sabía que tenía que irme. Comí las lentejas que hizo Angélica, me monté a Pantagruela y partí. La tarde estaba hermosa, viento a favor, calorcito. Parecía increíble que sólo hace unos días hacía tanto viento, lluvia, frío… ¡clima altamente cambiante en Uruguay!

Llegué a la frontera y cambié mis últimos pesos a reales, y seguí de largo de Chuy. No acabé de entrar cuando ya se presentó el primer obstáculo: de índole migratorio. Me quedaban sólo 17 de mis 90 días al año a los que tenía derecho. Es decir, luego de eso paso a ser irregular. Advertido por el oficial de turno, hice un gesto de “la vida es un riesgo” y seguí. El día seguía oliendo a primavera, no sé porqué. Me invadía una alegría indescriptible.

Como salí a las casi 2, ya para las 6 era hora de buscar dónde dormir. Y justo llegué a la entrada de Santa Vitória do Palmar. Me aconsejaron acampar a orillas de la laguna Mirim; un lugar muy seguro, cero problemas. Así que encaré otros 7kms hacia el este. De camino iba buscando una tienda para comprar algo para hacer de cenar, y ya me estaba imaginando el atardecer, tomando unos mates, a orillas de la laguna.

El camino se transformó en una calzada como de arena, y ví la última tienda. Allí pregunté si era posible acampar, y me recomendaron hablar con un hombre en la casa de a la par, él era el celador y sabría mejor. Aquí es donde la historia vira 360 grados, y en cuestión de minutos pregunto por acampar allí, aparece un personaje que parecía más sobrio que los otros 3 pescadores allí presentes y me dice: “quieres ir allí ya o después?” Como yo ya quería llegar -a armar mi carpa y poner agua para el mate- le dije que ya mismo.

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Agarró su bici y empezamos a ir por ese kilómetro final lleno de huecos y arena mojada. A medio camino, en una especie de cabaña, paró para hablar algo con otro hombre. Era Chapuzinho, con un vaso improvisado de una botella de caña partida y unos limones adentro. El lugar era como una bodega llena de cajas plásticas para el pescado, un congelador desconectado, dos camas y una cocina. No había agua ni baño. “Aquí te vas a quedar”, me dijo señalando su cama. “En mi casa tienes comida, caña y maconha”, fue su sentencia.

Lo primero que pensé fue: en qué momento llegué a esta situación, si yo iba a acampar al lago. Los amigos estaba eufóricos, y faltaba Catarina por llegar (que se llamaba así por ser del estado de Santa Catarina). Me dijo Cabeludo -cuyo apodo se debía a su melena obviamente- que allá iba a llover y a hacer viento, y qué él me iba a dar de comer y sólo tenía que respirar. “Respira rapaz! Só respira”. Sacó su botella de caña, y sin convidarme, se mandó un trago. Me pareció un consejo prudente, así que me relajé y empecé a observar la situación sin juzgar ni condenar nada; todo estaba pasando porque teníamos que encontrarnos y aprender unos de los otros.

La verdad que ambos personajes me inspiraron confianza desde el primer momento -y luego Catarina con sus increíbles historias y chistes-; me pareció que buscaban como todos el amor, que en el fondo tenían más miedo ellos que yo de la situación (aunque se la pasaban diciendo que tenía suerte de haber dado con ellos, porque el lugar se podía poner peligroso con los piedreros) pero sobre todo, que eran muy fiesteros. Luego Cabeludo sacó su maconha y me dijo que armara uno. Menos mal que la vida me dio ese don de la papiroflexia.

A la mañana siguiente, desde fuera.. Por razones obvias no hubo fotos
A la mañana siguiente, desde fuera.. Por razones de fuerza mayor no hubo fotos

Cabeludo me contó de su historia, de la cárcel, de su hijo que no ve, de que él siempre ha sido alguien sin máscaras. Nos abrazamos varias veces, me mostró su costilla rota por el barco en alguna maniobra, sus manos eran duras. Y así rodaron las horas, salió una comida estupenda de esa cocinita, llegaron otros hombres que paraban por un trago y seguían, todos pescadores que al otro día zarpaban (me hizo mucha gracia ver cómo armaban su equipaje: probaron cada una de las 8 botellas de caña, para comprobar que no tenían fugas); y bueno… en algún momento fui al baño (afuera), ví muchas luces rojas que flotaban en la lejanía (el jardín eólico más grande de Lationamérica), pedí permiso y me metí en la bolsa.

La noche transcurrió de la manera más extraña; los hombres dormían con la única luz encendida (quizás para atraer los mosquitos); se levantaban de a ratos a fumar, abrían o cerraban la puerta; la perra pasaba de un lado a otro; la radio -encedida toda la noche- no paraba de escupir las canciones más inverosímiles (desde Zitarrosa, en español, hasta Ben Harper, en inglés)… no sé si fue mi imaginación o qué.

A las 6am, al despuntar el día, mis anfitriones se fueron a pescar. Me dijeron que quedaba en mi casa cuanto quisiera; y que si me iba sólo era cuestión de poner el candado. Al ratito me levanté, preparé una avena y calenté agua y seguí camino. Ese día me esperaban 140Kms para llegar a la reserva de Taím.

Así entré a Brasil de nuevo en bicicleta, con la generosidad de extraños a flor de piel.

 


Bicigrafía del Uruguay

Paisaje rural común: plantaciones de soja, sorgo, maíz (trasgénicos) y eucalipto y vacas
Paisaje rural común: plantaciones de soja, sorgo, maíz (trasgénicos) y eucalipto y vacas

La República Oriental del Uruguay es un país chico en comparación a sus vecinos sudamericanos; pero ya de por sí es tres veces más grande que Costa Rica. Sin embargo, a mí me dio la impresión de ser un pequeño gran país por cuanto sus centros poblacionales son relativamente chicos y sus campos y zonas rurales parecieran a veces interminables. ¡Cuánta desolación se puede sentir a veces entre tanta soya y eucalipto!! Y las distancias entre pueblos (o incluso estaciones de servicio) parecen a veces eternas. Su geografía engañosamente no montañosa daba la impresión de que pedalear por allí iba a ser algo muy fácil. Pero no…

Así empieza esta bicigrafía del Uruguay, en Paysandú al final del carnaval y al compás de la murga. Llegando allí asistí con Ariel a la final del concurso de la murga, que la verdad me gustó muchísimo. Con todo ese maquillaje y trajes estrambóticos, picardía e ingenio, me encantó cómo se narran situaciones de la vida cotidiana y una buena dosis de crítica social y política. Hasta allí ibamos bien, me despedí de mi gran amigo y a seguir viaje solo.

Días grises y fríos, y el viento que no se ve pero se siente
Días grises y fríos, y el viento que no se ve pero se siente

Al segundo día de ruta hacia Montevideo me tocó una tormenta que parecía contrastar en demasía con lo que había sido el tiempo en Entrerríos, con esos calores demenciales del verano. Pedalear los casi 400Kms hasta la capital charrúa debo decir que fueron de los días más difíciles que he andado en bicicleta. Por momentos me preguntaba si no me habían cambiado la ruta 3 del Uruguay por la 40 de Argentina; ¡porque los vientos estaban fuertísimos!

Esos primeros días -con la compañía implacable del viento siempre en contra- fueron agotadores física y mentalmente. Afortunadamente el contacto con la gente compensaba, y me iba descubriendo un país de gente amable y generosa; con mucho corazón. Una noche me quedé en un estadio, en el cuarto de los árbitros; y las otras no fue difícil de encontrar un sitio al lado del camino o en algún parque relativamente seguros. Y bueno, “seguridad” es una de esas cosas que transmite este país.

La típica foto turística
La típica foto turística

Montevideo fue una fiesta, fue una vacación, fue un reencontrarse con amigos, fue decidir algunos cambios y reparar algunas cosas. Un gran barrio cosmopolita a la medida de mis posibilidades citadinas. Caminar a tomar un gin tonic al jazz bar de la esquina, pasando por el asado que armaron los muchachos en un tacho de metal partido en dos. La salida iba a ser vía el litoral Atlántico, que para estas fechas ya estaría vacío de turistas. El único fallo es que se fue también el verano, y de nuevo el compañero viento se sumó a la expedición.

Camping del Piriápolis F.C. Ale y Lua, Santiago, eu y Mauricio
Camping del Piriápolis F.C. Ale y Lua, Santiago, eu y Mauricio

Afortunadamente, en esta ruta también se sumaron otros ciclistas (parece ser algo muy popular), y algunos días los hice con Mauricio, de corazón entrerriano y alma de viajero, hasta que un día de tormenta se me perdió (luego me enteré que se retiró del camino para volver a casa). Hubo un día en Piriápolis donde aparecieron como 10 ciclistas en sentido contrario y el mismo que llevaba; así que fue refrescante intercambiar impresiones de rutas y áreas para acampar. Refrescante luego de más de año de encontrar apenas media docena a lo mucho.

Lo que sí tiene esta costa son paisajes reminiscentes al mar del Norte, recuerdos de mi paso por Escandinavia u Holanda… con dunas, piedras, mares fríos y animales que nunca había visto: lobos marinos y pingüinos, así como diversos tipos de gaviotas. Paisajísticamente hermoso, pero mi intolerancia al frío hacen que no pueda quedarme mucho tiempo. Llegó el otoño, con cara de invierno, y el verano quedará para otro momento en otra latitud más austral.

Muchas aves por estas costas... me pregunto cómo le harán con el viento?
Muchas aves por estas costas… me pregunto cómo le harán con el viento?

 

Si da pereza arrastrar la bici por la orilla de la laguna de Rocha (o si está cerrado el pago por el mar: llamar a Pepe
Si da pereza arrastrar la bici por la orilla de la laguna de Rocha (o si está cerrado el paso por el mar): llamar a Pepe

De Uruguay me llevo la sensación de haber pasado mucho más que un mes, con gente de gran corazón y de un peculiar estilo original tanto en su arquitectura como en su cultura, lenguaje, expresión… De las playas me queda Punta del Diablo como el lugar más agradable, pero seguramente si el clima hubiera estado más calentito en la Paloma o Valizas o Cabo Polonio también me hubiera quedado más días. Lo cierto es que pude hasta leerme un libro, probar las empanadas de siri y conectar con gente linda que me enseñó mucho aún sin darse cuenta.

Pero por lo pronto el camino llama y Brasil espera a tan sólo 40 kilómetros de acá…

 

Fotos de este pasaje aquí


Revista DESCARRILADOR, ¡primer número!

IMG_20160309_171150-600x851Con mucha alegría les cuento que desde julio del año pasado, por medio de las redes sociales, nos “juntamos” un grupo de cicloviajeros a pensar cómo plasmar algo que pudiera servir no sólo como testimonio de lo que significa y conlleva viajar en bicicleta, sino también como un medio de juntar algún peso y costear de alguna manera la aventura de pedalear.

Empezó siendo una cuestión de quién se apuntaba a escribir, a revisar textos, a proponer ideas… Y así nació Descarrilador, la primera revista autogestionada por cicloviajeros latinoamericanos, hecha para ser impresa y distribuida de manera localizada y a cambio de la contribución que cada quien sienta que quiere recibir o puede dar.

Este primer número trae historias en el tiempo y el espacio; curiosos viajeros, parajes y situaciones a las que estamos expuestos -y disfrutamos a mil!- quienes decidimos aventurarnos por las rutas de la vida. El formato no es el mejor para leer en computadora, pues está montada para ser impresa, pero con cariño y paciencia se logrará disfrutar las historias y vivir un poco lo que algunos por ahí andamos haciendo.

Versión para leer en línea aquí

Ojalá hayan más números y gente colaborando, pero quiero agradecer a quienes con mucho amor realizaron el diseño y montaje de este gran trabajo, que vio la luz a finales de año y acá está en versión lista para ser impresa y exhibida.. Gracias Francisco y José, y a todos quienes colaboramos, ojalá nos sigamos viendo y construyendo!

 

Como es pesadita, coloco acá los enlaces de dropbox, para descargar:

Descarrilador, No. 1 – completa

Descarrilador, No. 1 – tapa y contratapa 

Versión en Portugués


En un abrir y abrir de ojos

¡Así se me pasó este primer año de viaje! Parece apenas un tiempito que saliera de San Francisco de Heredia, de la casa de mi infancia, rumbo al sur… ese “sur” mítico y enigmático al que le he abonado tantos años de sueños, y que finalmente -por suerte y necedad- pude volver a retomar en bicicleta para concluir este peregrinaje. El tiempo sigue pasando por ahí, y abre la puerta a otro año de recorrido que en el 2016 lleva por norte el punto más austral del continente americano: Ushuaia.

Si algo he aprendido en este año de recorrido, y a contramano de lo que mucha gente podría creer, es que hay mucha -muchísima- más gente buena allá afuera y que siempre es posible sorprenderse de la bondad de los extraños. Difícil no recordar a tantxs desconocidxs que me han dado agua, un lugar para acampar, un X-tudo para comer; o con quienes hice contacto previo (pero igual eran desconocidos) y me abrieron sus casas y sus vidas para compartir acaso un día o más. El valor de un recorrido de este tipo sobrepasa el mérito al esfuerzo físico, y pasa también por la posibilidad de interactuar con el género humano, de sabernos de los mismos (con contradicciones, conflictos, complicidades y esperanzas) y reconocernos que como estamos de paso; nos tendemos una mano para poder seguir adelante.

Aunque el miedo sea el idioma más hablado, el que nos impide muchas veces arrancar, también da gusto (re)confirmar que esa primera pedaleada es la más difícil. Ya luego, aunque esté lloviendo a torrentes, uno va como abriendo las alas, como sacando la nariz del agua, como soltando amarras… No importan cuántos años pasaron en incubación esos sueños de libertad, para poder concretar este primer año, cada uno valió lo vivido. Y en el camino se van sembrando más sueños que darán sus frutos más adelante; cuestión de no darle espacio al miedo. Cada vez más este rodar es un bálsamo para abrir y abrir los ojos.

En este año he sumado sellos migratorios de 6 países; he roto 1 cadena, algunos platos de la transmisión y varios neumáticos y llantas; he pasado doce lunas bellísimas y varios pasos de montaña encima de los 3000 msnm; perdido 11 kilos y vuelto a recuperar 6; pedaleado más de 9000 kilómetros con 3 efímeros compañeros de rutas, hecho algunos tramos en avión, barco, bus, tren, mochila o aventón; padecido un resfrío, hongos de uña y muchos calores infernales; voluntariado para constuir un kiosko de barro, un subi-baja, una lombricera, un bancal elevado; mejorado mi portugués y un amplio ETCÉTERA… Agradezco ir confiando plenamente en mi camino. He tenido la dicha de conocer seres maravillosos, con quienes he compartido y de quienes he tenido que despedirme… otros me acompañan a sus modos, la vida en su fluir. Practicar la impermanencia a diario, sin rechazos ni apegos; valorando cada litro de oxígeno que llena mis pulmones y potencia mi motor a dos piernas… ¡cómo no sentirse inevitablemente vivo!

Sirva este divertimento fotográfico y musicalizado, donde han habido imágenes, para ilustrar lo que ha sido la ruta y sus cómplices. Ojalá que tengan 12 minutos de ocio 😉

* Versión reconstruida luego de que misteriosamente se borrara el texto del blog :s

 

 


Litoral paulista, de Río a Santos entre playas e islas

Vista desde Pico do Papagaio, Ilha Grande
Vista desde Pico do Papagaio, Ilha Grande

Cuando me embarqué en la aventura de hacer la Estrada Real, tenía la idea de que me iba para el sur de Minas Gerais y de ahí para entrar a Argentina… sin embargo, conocer a Nico fue fundamental en cambiar de ruta, y dirigirme de nuevo al litoral para conocer las playas, islas y bahías de los estados de Río de Janeiro y Sao Paulo. Aunque originalmente Nico me recomendó hacer mucho más (de Buzios a Camboriú), no me arrepiento para nada de haber dedicado dos semanas a este hermoso recorrido.

Centro histórico en Paraty.
Centro histórico en Paraty.

Salir de la ciudad de Río de Janeiro, luego de una semana diluído entre sus calles y playas, no fue tan fácil desde el punto de vista vial. A pesar de que están construyendo ciclovías a lo largo de toda la costa, hay justamente un sector al final de Leblon -de al menos 10kms- donde hay que aventurarse contra vía y/o sobre la acera que no es tan divertido. Pero se sale más fácil que cruzar la ciudad misma, y de allí ya se va conectando con la BR-101. Días de mucho calor, pero también un clima hermoso y unas vistas del litoral hermosas.

Pensando en el cuestón que me va a tocar subir al día siguiente.. Deus me livre!
Pensando en el cuestón que me va a tocar subir al día siguiente.. Deus me livre!

De Río a Santos hay unos 500Kms, pero además importantes balnearios costeros e isleños, como Ilha Grande, Paraty, Trindade, Ubatuba, Ilhabela, así como variedad de cachoeiras y playitas en pueblitos que parece inaudito que existan entre las ciudades más grandes de Brasil.

 

A Mike me lo encontré en Ubatuba, desde donde seguimos juntos unos días
A Mike me lo encontré en Ubatuba, desde donde seguimos juntos unos días

La verdad que este fue uno de los trayectos que más he disfrutado, tanto por la posibilidad de estar de camping tranquilo y hacer caminatas (ej. Pico do Papagaio en Ilha Grande), como porque a pesar de las colinas que parecían tremendas a ratos, visualmente es un trayecto muy bonito. También en este trayecto tuve mi último compañero de viaje del 2015, Mike. Un inglés que estaba yendo a toda máquina rumbo a Ushuaia, con su proyecto El Camino. Pedaleamos juntos unos días, pero uno se da cuenta que los ciclistas en solitario vamos desarrollando un ritmo particular, y que se puede compartir por un rato, pero que también se aprecia y necesita la soledad del camino.

En Ilha Bella hay hasta ciclovías!
En Ilha Bella hay hasta ciclovías!

Las islas, Grande y Bella, me encantaron pero sobre todo la primera. Está mucho menos desarrollada en un sentido de obra gris; y tiene algunos senderos que se pueden hacer en bicicleta y a pie; así como otros que lo llevan a uno a playas hermosas (como la famosa Lopes Mendez). El acceso a las islas es fácil y eficiente; y luego uno puede continuar por la ruta del litoral, donde siempre hay campings o estaciones dónde se puede hacer camping. En Ubatuba me quedé con Henrique, quien toca en un grupo de maracatú, y pude sentir toda la energía de los tambores y la gente ese fin de semana.

Campus de la Universidad del Medio Ambiente, Curitiba.
Campus de la Universidad del Medio Ambiente, Curitiba.

De Santos, por una cuestión de agilizar mi salida y pasar año nuevo con mi amigo Ariel y los compromisos del verano en Argentina (un curso de vipassana y encontrarme con mi madre), me aventuré a Curitiba por unos días en bus, para continuar luego a Uruguaiana. Allá tuve la suerte de quedarme con Thais, una animada cicloviajera que está por salir a Ushuaia, y donde pude hacer pizzas para la noche de navidad -tanto tiempo sin tener un horno!!-. De allí crucé la frontera y llegué hasta Concepción del Uruguay, haciendo mi día de pedaleo más largo hasta ahora: 195Km.

Conclusión: vale mucho la pena hacer cuanto más sea posible del litoral paulista; ojalá con veranito y haciendo más playas, pues aunque el agua es algo fría para un ser tropical como yo, son muito gostossas!!