El viaje es por dentro

Típico día de acampada en el camino (esa noche me visitó la policía) :s
Típico día de acampada en el camino (esa noche me visitó la policía) :s

Agarrar los motetes y salir de viaje en bicicleta para muchos es un desafío al miedo y la desconfianza propias del mundo; es pasarla mal al pedo, solo y con hambre y frío… y ante todo es un viaje fuera de la zona de confort. ¿Para qué hacer algo así pudiendo anhelar un domingo de asistir series de Netflix en la pantalla de x pulgadas, tomar café expresso y comer tostadas con jalea de naranja o queso brie; luego de un saludable jugo de frutas de temporada? ¿Para qué exponerse a los elementos de tal suerte que hay días que uno se moja, pasa frío, mucho calor, las ropas no se lavan a menudo, y encima enfrentando a 24-marchas caminos de arena, cuestas interminables, viento en contra? Ni hablar de que el menú de camping no es el más variado del mundo; y a veces se duerme con un ojo abierto.

Uno de esos días que te ponchas 4 veces...
Uno de esos días que te ponchas 4 veces…

Podría ser que para estar escribiendo desde la cama más cómoda que me han prestado en América del Sur, pasando un fin de semana con nuevos amigos, bailando surf-music en el lugar menos pensado, probando nuevas y deliciosas comidas, compartiendo sonrisas, historias y contextos políticos y visiones de mundo. Podría ser para apreciar cómo el clima parece sonreír mostrando el sol y cielos azules y una brisa refrescante. La zona de confort no es mala en sí misma; al final cada quien en su viaje se procura el equipo que más se adapta a sus gustos y posibilidades (cocina, carpa, etc). Así somos: nos apegamos al confort y cargamos cosas inimaginables para justificarlo.

Una señora me preguntó en una esquina: “Y no le da miedo viajar solo?” Pensé y respondí: “Me daría miedo no haber salido”. Otro pregunta “cuál es su destino?” y -como en automático-: “ya llegué”. Claro, puede sonar muy a manual de autoayuda, pero pasa que de repente uno está más alerta todavía. El tiempo pasa de otra forma, no sólo como si cada día fuera domingo, fluyendo con las acciones sin entrar en conflicto. Y supongo que es justo eso lo que la zona de confort provee, un lugar para no tomar mucha responsabilidad sobre el tiempo y proyectarse al futuro (como trabajo, pensión, vacaciones, etc).

Las últimas semanas he pasado frío como no sabía sentir. En la búsqueda de soluciones aprendí mucho sobre la conservación del calor en situaciones de camping, y a poner en práctica aquella máxima de la cultura popular noruega: ut på tur aldri sur (afuera de paseo, nunca triste). Al final de cuentas fue uno quien decidió viajar de esta forma y sobre esta ruta. Y también se puede decidir que no hay que aferrarse a una meta en particular, y que hay días que vale más una corazonada que una marca en el odómetro. Deja de ser una cuestión de si está correcto o no; si tenía que pasar o no.

Llegando a Berlín luego de salir de Bucaramanga (Colombia). Ascenso vertical de 1500m en un día
Llegando a Berlín luego de salir de Bucaramanga (Colombia). Ascenso vertical de 1500m en un día

Al final todo sale bien, porque no hay problema en verdad -en la zona de confort se problematiza para crear nuevas soluciones para consumir-. Entonces, salir de cicloviaje es salir de la zona de confort para reconocer el presente, abrazarlo, respirarlo. Sería extremadamente aburrido hacer un ascenso altitudinal de 1500-2000 metros en un día y no llegar cansado y con los músculos tensos y el aliento extasiado. La recompensa es el movimiento, el cambio, que va reconfigurando constantemente el paisaje allá afuera y también muy adentro.


 

 

* Artículo a ser publicado en la Revista Descarrilador #2 -cuando salga…-

Hay muchos motivos para estar alegre…

(a propósito de llegar a Porto Alegre)

notas de mi libreta de viaje
notas de mi libreta de viaje

 

Traducción en crestiano:

Alegrías de un 6 de abril

  • Despertar
  • Comer manzana con granola, jugo y té de maracuyá, x-frango, birra -x4- los hits que le dimos a natty, este cigarro y tomar el té
  • Llegar a Porto Alegre, luego de 130Km
  • Llegar a un lugar con buenos recuerdos
  • La ruta… los párajos y el viento y los arrozales
  • Cambiar hacia el oeste y despedirme del Atlántico
  • Hablar con Tania y Ariel por whatsapp
  • Andar en ciclovías
  • Ver mujeres tan bellas
  • Falar portugues!
  • El calorcito!!!
  • Ser un fantasma que sólo algunos ven
  • La idea de que me voy a tatuar “anicca” en sánskrito no sé cuándo ni dónde… además de la mandala en Perú
  • Stanley es un duro… 12 horas!!
  • Volver a ver a Fernandão
  • Tá tudo bem!
  • La calma que me acoge
  • La vida me alegra

 

(Nada mal para un sólo día)

 


lambert´s bay

 

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si mi mirada siguiera sin detenerse

hasta encontrar tierra firme

 

la detendría acaso el dorso de una ballena

respirando el mar en alguna mañana

 

pero digamos que sigue    errando

quizás entre las ramas de un tronco a la deriva

 

al fin llega a esa última masa de tierra

negra al sur de ese otro continente


capturar el momento

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capturar el momento

la imagen del tiempo

***

para cristalizarlo en

el absurdo de la memoria

***

un perro me ofrece su palo

para que yo se lo aviente

***

la brisa del mar acaricia con rayos

de sol   lo que ayer fue tormenta

***

el perro me sigue mirando  acaso

curioso de si volveré a aventar el palo

***

acaso pensando en lo fútil

de intentar capturar el momento


La Soledad, mi compañera de viaje

Foto sin pose ;-)
Foto sin pose 😉

Mucha gente me pregunta cómo hago para viajar solito, si no me aburro, si no es peligroso, si no me da miedo, en fin… como si estar solo no fuera un estado natural del ser humano. Digo, al final estamos solos con nosotros mismos incluso interactuando con otras personas o seres. Sin embargo, esta nota no trata de una apología a esa soledad con la que tanto me las he venido apañando por más de un año ya, no. Se trata de otra Soledad, mi madre.

 

Con la camiseta puesta! Caminando alrededor del cerro de los 7 colores, Purmamarca
Con la camiseta puesta! Caminando alrededor del cerro de los 7 colores, Purmamarca

En enero me tocó la dicha de volver a compartir mochilas en Córdoba (Argentina) con ella, para conmemorar sus 70 años transitando por esta vida. Lindo ver para atrás y descubrir que hace diez años también nos encontramos de viaje por Escandinavia, para sus 60 vueltas al sol; lo cual no deja lugar a dudas de que de tal palo tal astilla, y de que no hay que sorprenderse tanto de mi naturaleza viajera -no vamos a decir errante-.

Cataratas de Iguazú
Cataratas de Iguazú

Tocó este encuentro luego de mi curso de vipassana, así que venía como reseteado y con mucha paz en el alma; y sobre todo con muchas ganas de compartir y observarla a ella no tanto como hijo, sino como compañeros. Y es que, aunque uno la quiera a la madre de maneras que las palabras no alcanzan para describir, también uno tiene sus mañas y modos y ya no es un nene (pero bueno, de cualquier modo para la madre uno siempre es el bebé, cierto?). Así que fue muy útil esa paz interior para pasar casi un mes, a toda hora y lugar, con mi querida doña Sole y sus amigas. Y supongo que viceversa.

Encuentro con mi hermano el Alva
Encuentro con mi hermano el Alva

De cualquier modo fue una vivencia espectacular, y nos acompañamos a visitar algunos lugares comunes y gente querida en San Luis y Calamuchita; así como estar en la grata compañía de Adriana y la nona -amigas de ya muchos años y donde hace 10 años paré con la bici también- y la prima Lili. Tocó hacer cosas serias como ir al teatro (por cierto, primera vez que voy al teatro a ciegas, lo cual estuvo muy bien!), o conversar de temas trascendentales como la vejez, la vida y la muerte; o el palito de selfie.

Con don Atahualpa en Cosquín (4am)
Con don Atahualpa en Cosquín (4am)

Recorrimos literalmente miles de kilómetros del norte de Argentina; de lado a lado cubriendo desde Jujuy hasta Misiones. Nos sorprendimos con la polenta y tuve con quién sentirme afín sobre los extraños horarios de comidas. En Purmamarca vivimos el carnavalito, en Córdoba fuimos a ver folclore en Cosquín y en Iguazú nos llenamos los ojos de cataratas. Una belleza paisajística y mucha cultura popular!

Soledad, llama y sal
Soledad, llama y sal

De ella aprendí que la alegría la trae uno adentro, que uno no cambia a nadie salvo a uno mismo y que aunque seamos tan distintos en muchas cosas, somos de los mismos… y muy importante: que las fotos mejor sin pose (sarcasmo cariñoso). Dato curioso que hasta ahora observé: mi madre sujeta el tenedor con la mano derecha y el cuchillo con la izquierda (y no es zurda); y para cortar lo hace como “normalmente” lo hace la mayoría. Esas cosas de la observación.

Y así, en medio de la noche en alguna calle de Santa Fé, me dejó el bus en el que veníamos de Iguazú… Tal como nos encontramos, nos despedimos. Hasta una próxima vez, en algún otro lugar. Pero mientras llevo en el corazón a mi Soledad, que me acompaña siempre.

 

Todo el recorrido fotográfico de este verano en Argentina, se encuentra acá.

 


En un abrir y abrir de ojos

¡Así se me pasó este primer año de viaje! Parece apenas un tiempito que saliera de San Francisco de Heredia, de la casa de mi infancia, rumbo al sur… ese “sur” mítico y enigmático al que le he abonado tantos años de sueños, y que finalmente -por suerte y necedad- pude volver a retomar en bicicleta para concluir este peregrinaje. El tiempo sigue pasando por ahí, y abre la puerta a otro año de recorrido que en el 2016 lleva por norte el punto más austral del continente americano: Ushuaia.

Si algo he aprendido en este año de recorrido, y a contramano de lo que mucha gente podría creer, es que hay mucha -muchísima- más gente buena allá afuera y que siempre es posible sorprenderse de la bondad de los extraños. Difícil no recordar a tantxs desconocidxs que me han dado agua, un lugar para acampar, un X-tudo para comer; o con quienes hice contacto previo (pero igual eran desconocidos) y me abrieron sus casas y sus vidas para compartir acaso un día o más. El valor de un recorrido de este tipo sobrepasa el mérito al esfuerzo físico, y pasa también por la posibilidad de interactuar con el género humano, de sabernos de los mismos (con contradicciones, conflictos, complicidades y esperanzas) y reconocernos que como estamos de paso; nos tendemos una mano para poder seguir adelante.

Aunque el miedo sea el idioma más hablado, el que nos impide muchas veces arrancar, también da gusto (re)confirmar que esa primera pedaleada es la más difícil. Ya luego, aunque esté lloviendo a torrentes, uno va como abriendo las alas, como sacando la nariz del agua, como soltando amarras… No importan cuántos años pasaron en incubación esos sueños de libertad, para poder concretar este primer año, cada uno valió lo vivido. Y en el camino se van sembrando más sueños que darán sus frutos más adelante; cuestión de no darle espacio al miedo. Cada vez más este rodar es un bálsamo para abrir y abrir los ojos.

En este año he sumado sellos migratorios de 6 países; he roto 1 cadena, algunos platos de la transmisión y varios neumáticos y llantas; he pasado doce lunas bellísimas y varios pasos de montaña encima de los 3000 msnm; perdido 11 kilos y vuelto a recuperar 6; pedaleado más de 9000 kilómetros con 3 efímeros compañeros de rutas, hecho algunos tramos en avión, barco, bus, tren, mochila o aventón; padecido un resfrío, hongos de uña y muchos calores infernales; voluntariado para constuir un kiosko de barro, un subi-baja, una lombricera, un bancal elevado; mejorado mi portugués y un amplio ETCÉTERA… Agradezco ir confiando plenamente en mi camino. He tenido la dicha de conocer seres maravillosos, con quienes he compartido y de quienes he tenido que despedirme… otros me acompañan a sus modos, la vida en su fluir. Practicar la impermanencia a diario, sin rechazos ni apegos; valorando cada litro de oxígeno que llena mis pulmones y potencia mi motor a dos piernas… ¡cómo no sentirse inevitablemente vivo!

Sirva este divertimento fotográfico y musicalizado, donde han habido imágenes, para ilustrar lo que ha sido la ruta y sus cómplices. Ojalá que tengan 12 minutos de ocio 😉

* Versión reconstruida luego de que misteriosamente se borrara el texto del blog :s

 

 


¿Cómo adiestrar un elefante observando la respiración?

23862369862_fc4e76ca3d_zSupongamos que la mente es como un gran animal, pesado y grande como un elefante. Supongamos además que tiene la agilidad y picardía de un mono. Allí encima de nuestras cabezas siempre, no podemos escapar de ella. Conozco al menos una docena de personas que les pasa que ese animal nos da la vuelta de atrás para delante, de arriba a abajo; confundiendo, cambiando de acá para allá, creando caos y desarmonía. Así que no soy el único.

La mente, esa vocecita que no sabe callar, y con la que pasamos más tiempo discutiendo que trabajando juntos. Estamos tremendamente acostumbrados a separar al pensador del pensamiento. Y no fuera tan malo sino fuera porque, al desconocernos mejor hacia el interior, tendemos a reaccionar mal ante los estímulos del mundo exterior y así llega el sufrimiento humano. Como no todas las personas pueden vivir alejadas de la desdicha, existen en el mundo conflictos de todo tipo; lo que nos va alejando cada día de la posibilidad de ser libres.

Curiosamente ha existido en la cultura asiática por ya unos cuantos milenios una técnica de meditación que fue descubierta y compartida por el Gautama Buda, y que le valió -según dicen- la iluminación. La técnica se llama vipassana, que significa “ver las cosas cabalmente”. O sea, ver la realidad tal cual es y no como uno quisiera que fuera. Suena simple y lógico, pero no es fácil vivir concientemente así.

Desde hace algún tiempo el vipassana se viene esparciendo por el mundo “occidental”, conservando la rigurosidad del método según la tradición de monjes birmanos que la mantuvieron viva después de que en la India las enseñanzas del Buda fueran prohibidas. Y así, luego de más de diez años con intención de realizar un curso, llegó mi hora en Argentina. Increíble cómo siempre encontré una mundana excusa para no dedicarme ese tiempo de yo-con-yo… pero enhorabuena!

Aunque este peregrinaje mío es también un viaje interior y de autoconocimiento, y siento que al montarme a rodar llego a cierto estado meditativo; no es lo mismo todo lo que depara la vida del cicloviajero que apartarse del mundo exterior durante diez días y sentarse a observar la respiración de manera conciente durante 9 horas en absoluto silencio. No es igual estar quieto y observar sin juzgar ni condenar las sensaciones que pasan por el cuerpo, aprendiendo ecuanimidad. Así, poco a poco, el elefante va estando con uno en la acción.

Un día de vipassana arranca a las 4am, al sonido del gong. Durante bloques de tres horas (con algunos descansos para estirar, caminar, alejar el calor o la desconcentración) uno se sienta sobre cojines, que al principio parecen un suplicio, para trabajar duro. Se come poco, se afinan los sentidos, se apacigua el frenético vaivén de pensamientos -a veces ridículos y embarazosos, a veces imaginarios irrisorios o reales que creía olvidados -. Todo el tiempo para no hacer otra cosa que caer en cuenta de que las sensaciones, las cosas y todo es impermanente. Todo surge y desaparece, por lo que apegarse o rechazar la realidad sólo generan desdicha. El pasado ya pasó, y el futuro no es sino una esperanza del presente – parafraseando a Borges -.

Practicar vipassana en la cotidianidad fuera del “claustro” es lo más difícil, pero se van sintiendo los cambios. Se va viendo cómo una hora siquiera invertida en este ejercicio trae calma y ayuda a enfocar las acciones. Yo no sé cuánto falta por andar, pero al menos ya voy caminando unos pasos más cerca de mí mismo!

 

Para saber en qué lugares del mundo se ofrecen cursos de vipassana, basta ingresar a este enlace. Se ofrecen sin ningún costo, pues se basan justamente en la filosofía de de dar sin esperar nada a cambio. Sólo es necesario ir abiertos a practicar y trabajar con uno mismo.

!Qué todos los seres sean felices!